A treinta años de la muerte de Jorge Teillier, cómo olvidar la disputa a muerte entre el poeta lárico y el "metapoeta" Enrique Lihn. Todo habría sido porque la polola de Lihn, Beatriz Ortiz de Zárate, se veía a escondidas con Teillier, viviendo un romance que lo llevó incluso a romper su matrimonio. Jugosa anécdota: "En 1963 tuvo lugar el duelo entre Jorge Teillier y Enrique Lihn, cuando este último fue a la casa del escritor Guillermo Atías, espacio en el que Teillier se encontraba. Mientras que Atías, molesto con la actitud de un borracho Lihn, le exige retirarse, este se niega hasta poder hablar con el poeta.
“Eres un traidor, un felón sal de inmediato de ahí y bátete a duelo conmigo, cobarde” le grita Enrique, mientras propina golpes contra la reja que le impide entrar. Este último, decidido a terminar con este problema, sale hacia el jardín y se dan manotazos a través del cerco.
Ambos acuerdan reunirse en la Quinta Normal, en un día y una hora establecida y batirse a pistola. Ambos contaron con un padrino para aquel encuentro, por lo que el oficial de Ejército expulsado Germán Marín protegería a Teillier y el dramaturgo Enrique Moletto estaría detrás de Lihn.
La anécdota indica que, cuando llegó la hora de acudir al parque, Teillier y Lihn no pudieron encontrarse, debido a la espesa niebla que azotaba a la ciudad. Según relató Marín a Nostalgia del futuro, Teillier se atribuyó el vencedor de este encuentro al ver que su enemigo no llegó, por lo que junto a su compañero fueron a beber para celebrar como buen escritor.
“El brabucón de Enrique no se presentó”, explicó Teillier a Ortiz de Zárate, aunque años después Lihn le aseguraría a Beatriz en una exposición de arte, que sí había acudido a la cita."
Claro está que, años después, los poetas hicieron las paces. Prefiero, pese a todo, esa rivalidad orgánica de los viejos estandartes a la solidaridad empaquetada, al amiguismo oportunista y a la falsa buena onda de muchos otros que posan de camaradas, pero que, por la espalda, se revuelcan en conflictos de alcahuetas. Había poesía en esa bilis, había vida y vibración en esos temperamentos. Su conflicto los hacía reales, tan humanos como el cristiano de la esquina, porque hay cuestiones que se pueden zanjar con la palabra y otras que definitivamente no. Con la enemistad genuina entre algunos poetas no pierde la poesía, gana la sangre, lo visceral.
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