A propósito: ¿Qué hubiese dicho de las redes sociales Mc Luhan? Él escribió "el medio es el masaje" en los 60. El televisor era lo más revolucionario. Hoy la máquina virtual responde a otras necesidades. Cuando damos un like no estamos haciendo lo mismo que un zapping, aunque se trate solo de un movimiento de dedos. McLuhan se quedó atrás. Quizá William Gibson sea la respuesta...
martes, 10 de noviembre de 2015
lunes, 9 de noviembre de 2015
Sólo para fumadores
Ayer Hernán Rivera Letelier entrevistado en un canal de arte del cable, no recuerdo exactamente cuál, responde que uno de los libros que volvería a leer las veces que fuera necesario sería "Solo para fumadores" de Julio Ramón Ribeyro, precisamente porque no era una guía ni un manual para dejar de fumar, simplemente era una catarsis, la confesión cruda de un fumador empedernido. Decía así es como debe ser la literatura: una obsesión sobre una obsesión. Así, siguiendo la línea de Ribeyro, se podría escribir sobre casi cualquier cosa, obsesivamente, sin siquiera apelar a la odiosa moralidad.
El corazón en tus manos
Tarde anoche viendo uno de esos episodios de Mea Culpa. Era tenebrosa la atmósfera y la música. Sin embargo, los crímenes y los motivos parecían de lo más cotidiano. Quizá por eso mismo daban miedo. Se veía uno reflejado como si fuese de lo más miserable. El episodio de ayer: "El corazón en tus manos". Un tipo que luego de serle infiel a su esposa, comienza un romance con una cajera de supermercados. Arma todo un idilio, llegando a vivir una vida paralela. En su esfuerzo por hacer perdurar esa farsa amorosa gasta de los ahorros de su pareja y compra un departamento, roba un auto, se fuga a la playa, huye del compromiso como huyendo de la propia civilización, como a su vez huyendo de la obligación del amor. Pronto la cajera en su astucia lógica sospecha algo raro. Se aburre de la ambiguedad del tipo. Comienza a postergarlo. Sale con otro. La pareja del tipo se comunica con ella. Están de acuerdo en que el único equivocado de la historia es él. A su vez él mismo persigue a la cajera, celoso, confundido, y la liquida a vista y paciencia de todos. En calidad de comerciante, ella pedía algo que no podía darle: seguridad. A cambio de eso, el tipo mendiga una vida a través de la belleza de la amante. Le da la espalda al mundo. Su amor, o lo que él cree que es, resulta su coartada contra la realidad.
En la entrevista de Carlos Pinto, después de todo, lo que resulta más increíble es la tranquilidad del tipo luego de su crimen, luego de sepultar un proyecto de vida auto impuesto. Lo razona todo con la frialdad de un analista. Se abstrae pero muy en el fondo sigue más inmerso que nunca. La razón no alcanza a romper ese hielo. La razón no es suficiente, pero es necesaria. Es simplemente la careta para disimular un vacío. Los pedazos de un corazón ahora en manos de la ley. El amor como víctima y victimario. El crimen como máximo espectáculo.
domingo, 8 de noviembre de 2015
Porque sí
No hay para qué explicarle a nadie nada. Se escribe porque sí, porque la cama está demasiado helada, o precisamente para hallarse solo, porque el último remezón fue inesperado, o para hacer temblar, porque vivir nunca es suficiente, o para ensayar el próximo paso en falso, porque sí, solo porque sí...
jueves, 5 de noviembre de 2015
martes, 3 de noviembre de 2015
Leer y follar
Una vez un compañero de la u dijo respecto a la lectura en pdf: es como follar con condón, no se siente ese placer genuino de lo material, de tocar el objeto con las manos, de penetrar en cada textura, aroma y significante de la palabra. Pareciera que la pantalla te estuviese interrumpiendo, te protege de algo pero en su lugar te coarta. Hay que saberse contaminado por la lectura, por su implicancia física. De lo contrario, no se siente como algo real.
lunes, 2 de noviembre de 2015
Cuando se indaga en la vida de los autores que con tanto ahínco leíamos y llegábamos a admirar como en una teoría del espejo, como retrato de nuestros anhelos más recónditos o, por el contrario, más que a nosotros mismos, estrechamos ese velo de distancia que nos hacía creer que existía por la sola razón de haberse hecho de un nombre. Nuestros autores queridos acaban siendo una especie de compadres de los cuales no teníamos noticia, compañeros que bajo la ley de las palabras aman nuestra miseria. Estoy pensando por ejemplo en el desatendido poeta Pezoa Veliz, del cual una vez escribí un ensayo a propósito del aniversario de su muerte, sobre su trascendencia para la antipoesía y su cualidad autodidacta a pesar de la adversidad que, en el fondo, desarrollaba porque no le quedaba otra, no por una ambición ni una pose contracultural. Por otro lado, está Rodrigo Lira, el poeta kamikaze, incomprendido hasta el fin, sarcástico pero a la vez triste, brillante y explosivo como un balazo a discreción. El poeta Pavese, otro herido, con sus continuas problemáticas sentimentales. Se decía además de la poetisa Sylvia Plath (según relata David Markson) que antes de acabar con su vida en el horno de la casa preparó la comida para los niños que dormían durante la noche. A lo que voy con esto es que no hay nada más contraproducente que enseñar la obra como algo completamente ajeno a la circunstancia vital de quien la interpreta. Se corta esa conexión honesta entre distintos ombligos, unidos mediante el poder de la interpelación textual. Un alumno en la escuela, iniciado recién en estos avatares, no puede hacer la separación abstracta, teórica, tajante entre literatura y vida. Lo que lee debe primero sentirlo como una jugada en el patio de la casa, como discurso de sobremesa un domingo familiar, o, en última instancia, como aquella parte de su imaginación que le está recordando que la realidad está allí, debajo de la cama, en la vista a la ventana vecina, en la oscuridad a la vuelta de la cuadra. Lee en cierta medida como un acto de reconocimiento o de abandono de si mismo. No puede simplemente abstraer a la primera porque, en cambio, necesita hacer ese algo palpable: la propia vida en la de otro, o la de aquel otro que se cree solamente inscrito y enseñado de manera disciplinar, en otra hoja, en otro pedazo de celulosa entregado a la fuerza porque sí, porque es por su bien, muy a pesar suyo. Un nombre en el papel no le restará mortalidad, no le restará sangre al hecho de que aquel que alguna vez habló detrás de esas líneas también tuvo todo el rumor del mundo a cuestas, pagando el alquiler, removiendo los escombros de un camino prestado, sobreviviendo a los embates de siempre, el dinero, los sueños, el amor, repetidos lo suficiente para no volverse superficiales, y no caer en la vergüenza de una falsa idolatría. La diferencia estriba en enseñar ese punto de quiebre: del papel como supuesta garantía de trascendencia y la vida del dedo que la desplaza, simplemente vivo, porque a la larga estudiar y leer no son imprescindibles, aunque eso signifique postergar el tiempo que va pasando. Lo que importa es descreer de los ídolos, señalar ese lazo que une al primer y último hombre, porque todo acaba, tarde o temprano, porque nunca nada es suficiente. Entonces resta el recuerdo de que se tuvo algo que decir o, simplemente, el deseo mudo, intransferible, de haber querido vivir alguna maldita vez.
sábado, 31 de octubre de 2015
Me entero que uno de los principales colaboradores de la Feria del Libro de Santiago es la Compañía Manufacturera de Papeles y Cartones, empresa implicada en la famosa colusión del papel higiénico. Es inevitable la relación entre lo escatológico y lo literario. Entre el llamado acto cultural y el acto de remover la mierda del mundo.
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