El arrendador le llama la atención al nuevo inquilino por el carrete masivo que hizo el día sábado en la casa. Hacía tiempo que no pasaba eso, en un depa en donde reina lo quitado de bulla como regla, a lo sumo su vacile puertas adentro, piola. El loquito nuevo es colombiano. Motivo suficiente para justificar su actitud de rumba, entre tanto vecino flemático (me incluyo). Recuerdo bien esa noche. Tenía puesto un karaoke a todo chancho y a toda raja de un tema de Los chiches del Vallenato. Cantaba con los comensales a viva voz y a son etílico: "No me pregunten por ella, no me pregunten cuándo volverá. No hagan más grande mi pena, no hagan que llore y la recuerde más". El karaoke era tan animoso que se colaba por los entrecejos del resto de la casa, inundando de una impresión tropical y arrebatada lo que solía ser introspección y oscuridad casi todos los fines de semana. No podía conciliar el sueño, pero qué importaba, era día sábado por la noche, y su servidor ya había renunciado a toda esperanza de algún panorama entretenido, con la clásica excusa de la enfermedad y la falta de presupuesto. El hueveo del colombiano sonaba a algo que haría cualquier mortal con ánimo fiestero. Pero la decisión no pasaba por él. El arrendador le dejó claro al loquito que una de las reglas de la casa era que no se permitían carretes desenfrenados. Le aseveraba que no se trataba de nada personal, sino que solo en vista de que debía rendirle cuentas a la dueña del boliche, que vive en el piso cinco, justo arriba de nosotros. "Imagínate escucha el hueveo acá abajo y por pura tincada nos echa cagando a todos", confirmaba el arrendador, buscando la explicación al paqueo aguafiestas. Sus dichos dejan entrever una verdad en la que no había reparado del todo, creído en que el arriendo mes a mes garantizaba algo remoto: somos únicamente aparecidos en un suelo y un techo que no nos pertenece y, ya sea por un exceso de alegría o por un dejo de aburrimiento, podemos acabar de patitas en la calle, a la intemperie con nuestras ganas de sortear la valla o de seguir en el júbilo de la despreocupación. No le reprocho nada al nuevo loquito. Después de todo, tampoco lo conozco, pero en virtud de la tranquilidad que se había establecido en el departamento más por regla que por costumbre, me limito a asentir la medida drástica del arrendador, mientras busco silenciosamente el playlist festivo de aquel mambo tan atípico. La fiesta ya ha cesado en la casa, por mandato imperioso, pero su eco continúa en mi cabeza como síntoma de algo más, una vicaria necesidad de catársis o un estupor ante el nuevo espíritu gregario que ha revitalizado este claustro y que -para bien o para mal- ha llegado para quedarse.
lunes, 29 de octubre de 2018
Ganó "Brasilzuela". Así de simple. El corolario del miedo. La reacción frente a la corrupción generalizada, sometida a la división y al populismo galopante. No hace falta una mirada tan aguda para constatar que los gobiernos de derecha en Latinoamérica están ganando por paliza, en parte, como respuesta a una crisis institucional de la izquierda. Pero sería demasiado simplista ahondar en esa lógica tan binaria. Tal vez no sea suficiente con declarar que la corrupción le abrió las puertas a la ultra derecha. Lo que sí es un hecho es que el conservadurismo político de la mano del liberalismo económico se va abriendo camino a paso de máquina sobre el ethos del colectivo. Sería bueno, quizá, leer la autocrítica de la oposición, su parte de responsabilidad respecto del avance soterrado de la ultra derecha, a modo de ejercicio de transparencia. Cierto fascismo, según sostienen algunos, se habría impuesto de la noche a la mañana, casi como un poder oscuro, incomprensible, y no producto de un fenómeno que lleva tramando con una precisión de relojería su macabra ingeniería social.
domingo, 28 de octubre de 2018
"En Los detectives salvajes el exilio cobra un significado particular. Después del intento fallido por salvaguardar a la madre Cesárea, símbolo de sus deseos y anhelos más profundos, Arturo y Ulises optan por la determinación soterrada del exilio. La perdida del ser y del estar, el arrojo del cuerpo y de la memoria comulga con un sentido ético en relación con ese otro que se sabe perdido. Quizá, la conciencia nos vuelve unos cobardes, parafraseando a Hamlet. Quizá no disponemos de las armas suficientes para hacer frente a nuestros enemigos. El exilio, sin embargo, es una prueba ética. Arturo y Ulises optaron por volverse relato: aspiraron a luces subterráneas, fueron cometas que de cuando en cuando incendian la cabeza de los maníacos de la vida y de la literatura. Esa es la lección que propone la po-ética subyacente en la ficción. Arturo y Ulises fueron antihéroes a su manera. Déjenlo todo, nuevamente. Lo importante es ir cayendo ante las esfinges. Sacarse los ojos hasta dar con la sombra verdadera. Y es que si no nos vamos todos antes al carajo y nos volvemos polvo del universo nuevamente, como Cervantes o Shakespeare, ciertamente, resta declarar a la literatura como el vórtice del olvido, y claro está, el olvido como la sustancia de todo aquello que está vivo. Las palabras son otra forma de burlar el destino". Autocita, en La po-ética de Roberto Bolaño.
jueves, 25 de octubre de 2018
"Profesor de la Usach murió preparando una clase" se titula la portada del Lun de hoy. Antes de morir, un colega habría revelado lo que serían unas palabras premonitorias: "no voy a seguir". Imagen metonímica. Síntoma nacional. La vida para el profesor sería aquello que sucede mientras está planificando una clase. Lo más equivalente al término de esa clase sería la muerte, verdadera maestra de sus días.
A más de diez años del incendio de la casa en el cerro la cruz, se me vienen a la mente recuerdos calcinados. Esa noche desperté prácticamente de improviso. Cuando me percaté el living ya estaba inundado de un color espeso, anaranjado. Allí se encontraban mi madre y mi hermana chica, esperando bajo el humo, a ver si su servidor seguía con vida. Fueron instantes caóticos. A lo único que atiné en su momento fue a subir con ellas rumbo al cerro, hacia la casa de los abuelos. Casi todos estaban paralizados. Fue muy poco lo que se pudo hacer, excepto tratar de salvar algunas cosas y quebrar por dentro para intentar rescatar a los que aún quedaban envueltos bajo el averno nocturno. El resto de la historia figura todavía consumido en la conciencia como una hoguera. Demasiado fuego ahí adentro para seguir hurgando con impunidad y desvergüenza. La incineración costó no solo la pérdida absoluta de la casa, sino que la muerte de dos seres queridos que vivían próximos a la "zona de sacrificio": nuestra bisabuela y su pareja de ese entonces, por lo cual se podrán imaginar el dolor que todo ello implicó. A las horas siguientes, tras el fracasado operativo de bomberos, y la constatación siempre tardía de los pacos, el lugar aparecía asediado por la prensa, reporteando el desastre in situ. El llamado amarillista de la tragedia, siempre tan oportuno. Algo que nunca olvido es la imagen de la destrucción en primera plana en la portada de La estrella del día siguiente, seguido del rostro de los difuntos, puestos ahí cual protagonistas malogrados de una historia demasiado cotidiana que solo llegó a brillar en el momento que ardió y se esfumó para siempre. Lo cuento a estas alturas ya como anécdota, como herida cauterizada lo suficiente, pero el trauma de ese tiempo aún palpita a ratos, insistente, dándole una y mil vueltas con tal de darle un relato a ceniza, siquiera algún cauce textual que una los cabos imaginarios de aquel absurdo suceso hecho pira. Sin embargo, todos sabemos de sobra que las palabras no alcanzan a dimensionar el tejido de la experiencia. Más aún cuando el tejido viene con la combustión de lo imprevisto. La emoción se vuelve inflamable. Y con el pasar de los años, la experiencia de lo ocurrido también se vuelve inefable. Hoy por hoy, solo restan las ruinas de la casa, sus ruinas carbonizadas, opacas, aún vigentes, la estructura de una troya tercermundista, el recuerdo hostigoso como ironía de rescate, una que otra foto de un album familiar, carcomido de negro por los bordes y, si queremos ser consecuentes con el recuento, este iluso intento de retrotraer a la memoria lo inevitable, expresado bajo el velo de alguna significación ya demasiado póstuma. La cuestión ya quedó en el pasado, pero algo todavía quema adentro: una ardiente pregunta que no admite respuestas, porque, citando de manera antojadiza a Artaud, vivir no es otra cosa que arder en preguntas. Conclusión precipitada: toda pregunta sobre el destino te pillará en pelota, trasnochado y en llamas. Mejor evitar la pregunta, y sobrevivir como sea, enarbolando la no tan merecida casualidad de seguir aquí, debatiéndose por todo y a la vez por nada.
martes, 23 de octubre de 2018
Museo de la Biblia en Washington confirmó que cinco de los dieciséis manuscritos del Mar Muerto son falsificaciones. Sostuvieron que podría ser el mayor fraude arqueológico desde el "Evangelio de la esposa de Jesús". Lo auténtico como lo sagrado. La intervención moderna supone para sus feligreses una herejía. Lo apócrifo como lo contrario a la Verdad. Pero no faltará mucho para llegar a una certeza todavía más devastadora: todo texto, por puro que parezca, remitiría a otro, en una cadena hermenéutica sin origen claro ni destino aparente. Encontrar la fuente original equivaldría a desentrañar el principio de todo. ¿Acaso Dios? ¿El Autor supremo? Desmentir esa fuente significaría reconocer la falsificación como la única realidad. Se crea un relato, se crea a su vez un mundo. Lo falso lleva también el signo de lo sagrado. Lectura inconfesable.
lunes, 22 de octubre de 2018
Se ha ido el único alumno en clase del Preu. El último texto leído era un diálogo de Seis personajes en busca de autor de Luigi Pirandello. Se leyó alternadamente un personaje cada uno. Cuando lo hacía, el cabro comenzó a reírse solo. Al llegar a la pregunta, él respondió inmediatamente su alternativa. Tratando de emular aquella clásica frase de Don Francisco en Quién quiere ser millonario, le pregunté si acaso esa era su respuesta definitiva, imprimiéndole un poco de emoción a un ejercicio un tanto insípido y mecánico. El silencio de la sala emulaba la tensión de un concurso imaginario. Ya confirmado el acierto de la respuesta, el cabro se apresuró a tachar la alternativa correcta y aseveró que debía irse cuanto antes. Se limitó a explicar que estaba ocupado. Le repetí que ya quedaba poco para la prueba. Dijo que sí y entonces salió, quién sabe con qué motivo. Cerré así el cuadernillo y guardé en él la hoja de respuestas. Afuera, en el hall se veía cómo el chico revisaba el diario mural y anotaba algo en un papel antes de virar definitivamente. Mientras tanto, otro tres personajes tomaban café y charlaban de lo lindo al fondo de la oficina, y el auxiliar del aseo desvalijaba las sillas del patio cada vez más vacío.
domingo, 21 de octubre de 2018
Dos famosas parodias avant garde a The Beatles:
La primera, de la mano de Frank Zappa y The mothers of invention con su album We are only in it for the money de 1968, en alusión directa al Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band publicado solo un año antes.
La segunda, de parte de The residents con su album Meet the residents de 1974, tomando como objeto de sátira el segundo album americano de los de Liverpool.
Pago la micro con quina. Cuando el chofer ve la moneda, dice que son quinientos veinte. Le digo qué caro, seguido de un largo y tendido chuta. El chofer se da vuelta, con el rostro de quien acepta la realidad, y afirma: "mientras siga subiendo el petróleo, seguirá subiendo el pasaje". Me entrega la boleta tranquilamente, luego de pasarle los veinte pesos restantes. Sigo mi camino hasta el fondo de la micro. El chofer continúa, imperturbable, el suyo.
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