sábado, 9 de marzo de 2024

Dragon Ball y el legado de un mangaka legendario.

Me enteré tarde de la partida de Akira Toriyama, una semana después, el 8 de marzo, en ocasión de que había muerto el 1. A todos les pasó lo mismo: nadie se había dado por enterado hasta ese fatídico día. Había partido la mente creadora detrás de la serie que configuró gran parte del imaginario de nuestra infancia: Dragon Ball. Me trasladé de inmediato a 1998, una época en la que la animación japonesa estaba en su pleno apogeo en territorio latino. Nosotros, la generación de treinteañeros, fuimos los privilegiados que, durante aquellos entonces, tuvimos la fortuna de ver la serie doblada al español mexicano en televisión abierta, por eso es inevitable asociar la voz y el carácter de los personajes principales al dotado por aquellos míticos traductores, tales como Mario Castañeda o René García.

Durante aquellas tardes infinitas de los noventa, recuerdo haber corrido del colegio a la casa para no perderme, por ejemplo, la lucha de los “cinco minutos” en Namekusei. En ese momento, daban Dragon Ball en el Mega. Con un amigo ex compañero de la Universidad también recordamos que la serie se transmitía después de Zoolo Tv, animado por el “Kiwi”. El amigo dijo que aparecían unos cabros chicos vestidos de Gokú en Super Saiyajin cantando la clásico intro de Dragon Ball Z en japonés. En cierta manera, afirmó, Dragon Ball nos “televisó”, y, a su vez, la televisión abierta había sido “revolucionada” por un mangaka. Incluso más allá: Dragon Ball inició en el anime a cierta audiencia latina a un nivel de fenómeno de masas, y de paso, nos inició a nosotros, hijos de la Generación X.

Si bien hubo otras series que lograron cierto éxito en nuestras tierras, tales como Mazinger Z, el Vengador, Robotech, etc. fue Dragon Ball la que sentó un precedente en el shonen (género de combate) con un guion sencillo, siguiendo la estructura del viaje de héroe a lo Campbell, aunque con un destacado diseño y desarrollo de luchas y un despliegue de personajes carismáticos y memorables. La influencia fue tal que la cultura del arte marcial se volvió el nuevo pop en la mente de los niños de ese entonces. Yo mismo me vi en un momento tratando de lanzarle un Kame Hame Ha al cabro matón del curso, o tratando de hacer un Kaio Ken cada vez que me sentía triste. El aporte al psiquismo de nuestra tierna generación fue inconmensurable, a tal punto que nos tiene, ya muy entrados los treinta, disfrutando como a los trece los nuevos arcos argumentales de la serie, a cargo de la Toei Animation.

La serie la veíamos en los canales nacionales, después salieron otros productos al mercado. Si bien nunca me motivé jugando algún videojuego de la franquicia, comencé a coleccionar los álbumes de Salo. Más tarde salieron revistas de animé en donde se hablaba de algunas novedades, tales como la nueva temporada posterior a la saga Z (se refería a Dragon Ball GT), así como otras cosas relacionadas con el diseño creativo de Toriyama, quien además era responsable de la creación de personajes de Dragon Quest y Chrono Trigger, clásicos juegos de RPG. El primero, de hecho, tuvo luego una adaptación al animé llamada “Las aventuras de Fly”, transmitida por CHV allá por el año 2000, la cual no tuvo popularidad pero sí logró enganchar a los amantes de la animación japonesa de ese entonces, con sus reminiscencias a la propia obra de Toriyama, en clave de espadas y caballeros.

Algunos de los primeros VHS de animación que vi fueron justamente los de algunas películas de Dragon Ball y Dragon Ball Z. En ese tiempo mi padre era socio en el Videoclub Magia de Valparaíso y le pedía que arrendara algunas películas de la serie. Puedo decir que gracias a eso, pude ver algunas películas antes de su aparición en la televisión. Estas eran El poder invencible y El hombre más fuerte del mundo. Más tarde, arrendé incluso algunos capítulos de la nueva saga mientras seguía viendo las repeticiones de la serie que ya había terminado. 

Efectivamente, como lo había dicho el amigo, Toriyama nos había “televisado” y había “animado” nuestro nicho de imaginación, repleto, a su vez, de los universos de Nintendo y de Sega. Sin exagerar, concordamos con el amigo en que Toriyama es fundacional, ya que había logrado lo que ni siquiera Miyazaki en el cine: que cientos o miles de jóvenes amáramos ver la televisión, a tal punto que, ya caído el imperio de Dragon Ball en las pantallas y, por extensión, el del anime por nuestras latitudes, nunca la sección animada volvió a ser la misma, porque ninguna otra animación occidental consiguió ocupar el lugar que Dragon Ball ocupaba en nuestra mente y nuestros corazones.

Los nacidos en los ochenta tuvimos la oportunidad de disfrutar de una infancia todavía analógica, en donde los estrenos animados en la televisión eran concebidos como una gran primicia. Una era sin internet y sin redes sociales. Esta es una de las causas que explica el por qué de nuestro fanatismo por la serie: hay un componente generacional, unido a un espíritu análogico, previa transición al mundo de lo digital, en donde ya no existe esa mística de la espera por el episodio nuevo, es cosa de googlearlo o piratearlo. Dragon Ball nos hablaba de un tiempo que estaba a punto de morir y transformarse. Por eso las series sucesoras del género shonen, excluyendo a algunas como Naruto o One Piece, (muy posteriores a los años 2000) son hijas del reino digital, porque sus estrenos no alcanzaron a ser televisados, ganando en alcance e inmediatez, pero perdiendo en misticismo y emoción.

Hay veces en que todavía veo cosas relacionadas con Dragon Ball, sobre todo los nuevos arcos solo disponibles en manga, la ampliación de los poderes hasta el infinito, que llega a ser redundante si no fuera porque la serie nos marcó de manera categórica. Incluso al día de hoy vuelvo sobre la serie Dragon Quest, luego de su remake del año 2020. Toriyama fue a presentarse con Enma Daiosama para conocer su destino, pero su amplio legado a la cultura del manga y el animé continúa aquí en la Tierra.

No podemos reconocernos como luchadores extraterrestres venidos de un planeta lejano, aunque sentimos, a ratos, en nuestras venas, algo de sangre guerrera. Hemos dejado de creer en nuestros líderes políticos, pero le confiamos a Gokú el destino de la humanidad. Nos cuesta levantarnos por la mañana para hacer rodar la rueda burocrática del trabajo, pero aún guardamos en nuestro interior la esperanza de una transformación rimbombante, que nos aumente de golpe la fuerza, la resistencia y el coraje.

No fuimos ángeles, como decía aquel clásico ending, pero sí nos sentimos heroicos al momento de gritar de rabia o de desesperación. Queríamos romper barrera porque el enemigo siempre era peor que el anterior, siempre era invencible y exigía de nosotros un cambio de esquema. No pudimos entender la serie en su sentido más profundo hasta muy viejos, cuando comprendimos que el campo de batalla no era otro que el de nuestra mente, tratando de conjugar los instintos con nuestra necesidad de lo divino. Como dijo el amigo Pablo Rumel en su texto sobre Akira Toriyama, “el Cervantes japonés”: Dragon Ball es un mundo sagrado.

Dragon Ball sobrevivió a los censores, cual saiyajin defendiendo su orgullo. Nunca se dejó amedrentar por las absurdas acusaciones de satanismo y de machismo en su contra. Sus enemigos, el fundamentalismo religioso y el progresismo posmoderno, no pudieron derribar en su combate ideológico a una obra hecha de pura magia creativa y ki elevado. Las grandes obras de la imaginación trascienden los dogmatismos de la sociedad.

El dragón que surcó el universo 7 también se llevó al sensei Akira Toriyama en busca de un plano más sutil, y lo hizo justamente durante “el año del dragón”, un final simbólico equivalente a aquel recordado final de GT, que no era canon pero que, de todas formas, quedó impreso en nuestra retina. Miremos todos volar al maestro montado arriba de un dragón, con una promesa mesiánica. Ya no podremos sentir su ki, pero sí podremos verlo atravesar el cielo, “que resplandece a su alrededor”.

viernes, 8 de marzo de 2024

Hasta siempre, Akira Toriyama

El impacto de la obra de Akira Toriyama es tal que he pillado a mis propios alumnos con tapas de Dragon Ball en sus cuadernos, tanto en el anterior colegio como en el que trabajo ahora. Y así es posible que uno de esos cabros estudie para profesor y a futuro tenga también alumnos que lleven a Gokú o a Vegeta en sus recuerdos. Dragon Ball no se limita a la generación millenial. Nosotros, los treintañeros, tuvimos la fortuna de ver la serie en televisión abierta, recién doblada al latino, pero las nuevas generaciones parecen disfrutarla por igual. Muchos, de hecho, se la saben al dedillo. Esa es la magia de una franquicia que sentó un precedente insuperable en la historia de la animación.

jueves, 7 de marzo de 2024

Librería Alpasio

Entré a la librería Alpasio, antigua librería en calle San Ignacio. Le pregunté a don Mario Reyes, quien atiende, cuánto llevaba ahí la librería. "Casi treinta años" , respondió. "Ha aguantado mucho", le dije. "Hasta la Crisis se fue". Don Mario comentó que hace tiempo no iba a la Crisis , y que ya las librerías "no mueven como antes". Aun así, permanece abierta. 

Al fondo investigué la sección de poesía chilena y me encontré con una sorpresa, solo atribuible a una broma literaria del Universo. Sobre un estante, habían tres antologías poéticas de Valpo: una, de Felipe Ugalde y Arturo Rojas; otra, más antigua, de la SECH de los noventa, de nombre "Libertad"; y, al medio, la mítica "Carta de ajuste", de Antonio Rioseco y Juan Eduardo Díaz, donde salgo publicado junto a otros poetas conocidos -en ese tiempo inéditos -, de la Región. 

En cierta manera, haber entrado a la librería era jugar a las probabilidades. Solo un recóndito sector de resistencia libresca como la Alpasio podía albergar semejante coincidencia sarcástica. Contra todo pronóstico, no compré los libros y preferí dejarlos ahí, juntos, polvorientos y sagrados en su interjección. Me llevé, en cambio, Poemas dogmáticos de José Miguel Ibáñez Langlois y La señora sobreviviente de A. Bresky. Auténticas joyas poéticas. 

Salí de la Alpasio. Prometí volver por más. Don Mario cerró el boliche, detrás mío, como quien cierra el sótano escondido de su casona, su refugio del mundo.

Megáfono taurino (2024)

Poema de hace quince años exactos, dedicado a de Rokha, con una imagen ad hoc:

a de Rokha


La maquinaria feliz de las ciudades se hizo escombro

cuando saltaste de tu fúnebre cuna

y escupiste tu canto choro a forma de metralla.

Los demonios de la vida cotidiana,

por tu paladar fueron bautizados,

y ensimismados exigieron su sangre

única y exquisita

tal como los grises vegetales

del último de los edenes.




El amor fue la roca con la que puliste el filo de tu soberbia.

Tu cabeza y tu bolsillo vastos de compromiso,

Tus cuernos militantes,

tu Chile densamente ebrio,

redescubierto como amante.

Con el puño férreo, desde el país de los grises, pareces decirme:

“Te invito a reconocerte en mi mundo.

Para cuando tengas mi edad sabrás callar tu paz y sublimar tu guerra”.




Te imagino ante las enaguas florales del caos,

escondiendo la belleza en tus ojos rubicundos.

A ti se te aparece la hipocresía como matador,

y juras socavarla en arrojo de cuernos pulcros

como implorando a la pangea y al amor de tu palabra.

Sí, tu palabra vasta de raíces, de donde reverberan

las vocales y consonantes de poemas futuros.

Sí, y así dices, cabrio macho:

"Para universos en blanco y negro,

espíritus claroscuros".




Fiel a todo lo que te sabe a choreza,

tu imagen por siempre moneda,

redimida de precio.

Así, grítale al mutante capitalista,

el gusano de la discordia ha perdido su manzana

pero ha encontrado en ti la tinta

para inmortalizar su arrastrarse por la tierra

Pero no creas que está santificado,

hasta su baba podría ser agua bendita.




En un hondo aliento me sujetas a tu país de funerales

y ciudades con tentáculos,

me llevas al Chile de todos los días

con sus blancos de Nada,

sus azules de Resaca,

y sus rojos de Furia o Lascivia.

Todos esos no son epítetos suficientes

para las entelequias constantes

de una larga y angosta faja de tierra,

a forma de espermatozoide exiliado

dentro del óvulo viudo, virginal 

Y menstruante que es América.




Mira a la equidistancia de nuestro mundo,

su doblemente ambigua dualidad.

Con tu alquimia de carbonada,

condimentas pensamientos y corazones,

y dejas al desnudo la pueril complacencia de todas las cosas.




Como por barrios rurales te me apareces

en los compartimientos de la conciencia

e invitas a recorrer los idilios baratos del fin del mundo

con pies tempestuosos, llenos de ternura y choreza.

Titán, haces que mire mi hogar con ojos abismales

y que reconozca en mi comodidad el abismo

sobre el cual me he arrojado durante años

y no quisiera regresar ya para imitarte.




Gritarle a la muerte: ¡puta de ocasión!

Gritarle a la vida: ¡puta cara! pero sola, pero una,

todo eso me legas entre pliegues de luto,

y tu verdadera forma el decibel primero,

salvaje y filosófico de una torrencial música

con un nombre tremebundo.




Tú, solo megáfono, confiésalo:

de un golpe y sin pensarlo,

te bebiste un concho de angustia

y te hartaste de todos, y te jubilaste de todo

y te empachaste de todos

y compusiste, más allá de aureolas y cachos,

tu ópera prima: el Absoluto.

Apuntes adolescentes de un antiguo libro de actas (2003-2004)

Encontré un antiguo libro de actas. Contiene una serie de apuntes que escribí de adolescente (2003-2004). Mis tempranos pasos en la escritura. Rescato lo mejorcito. Algunas cosas iluminan bastante el presente. Otras, fueron simples arranques del momento:


Odio cuando dicen que el mundo actual no es el mismo de antes. Pareciera como si en casa todos tuvieran mi destino escrito en un libro.



A veces pienso que debí haber sido un chico sufrido, para tener mejores razones para gritar.



Los textos literarios y poéticos no siempre deberían estar ligados a una estética ya muy vieja y decadente. Creo que deberíamos ser un poco más desprolijos y hasta ingenuos.



La mayoría de las cosas que se hacen ahora son una copia barata y mala de lo que se hacía al principio.



Los temas importantes serían tomados con más inteligencia si se les restara importancia.



Formar un grupo en donde uno de los integrantes te diga lo que tienes que hacer, entonces eso no sería un grupo sería una “tribu de parásitos”.



No te sientas discriminado por lo que haces. Que no seas cliché no significa que te besen el trasero.



¿Cómo es posible que la gente se identifique con un tipo de sujetos demasiado idolatrados, como si fueran los reyes de la ignorancia?



No quiero identificarme con nadie que no sea yo. Demasiada empatía produce alienación.



La gente dice: si fuera un animal sería un ave. Entonces yo digo: sería una lombriz para ser tan insignificante que solo me necesitarían para sobrevivir.



¿Por qué habría de estar feliz conmigo mismo?



Dios es amor, el amor es droga.



Lo que quiero representar en mis poemas es una forma de pensar alternativa. Quiero que la gente ponga atención al contenido del tema y no al título, para que así el texto mismo desarrolle al título, y no éste al contenido. Puedo, al principio, escribir un contenido que no tenga nada que ver con el título, pero si se le repasa y mira desde un lado más técnico, todo es relativo y, al mismo tiempo, absolutamente congruente.



En realidad yo nunca quise utilizar la poesía para enjuiciar a nadie ni a ninguna cosa, solo quiero desahogar lo que tengo dentro de mí sin un mayor principio.



No sé si será por los cambios de rutina, pero yo ya estoy un poco cabreado de repetir lo mismo: calentar comida, comer, salir, disimular, murmurar, salir de nuevo, cargar, calentar otro poco de comida y plasmar todo lo que veo en escribir.



Elegí la estética alternativa, esencialmente lírica como mi especialidad, ya que es la única que implica libertad absoluta. Nadie te señala qué es lo que debes expresar dentro de la poesía.



Sinceramente nunca me ha gustado divertirme en exceso ni valorar mi situación, estaría contradiciendo cada verso que escribo, ni tampoco me ha gustado salir y carretear con amigos; no me gusta aparentar que soy feliz.



Siempre me ha gustado burlarme de todo lo que me rodea y de mi situación. Quizá cualquier otro loco como yo habría escrito cosas más planas y superfluas, pero yo me quedo con la ironía y el mal rollo porque reflejan lo que realmente soy: un cúmulo e contradicciones.



La música popular actual es un verdadero retrete. Da pena pensar que hubo algo bueno ahí que fue reducido y que lo único que queda es tirar la cadena para que se esfume junto con la porquería que lo rodea.



Lo que quería representar con “Masoquista” es la corrupción del hombre en general ante el poder y el sexo, es decir, hasta se podría denominar un tema sociopolítico.



No me importa si en muchos de mis poemas incluyo temas sobre la superficialidad. Hemos vivido por mucho tiempo en un mundo de apariencias, y no me gustaría negar que es la mejor razón para disentir de la actitud de la gente.



Elegí la estética alternativa (esencialmente lírica) como mi especialidad, ya que es la única que implica liberta absoluta. Nadie te señala cómo debes expresarte correctamente dentro de la poesía.



Soy lo más espontáneo que puedo al momento de escribir. Al finalizar un poema y repasarlo hasta ni yo mismo entiendo el significado real, incluso puedo modificarlo cuantas veces pueda para asegurarme de que estoy cerca del significado deseado. Todo esto deja como testimonio que el poema que escribí se fue modificando como algo sumamente imperfecto y moldeable al gusto de cualquiera.



Aborrezco por todo lo que ha pasado mi familia producto del sistema en el que estamos sumergidos, ya que fue, en general, la principal razón de la relación poco estable que tuvieron mis padres y así también la razón por la que se separaron al igual que otras familias. Todo esto me tiene hastiado de determinar lo que quiero ser por miedo a terminar así mismo. Por otra parte, no quiero que me dé pena el hecho de poder ser alguien diferente. A quién le importa si podemos convertirnos en los héroes de nuestras propias vidas, sin tener que arrepentirnos de nada. Estoy seguro que todavía quedan muchas formas para encontrar y hacer válido lo que realmente necesitamos.



El dadaísmo es lo mejor, ya que es la prueba más convincente de que en el arte debe existir libertad absoluta, sin importar la forma en la que lo lleves a cabo.



Creo que por mucho tiempo he sido tan egoísta que ni siquiera me preocupaba por lo que pasaba mi familia. Ahora que lo estoy descubriendo, me tiene en suspenso, y me hace sentir más egoísta todavía.



Si hiciera algo que implicara representar a las personas, cualquier huevón asimilaría lo que hago. Podría hacer y decir lo que me plazca y nadie discutiría, porque mi posición estaría a mi favor. No me preocuparía de ninguna cosa en particular, solo de dejar una bonita imagen a la gente.



Respecto de los poemas que escribo, nunca cambiaré su tono, aunque logre conseguir lo que quiero, ni siquiera con todo el amor del mundo me iría del lado de los perdedores; siempre hay una parte de mí que quiere ser mejor que los demás, y otra que insiste en sabotearse.



Cuando pienso en renunciar a mi condición, me inspiro.



No tiene nada de malo actuar sin culpas, solo te acusarían de todo lo que has aprendido.



Me siento agradecido de haber nacido en un país con tanto progreso histórico. Me tranquiliza el hecho de saber que la sangre de la gente que buscaba nuevos horizontes no fue derramada en vano, pero respecto del tipo de cultura que quieren transmitir los medios de comunicación a las personas, es una verdadera humillación. A nadie le importaría si acaban de una vez por todas con la clase media.



Odio el mundo del espectáculo porque pareciera que todos los parafernálicos te estuvieran ofreciendo el trasero para que tú se los beses con miedo y orgullo a la vez.



Siempre he admirado la privación de las cosas, del culto independiente pero accesible, especialmente en la música y la literatura. Nunca me llevé bien con esos intelectuales demasiado escrupulosos y exigentes.



Actualmente pareciera que la integridad humana ya estuviera pasada de moda. El sistema resalta demasiado el exitismo como excusa para la superación personal. La gente parece como si hubiera perdido la cabeza identificándose con tipos que solo han llegado a la cima de la muchedumbre por unos cuantos pesos. ¿Qué les hará falta? ¿Qué están esperando realmente? ¿Que venga Dios a resucitar sus vidas cuantas veces pueda hasta que logren ocupar su lugar en el mundo?



Algunos de los chicos que he conocido afirman que la verdadera vida es un buen grupo de amigos y una botella de cerveza. A diferencia de ellos, yo soy demasiado reservado para mis cosas. Por no decir, un antisocial.



A veces creo que cuando me sermonean para bien, me estuvieran preparando para ser u miserable.



Tu único verdadero amigo son tus determinaciones.



A veces la intención de un mensaje es más importante que el mensaje mismo.



El tiempo también tiene corazón.



Muchas veces no vale tanto el contenido de un mensaje, sino la forma de interpretarlo.





De seguro todavía existe suficiente hipocresía como para que la gente prefiera vivir en sus propias realidades virtuales. Sinceramente preferiría estar en una de ellas antes que hacerle frente a una pila de personas y arrojarles a cada uno una versión limitada de la vida.



No se puede hacer nada que esté a nuestro alcance por el país, solo seguir una vida común y corriente. La siguiente frase parece un estribillo: “soy chileno… y no estoy ni ahí”.



Cuando todo el mundo te repite que eres muy extraño, quizás tú seas solamente inteligente.



Creo que una de las pocas cosas que he podido superar antes de terminar la adolescencia fue el creer que relacionándome y siendo igual a los demás iba a ser más importante y mejor aceptado. Pienso que con la conciencia se podría ayudar a ser un poco mejor a esta maldita juventud, en vez de desarrollar innecesaria, constante y reprimida actividad social como sinónimo de humanidad.



Siempre he querido desordenar la significación de un tema en específico, para que se vea desarrollado como por arte de magia. Me gusta que todo se represente de forma espontánea, sin mayores detalles, como cuando estás en plena discusión de debate y sale, de repente, una voz de tus entrañas hacia afuera que dice: puedo ir a vomitar ahora. Esas cosas simples son las que amplían el mundo poético dentro de un texto cualquiera.



Antes de que alguien te mienta, no te vayas a creer todo lo que el mundo a tu alrededor predica, puede ser toda una ironía prefabricada. Incluso tu existencia puede llegar a serlo.



La identidad es la ironía más prefabricada del planeta.



La masturbación es más ineficaz que cualquier otra práctica sexual, solo que mucho más segura e higiénica. Un placer gratuito para solitarios.



Me tomó mucho tiempo darme cuenta de que podía hacer varias cosas al mismo tiempo: ir al water y cagar y mear todo de una sola vez.



Prefiero que me odien a que me amen sin conocerme de verdad.



Ya nada convence.



Yo no concibo la idea de creer en un mesías que nos salvará a todos de las manos de la corrupción, ni en cualquier otro amuleto semejante. Creo que es poco convincente. Si se quieren cambiar las cosas, se debe salir de la burbuja interior y actuar ahora ya.



Todo lo que se transforma en moda termina degenerándose.

miércoles, 6 de marzo de 2024

Entre progresismo y globalismo, nos olvidamos de la poesía.
Para quienes extrañan mi antiguo estilo de crónicas rápidas, aquí va una con temática escolar:

Al volver al colegio para entregar mi carta de renuncia voluntaria, me reencontré con una alumna, "la poeta", que le digo. Se sorprendió gratamente de saludarme. Lo primero que preguntó fue si acaso seguiría este año. Le respondí que ya no, que emigré. "¿Y por qué se fue?", volvió a preguntar "Porque donde quedé está más cerca y tengo más horas", le contesté, escueto. "Si es así, no hay por dónde perderse. Se le extrañará harto", dijo la alumna. "También pues", le dije de inmediato "Sobre todo sus poemas".

Ella me había confiado sus creaciones para poder revisarlas. Eran textos con un gran potencial, diamantes en bruto, un augurio de una gran poeta. Quería saber si ella había escrito algo nuevo para volver a sus textos, pero sabíamos que mi partida haría más difícil la situación, así que me limité a preguntarle si había escrito algo nuevo desde el último poema que me había enviado. Dijo que sí, que de hecho tenía guardado un proyecto de libro de más de sesenta páginas que esperaba sacar cuando saliera de Cuarto Medio.

Asombrado, la felicité por su esmero en su propio oficio, le repetí que quedaba poco y que se atreviera a dar el paso de la publicación. "Quizá no, profe", comentó ella. "Quizá lo deje para después. Primero quiero salir del colegio", agregó la alumna poeta, decidida. Orgulloso, no pude evitar aconsejarla, que creyera en su trabajo, que era sensato demorarse, que no comiera ansias y que saliera por la puerta ancha. Ella dijo que eso era lo que iba a hacer.

Más allá del aula, del pesado curriculum, en ese reencuentro detrás de la renuncia al colegio, había trascendido entonces una confianza basada en la creación poética. En calidad de autora, la alumna me había confiado sus textos para realizar un trabajo de edición que excedía el trabajo mismo de las guías y de las pruebas que le hice en su momento. Este último trabajo la ayudaría a pasar de curso, pero el primero la ayudaría a consolidar su obra. Al rato de hablar en la salida, nos despedimos. Quién sabe que le deparará una vez termine la escuela. Si seguirá escribiendo, si de verdad le espera una carrera meteórica en la poesía. Eso espero de corazón. De lo contrario, jamás me lo perdonaría.

domingo, 3 de marzo de 2024

Sobre el alcance real de nuestros escritores locales, en realidad, estamos rodeados de nombres que apenas resuenan en cámaras de eco. Lo que es mucho decir, o poco, dependiendo de la reverberación.
Mañana es Super Lunes, pero hoy no es Super Domingo.

Desde la oscuridad (poema)

Las palabras que florecen de mis labios dejan atrás la raíz de su luz.

Las emociones que, confusas, se pierden en el aire

figuran descarriadas del impulso de la inspiración.


Quise hacer poesía,

pero en su lugar escribí un obituario.

Traicioné una pasión,

profané una belleza oculta

desde la oscuridad.


Nada pido, el cielo me ha expulsado,

la tierra me ha perdido,

la nada me alienta a la renuncia.


Tras el engaño de la vida, el deceso.


Lancémonos de una vez

Arrojémonos, que no hay camino

Sumerjámonos, que no hay fondo

Explotemos por los aires

Libres de todo significado

Que ya no hay mundo.


Solo el reloj sin tiempo

Y el nombre, atomizado, sin rostro.