Año 2002. El primer cassette que tuve de Iron Maiden recuerdo que fue “El Número de la bestia”, y sí, así estaba escrito, tal cual, en español, porque era de aquellas clásicas ediciones del sello EMI Odeón Chilena que venía con las canciones traducidas. El mítico Hallowed by the name se leía “Santificado sea tu nombre” y era heavy escuchar una referencia lírica tan directa cuando vacilábamos todos estos temas metaleros con un amigo de la Media en el colegio católico. Las misas, desde entonces, tenían ese riff potente y esa guitarra de aire de fondo. “Corre a las colinas” se tarareaba como “corre al cerro”, cuando vivía precisamente a unas cuantas cuadras del Cerro Monjas. Todo adquirió esa crudeza sonora, esa fantasía tan disruptiva inspirada por el universo de Eddie The Head y la propuesta artística de la doncella.
De todo eso me acordé antes de ir a ver al cine Insomnia el nuevo documental sobre Maiden, “Burning ambition”, dirigido por Malcolm Venville. Fuimos con otro amigo y una chica que él conocía en alguna tocata del Club Segundo Piso de Avenida Brasil. Las expectativas eran altas, sobre todo y considerando los más de cincuenta años de vida del grupo. Pese a la escasa convocatoria, se sentía, en ese momento, un ambiente de nicho. Había uno que otro fan con polera de Maiden, algunos más acérrimos, otros más aficionados, sin tanta parafernalia, todos por igual esperaban sagradamente el visionado. No era como estar en un concierto real, claramente. No estaba esa energía desatada,, pero sí se percibía una contención, un regocijo íntimo y emotivo. Un acierto del documental iba por ese lado: ver en todos los seguidores de la doncella una auténtica familia. Se alcanzó a percibir esa vibración colándose por los amplificadores. Esa vibración abrigaba la noche helada, mientras repasaban la historia de los inicios de la doncella en Londres, y pronto de cara al estrellato metálico.
Uno cuando indaga en la vida real de sus héroes musicales, no puede evitar sentirse identificado. Londres en los ochenta pasaba por un periodo convulso a nivel sociopolítico, y los punks la estaban rompiendo en la industria. Steve Harris no estaba dispuesto a hacer concesiones en lo musical, y ellos querían sonar pesados, aunque eso implicara rechazar el camino fácil. Las letras de las canciones de Maiden no pretendían reproducir los tópicos de moda; se proponían contar relatos inspirados en la historia y en la literatura, una cuestión impensada incluso dentro de los parámetros de la propia comunidad heavy de aquella época. Algo de Valpo había allí. También el metal corrió por estos lares de manera clandestina, subterránea. También se proponían romper con todo, a su manera, siguiendo el camino pedregoso de la autogestión, aunque nunca con el éxito esperado. La doncella conquistaba poco a poco el mundo, y eso era motivo suficiente para soñar en grande. Estaba ahí para enseñarnos que el metal era un lenguaje eléctrico, una modulación, como diría mi amigo Rumel, lista para ser traducida con furia y con arrojo, contra los molinos de la vida moderna.
Furia y arrojo era lo que nos transmitía la voz de Paul Di Anno, en Prowler, primer tema de su álbum homónimo, uno de los favoritos de Ian Scott, guitarra de Anthrax. Se sentía todavía esa vibra punketa en la actitud del grupo. Potencia y un toque de teatralidad era, por su parte, lo que nos ofrecía un talentoso y versátil Bruce Dickinson en el escenario. Con esa formación, la doncella había forjado la sinergia perfecta. La misma ambición ardiente encendía el espíritu de Dickinson y Harris, sumada al pulso de los icónicos Adrian Smith y Dave Murray en las cuerdas de acero. Los solos en vivo eran de una factura monstruosa. Los pasajes rifferos eran sencillamente de otro planeta. En eso mismo pensé cuando mi amigo, durante el visionado del documental, comentó la interpretación del tema Rime of the Ancient Mariner, tema largo que cierra Powerslave. Se refería al show de la gira Somewhere back in time en Chile, 2009. Otro temón que también comentamos durante el documental fue Alexander The Great que cierra el mítico Somewhere in time, sin duda, uno de los mejores discos de Maiden, junto al Seventh son of a Seventh son. A la salida, de hecho, le pregunté al amigo y a la chica que nos acompañaba cuáles eran sus discos favoritos de la banda, y eran precisamente esos. Por supuesto que en la época noventera, antes de la despedida de Bruce, sacaron otras joyitas inolvidables como Fear of the Dark o No Prayer for the dying, pero los tres coincidíamos en que los álbumes de los ochenta eran parte de la época dorada de la banda, y bueno, del heavy metal en general, sobre todo la primera mitad de la década. Luego, sabrán los bangers, llegó la irrupción del thrash y los géneros más extremos en la segunda mitad, deudores del estilo rápido y audaz de la NWOBHM.
Algo que siempre me sorprendió de Maiden es el nivel compositivo de Harris no solo en el bajo y en la estructura de las canciones, sino que en las líricas. Están llenas de referencias históricas, literarias y cinematográficas: Duna de Frank Herbert, el mismísimo Poe con los Crímenes de la Rue Morgue, Gastón Leroux con El fantasma de la ópera, Samuel Taylor Coleridge, del citado poema “Balada del viejo marinero”, Lord Tennyson , quien habría inspirado The Trooper, Twilight Zone, inspirado en la serie de TV clásica, Flight Of Icarus, tomado del mito griego, The Number Of The Beast, aparentemente basado en la película La Profecía, Stranger In A Strange Land, temón de temones, título tomado de la novela del mismo nombre, The Wicker Man, de la película “El hombre de mimbre” de Robin Hardy, y un largo etcétera. Incluso hay referencias a El señor de los moscas en Lord of the flies del disco Factor X con el vocalista Blaze Bayley, y referencias al mismísimo Huxley en el disco Brave New World (Un mundo feliz), que significó el regreso triunfal de Bruce a la banda, porque, definitivamente, la doncella había marcado a fuego su esencia con la presencia de Dickinson. Él era la voz de Maiden. Todo un líder, un showman. Blaze había hecho lo suyo, y le había impreso su propio estilo a la banda, pero con Bruce había ocurrido una alquimia creativa, una fusión enérgica fuera de serie, una que todos los fanáticos recordarán por ser lejos la etapa más memorable.
Seguimos discutiendo con el amigo y con la chica, tras haber acabado el documental. Nos acordamos de los escupitajos a Blaze en medio de un concierto, y no sabíamos si se trataba de un gesto de cariño incomprendido o de repulsa. Lo más seguro era lo último, porque a Blaze se le veía cabreado, lo mismo que Harris. Al rato, volvimos sobre la figura de Bruce. Nos acordamos de su afición por los aviones. De hecho, él mismo llevaba a la banda de gira en su avión Ed Force One, tras su regreso a los escenarios. Un verdadero business man, un emprendedor, repetía el amigo. Yo diría que un renacentista, de la talla de Brian May de Queen, aunque en clave metal. Si bien, para el amigo, el documental insistía en ciertas anécdotas ya sabidas por los seguidores, cuestiones que podían aparecer perfectamente en cualquier otro reportaje no oficial de youtube, habíamos quedado conformes con el digno homenaje a la Doncella de Hierro. Por eso mismo, fuimos todos a un local próximo a brindar con unas chelas bien heladas, pese al frío. Más de medio siglo de heavy metal tenía que celebrarse en grande, con sonido y furia. Eso mismo haré cuando vaya el 31 de octubre, la noche de Halloween, a verlos en vivo por primera vez en el Estadio nacional. Estoy seguro que habrá Maiden para rato, y que Eddie, la mascota más reconocida del universo del metal, seguirá reencarnando en todos los escenarios posibles de la historia, y adoptando las más bizarras formas, porque es un personaje inmortal. Y yo diría, más que un personaje, un avatar, un egregor tan poderoso como el legado de la banda. ¡UP THE IRONS!

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