domingo, 17 de abril de 2022

¿Y qué pasaría, querida, si te dijera que todo lo que vivimos fue solo un sueño de tres días, una pesadilla mesiánica, en la cual creímos haber sobrevivido al caos, y lo que entendimos por realidad no era más que la penitencia de esa pasión onírica?
¿Qué pasaría si te dijera que dentro de ese sueño nunca hubo resurreción, y lo que somos hoy no es otra cosa que el cadáver de lo que hubiéramos podido ser?

¿Fue Jehová un cosmonauta?

"Ricardo Santander Batalla, escritor y escultor porteño, empieza el libro diciendo que buscó a Dios en casi todas las religiones y no lo encontraba. Entonces decidió “leer” la biblia, tal cual está escrita, sin dogmas de fe ni guías religiosas. Se encontró con un Dios que parece haber llegado en una nave espacial y se basa para ello en citas bíblicas".


sábado, 16 de abril de 2022

El viernes santo, durante la mañana, un vehículo estacionó frente a la Moneda y su conductor se prendió fuego. Fue encontrado vivo, pero permanece en riesgo vital. Al principio, nadie sabía la identidad de este misterioso hombre, ni mucho menos sus motivos para semejante inmolación a lo bonzo. A raíz de la incertidumbre, circularon teorías sobre las supuestas razones que habría tenido para quemarse. Algunos dijeron que fue un acto de protesta extrema contra el gobierno por lo de los retiros; otros, que se trató de un acto de locura para llamar la atención de los medios, síntoma de la enajenación pandémica y la ola de violencia desatada. Sin embargo, luego del proceso de investigación, se determinó la identidad del hombre: Mario Carrión, hermano de Pedro Carrión, un empresario que habría sido secuestrado y luego asesinado en Concón, a manos de unos presuntos sicarios por supuestos motivos económicos, en una suerte de represalia por parte de sus socios. Este hombre, Mario, habría publicado algunos videos, horas antes de inmolarse, en donde dejaba entrever sus razones. “Voy a dar mi vida por mi arrepentimiento” dijo Mario en una parte, “por haber convencido a “más de dos mil personas” de votar por el presidente”. También habría dicho que es tan fiel que muere con su hermano y con Jesucristo. De esta forma, se puede afirmar que, al quemarse a lo bonzo frente al palacio de gobierno, clamaba por justicia ante un crimen que consideraba impune.

No es primera vez que ocurre una inmolación frente a la Moneda. El año 2001, Eduardo Miño, obrero y militante del Partido Comunista, entregó una carta a los transeúntes de la Plaza de la Constitución, para luego infligirse una herida y prenderse fuego con líquido inflamable. Allí se realizaba un acto de la Comisión Nacional del Sida, en el que participaba Michelle Bachelet. En aquella carta, Miño explicaba las razones de su inmolación. Básicamente, lo hizo en protesta por los trabajadores de la industria Pizarreño que fueron víctimas de asbestosis. Cerraba su carta con una frase para la posteridad que sería su epitafio: Mi alma que desborda humanidad ya no soporta tanta injusticia. Esta misma, la injusticia, fue la que decía sufrir Mario Carrión, al momento de prender la llama que encendería el fuego, el simbólico fuego que lo hizo arder un viernes santo, misma fecha en que se conmemora la crucifixión del hijo de Dios, en un sacrificio para absolver a la humanidad de sus pecados. La diferencia es que, tanto Mario Carrión como Eduardo Miño, eran simples mortales que imploraban por un poco de justicia terrenal, ofreciendo su vida a cambio de una respuesta política o, al menos, de un gesto ciudadano por las causas que llevaron en su conciencia hasta las brasas.

Cristo consagró la cruz como símbolo de adoración y también de penitencia. Asimismo, Miño y Carrión han consagrado al frontis de la Moneda como espacio del sacrificio ciudadano. Algo arde aún frente a la Moneda. Algo todavía se sigue quemando. Ese algo vuelve la historia una pira, en la que los vencidos buscan despojarse de sí mismos para trascender e inmortalizar su causa a través del tiempo. Pero solo el tiempo dirá si el sacrificio logró aplacar a los dioses o, en su defecto, agitar la memoria de los hombres.
¿Y qué pasaría si te dijera, querida, que nuestro tránsito tuvo también su propio vía crucis? ¿Que alguna suerte de mandato metafísico quería que fuera sacrificada nuestra anterior vida, para dar lugar a una penitencia, una reflexión y, posteriormente, un violento cambio que derivaría en la eterna expectativa de la transformación del mundo o, por el contrario, en una eterna condena de lo mismo, agravada por el martillo de la consciencia, y el estigma aún sangrante de la historia?
En el centro de la ciudad, a un costado de la entrada a un cajero, una pareja de venezolanos estaba sentada junto a sus dos hijas. A su lado, una gran maleta llena de ropa y accesorios. Las hijas comían un poco de pan y el papá sostenía una cajita con huevos de Pascua. -¿Desde cuándo están?-, les pregunté. -Desde ayer-, respondió el padre. -Viernes santo-, agregó la madre, sosteniendo a su hija más pequeña. Les pasé una luca que tenía suelta. El padre me ofreció un huevo de pascua a cambio. Le dije que no hacía falta. Lo agradecieron. Luego, seguí mi camino. Para algunos, la semana santa es un exilio y un sacrificio, una peregrinación sin garantía de retorno.

viernes, 15 de abril de 2022

Un minuto de silencio por quienes, como Cristo, fueron crucificados sin juicio justo ni mucho menos sentencia firme, sobre todo en redes sociales, Santa Inquisición del Siglo XXI.

La sombra del mal en Ernst Jünger y Miguel Delibes, Vintila Horia (extracto)

De dónde viene esto, cómo ha ocurrido, hasta dónde puede extenderse su hechizo. Todos lo vemos o lo intuimos de alguna manera, pero no basta leer libros o asistir a películas -que lo ponen en evidencia. Habría que actuar, intervenir, pasar de la constatación a la resistencia. Y ni siquiera esto bastaría en el momento amenazador en que nos encontramos. Habría que reconocer y definir abiertamente el mal y acabar con él. Al mismo tiempo, cada uno de nosotros, y de un modo más o menos comprometido, está implicado en el mal, gozando de sus favores, para vivir y hacer vivir. Aun cuando lo reconocemos y estamos de acuerdo con los escritores que lo delatan, algo nos impide protestar, nuestro mismo beneficio cotidiano, nuestra relación con su magnificencia. «La cuestión es saber si la libertad es aún posible —escribe Jünger—, aunque fuese en un dominio restringido. No es, desde luego, la neutralidad la que la puede conseguir, y menos todavía esta horrorosa ilusión de seguridad que nos permite dictar desde las gradas el comportamiento de los luchadores en el circo.»

O sea se trata de intervenir, de arriesgarlo todo con el fin de que todo sea salvado.

Lo que nos amenaza es la técnica y lo que ella implica en los campos de la moral, la política, la estética, la convivencia, la filosofía. Y la rebeldía que hoy sacude los fundamentos de nuestro mundo tiene que ver con este mal, al que llamo el mayor porque no conozco otro mejor situado para sobrepasarlo en cuanto eficacia. Ya no nos interesa de dónde proviene y cuáles son sus raíces. Estamos muy asustados con sus efectos, y buscar sus causas nos parece un menester de lujo, digno de la paz sin fallos de otros tiempos. Sin embargo hay un momento clave, un episodio que marca el fin de una época dominada por lo natural —tradiciones, espiritualidad, relaciones amistosas con la naturaleza, dignidad de comportamiento humano, moral de caballeros, decencia, en contra de los instintos—, episodio desde el cual se produce el salto en el mal. Este momento es, según Ernst Jünger, la Primera Guerra Mundial, cuando el material, obra de la técnica, desplazó al hombre y se impuso como factor decisivo en los campos de batalla de Europa, luego del mundo, luego en todos los campos de la vida. Fue así como el hombre occidental universaliza su civilización a través de la técnica, lo que es una victoria y una derrota a la vez.

Este proceso, definido desde un punto de vista moral, ha sido proclamado como una «caída de los valores», o desvalorización de los valores supremos, entre los cuales, por supuesto, los cristianos. Nietzsche fue su primer observador y logró realizar en su propia vida y en su obra lo que Husserl llamaba una reducción o epoché. En el sentido de que, al proclamarse en un primer tiempo «el nihilista integral de Europa», logró poner entre paréntesis el nihilismo, lo dejó atrás como él mismo solía decirlo, y pasó a otra actitud o a otro estadio, superior, y que es algo opuesto, precisamente, al nihilismo. Desde el punto de vista de la psicología profunda, esta evolución podría llamarse un proceso de individuación. Pero tal proceso, o tal reducción eidética, no se realizó hasta ahora más que en el espíritu de algunas mentes privilegiadas, despertadas por los gritos de Nietzsche. Las masas viven en este momento, en pleno, la tragedia del nihilismo anunciada por el autor de La voluntad del poder. Aun los que, como los jóvenes, se rebelan contra la técnica caen en la descomposición del nihilismo, ya que lo que piden y anhelan no representa sino una etapa más avanzada aún en el camino del nihilismo o de la desvalorización de los valores supremos. Esta exacerbación de un proceso de por sí aniquilador constituye el drama más atroz de una generación anhelando una libertad vacía, introducción a la falta absoluta de libertad.

Todo esto ha sido intuido y descrito por algunos novelistas anunciadores, como lo fueron Kafka, Hermann Broch en sus Sonámbulos o en sus ensayos, Roberto Musil en su Hombre sin atributos, Rilke en su poesía o Thomas Mann. Pero fue Jünger quien lo ha plasmado de una manera completa, en cuanto pensador, en su ensayo El obrero, publicado en 1931, y en el ciclo Sobre el hombre y el tiempo, o bien en sus novelas.

En opinión de Jünger, escritor que representa, mejor que otros, el afán de hacer ver y comprender lo que sucede en el mundo y su porqué, y también de indicar un camino de redención, hay unos poderes que acentúan la obra del nihilismo, desvalorizándolo todo con el fin de poder reinar sobre una sociedad de individuos que han dejado de ser personas, como decía Maritain, y estos poderes son hoy lo político, bajo todos los matices, y la técnica. Y hay, por el otro lado, una serie de principios resistenciales, que Jünger expone en su pequeño Tratado del rebelde y también en Por encima de la línea, que indican la manera más eficaz de conservar la libertad en medio de unos tiempos revueltos, como diría Toynbee, ni primeros ni últimos en la historia de la humanidad. Tanatos y Eros son los elementos que nos ayudan en contra de las tiranías de la técnica o de lo político. «Hoy, igual que en todos los tiempos, los que no temen a la muerte son infinitamente superiores a los más grandes de los poderes temporales.» De aquí la necesidad, para estos poderes, de destruir las religiones, de infundir el miedo inmediato. Si el hombre se cura del terror, el régimen está perdido. Y hay regiones en la tierra, escribe Jünger, en las que «la palabra metafísica es perseguida como una herejía». Quien posee una metafísica, opuesta al positivismo, al llamado realismo de los poderes constituidos, quien logra no temer a la muerte, basado en una metafísica, no teme al régimen, es un enemigo invencible, sean estos poderes de tipo político o económico, partidos o sinarquías.

El segundo poder salvador es Eros, ya que igual que en 1984, el amor crea un territorio anímico sobre el cual Leviatán no tiene potestad alguna. De ahí el odio y el afán destructor de la policía, en la obra de Orwell, en contra de los dos enamorados, los últimos de la tierra. Lo mismo sucede en Nosotros, de Zamiatín. Al contrario, según Jünger, el sexo, enemigo del amor, es un aliado eficaz del titanismo contemporáneo, o sea, del amor supremo y resulta tan útil a éste como los derramamientos de sangre. Por el simple motivo de que los instintos no constituyen oposición al mal, sino en cuanto nos llevan a un más allá, en este caso el del amor, única vía hacia la libertad.

jueves, 14 de abril de 2022

Hoy se estableció que ya no era necesario el uso de mascarilla en espacios abiertos. Sin embargo, al salir a la calle, muchos aún circulaban con el bozal. ¿Costumbre interiorizada o ánimo de romper las reglas? Bosquejo de nuestra nueva normalidad, en que el rostro figura espontáneamente cubierto, y la mascarilla ya adquirió signo de identidad pública.
-Profe, lo desconocí sin la mascarilla puesta

-Yo también a usted.

Se sacó el bozal al aire libre en el patio y, de pronto, cada estudiante tuvo, aparte de voz, rostro propio.
Ex amigos de la revolución, quédense su "hombre nuevo", yo me conformo con no ser el deconstruido "último hombre".