En su ensayo Secreto y narración, Ricardo Piglia señala, citando a Henry James, que “el relato es la casa de la ficción”. El narrador pasa por fuera de la casa y ve una escena. Luego, trata de investigar qué pasó, incluso trata de entrar en la casa, aunque no siempre lo consigue. Habría allí un secreto, un secreto que se resiste a ser descubierto, un sentido sustraído por alguien, algo muy distinto a un misterio que no tiene explicación o a un enigma que no se puede descifrar. Si se quiere, habría allí también una sombra policial. Piglia se refiere a la obra Los adioses de Onetti para indagar en ese secreto narrativo o, mejor dicho, en ese secreto que es la posibilidad latente de la narración. El secreto sería ese lugar vacío en donde convergen diversas tramas, atadas por un nudo nunca del todo desatado. Quien narra, ya no quien escribe, quien narra estaría rodeando de manera insistente eso que se quiere decir, pero no acaba de decirlo completamente. Si lo hiciera, el lector se retiraría en el acto, sin nada que lo aliente a seguir. Se produce un vacío, se producen vacíos necesarios que reclaman su materia creativa, su porción de subjetividad o de totalidad, su cosa viva, vibrante. Quien narra necesita ese rodeo, quien lee se regodea en él, porque, como dijera el propio narrador de Los adioses: “los efectos son infinitamente más importantes que las causas”. En los efectos nos jugamos la vida, en los efectos nos regodeamos y somos cómplices del secreto, cómplices de una pulsión narrativa, de una obsesión inconfesable.
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