La nueva novela de misterio policíaco chileno, el caso Fernanda Maciel, solo demuestra una vez más la vigencia de Edgar Allan Poe en el terreno de lo institucional y lo criminal. Desde TVN se preguntaron ¿Errores en el procedimiento o sofisticación en el asesinato? luego de atestiguar la excesiva demora en la investigación, específicamente, en la búsqueda de los restos de la chica. Carabineros en conjunto con la PDI habrían recorrido hasta cinco veces una bodega durante dieciséis meses, sin éxito alguno, y resultó que el cuerpo siempre estuvo enterrado dentro del perímetro del hogar. bajo dos metros de escombros, cemento y cal. Ninguna sofisticación tuvo lugar aquí; el error fue más bien en la perspectiva subjetiva del procedimiento. Analogando el caso de la joven Maciel con La carta robada de Poe, el victimario simplemente fue "más vivo" y escondió el cuerpo en aquel sitio a simple vista más evidente, pero totalmente a salvo del enfoque de la investigación. En otras palabras, tanto pacos como ratis cayeron en la misma trampa que cayó el prefecto en el cuento: no buscaron primero en la mente del oponente.
miércoles, 26 de junio de 2019
martes, 25 de junio de 2019
La imagen más hermosa de hoy Lunes: la de un perro culiando con una perra bajo la llovizna justo a la salida del instituto. Era un perro que había entrado furtivamente y se había guarecido del frío en el entremedio de la escalera que da hacia la oficina de la directora. Minutos antes, lo había echado de la sala, acaso sin otra justificación que su condición animal (en otras oportunidades, había pasado piola, contagiando ternura entre el alumnado). -¡¿Quién como él?!- comentaba un cabro al paso, entusiasta, mientras entraba a la clase, y veía cómo sus compañeras se mofaban de la escena.
"Yo llegué a la televisión no por haber vendido un palo, ni por un terremoto, ni tampoco por caerme en bicicleta o porque se muriera mi pájaro, sino que llegué para transmitir momentos históricos de nuestra nación, la forma de hacerla progresar y una verdadera alternativa patriótica para Chile“. Jorge Rivas,el Niño poeta.
viernes, 21 de junio de 2019
Un colega en la oficina comentó que en su colegio le habían suspendido las clases por motivo de una feria vocacional. Lo contaba con la satisfacción de quien solo cuenta los días para entrar a vacaciones y hace campaña para sacar la vuelta y dilatar lo más posible la pega. -Puta qué relajante, voy a ver si me dedico a organizar más ferias vocacionales, hay que preocuparse por el futuro de los alumnos-, explicaba el colega, muy distendido, describiendo sin tapujo el placer proporcionado por la anécdota. La secretaria lo miraba y reía de forma un tanto forzada, tratando de comprender el placer que provenía de tamaña gracia. Seguía de ese modo el colega ilustrando el contexto pre vacaciones en su colegio, agregando que en la sala de profes ya comenzaban a planear incluso los panoramas de fin de año. Habló de paseos de curso, de cooperaciones, de tesorería. Destinos preferidos: Rosa Agustina, Ritoque, su asado en la casa del UTP. En ninguno se mencionaba la inclusión de los estudiantes. El cuadro quedaba hecho. Todo apuntaba a celebrar el término del martirio. Un par de alumnos entraban a la sala antes de comenzar el segundo tiempo. Habían escuchado de improviso el asueto discursivo del profesor. A juzgar por la tranquilidad de sus rostros, no podían estar más de acuerdo. Parece ser que el deseo más profundo de profesores y alumnos es que todo se acabe de una vez, sin condiciones. Al menos en eso sí existe un genuino punto de correspondencia; pero, por supuesto, ninguna de las partes lo admitirá abiertamente, para así poder continuar con la farsa.
martes, 18 de junio de 2019
Durante la tarde ayer un par de alumnas me llamó para ir a sus puestos. Querían contarme algo. Me confesaron que un hombre extraño las había perseguido a la salida, desde el instituto en la esquina de la plaza hasta llegar prácticamente al terminal La Ligua. Dijeron haberse sentido muy asustadas. Solo atinaron a entrar al terminal y sentarse donde había harta gente esperando buses. Tanto fue el asedio que, según una de ellas, el hombre esperó y se fue a sentar justo al lado, disimulando que esperaba alguna micro. Tuvo que llegar el bus que ellas tomarían para recién poder respirar tranquilas, aguardando al sujeto a lo lejos, mientras permanecía en el terminal y se devolvía hacia paradero desconocido. La contaban como una anécdota más, pero rememorando la tensión vivida en esos momentos. Explicaron que nunca habían vivido algo similar, cuestión que las preocupó sobremanera. A su vez, les conté que nunca unas alumnas me habían confesado un hecho tan delicado y de tales características. Solo atiné a recomendarles que, cuando sucediera eso, se alejaran lo más posible y frecuentaran algún lugar público, repleto de gente, evitando rincones y pasajes oscuros. No quise mencionar la palabra denuncia, porque supe que era un consejo al uso, y que significaría lidiar con la siempre ineficaz burocracia investigativa. Para qué molestarse con eso. Así que únicamente me limité a darles alguna indicación práctica, ya que su confesión denotaba un objetivo más bien catártico. Querían, en cierta forma, desahogarse, expresar el malestar experimentado. Y yo, por un lado, quería ofrecerles la seguridad que de un profesor se espera; aunque, por otro, en mi fuero interno, simplemente deseaba seguir escuchando con lujo de detalles ese escabroso suceso, traumático pero repleto de una intriga potencial, de una morbosa línea argumental.
lunes, 17 de junio de 2019
El otro miércoles una alumna preguntó si Pedro Páramo era un papito corazón. Le respondí que era una analogía inaudita pero factible. Al cachar la asociación, la alumna hizo un gesto comparable al de una de las hermanitas que miran al rostro pálido y sin expresión de su viejo en el cuento El padre de Raymond Carver. Luego, siguió haciendo lo que estaba haciendo con ánimo desenfadado, hasta cierto punto, huérfano.
sábado, 15 de junio de 2019
Influenza
"¿Ya se vacunó contra la Influenza, profe?", me preguntaba hoy una alumna. No había caído en la cuenta sobre el impacto del bicho por estos lados, hasta entrar en la clase de la mañana. No miento. Fue cosa de abrir la puerta con los cabros adentro, y se sintió como el ambiente pesado. La propia alumna de la pregunta se levantó a abrir la puerta para ventilar la sala. También se había dado cuenta de esa sugestión en el ambiente. La alumna, con vocación de enfermera, le advertía a las demás y, de paso, a su profesor, que se vacunasen cuanto antes. Sin más, señaló que yo estaba en "factor de riesgo" por lidiar con tanta gente durante la semana. Y no era chiste. Entre tanto viaje en bus, y jaleo de aula en aula, el mal virus podía pillarte volando bajo, sometiéndote en un descuido. Fui con esa idea en mente al Cesfam más cercano para cumplir con la advertencia de la chica; pero resultó que se habían acabado las dosis de las vacunas, y no las iban a reponer hasta mañana. Volví entonces al plan, con la bala pasada, para tomar la locomoción que me llevaría a la clase de la tarde. Arriba del bus regresaban los síntomas de aquella odiosa sugestión. Vidrios empañados. Una señora que tosía como perro. Algo como azumagado en el interior. De pronto, al sentarme junto a la ventana me empecé a sentir débil. Dolor de guata. La cabeza un tanto abombada. Pies congelados ¿Habrá sido el virus? dije entre mí. Y, de ese modo, conforme más me pasaba películas en torno a un incipiente contagio, el cuerpo se ponía más tenso, y la guata y la cabeza pateaban más fuerte, hasta que intenté echarme sobre el respaldo del asiento a ver si así se me pasaba. Todo parecía indicar que algo había pululando, pero se manifestaba primero en forma de bicho psicológico. Era cosa de mirar afuera: un ensimismamiento inusual, una convalecencia penitente, ante la cual los transeúntes calculan y cuidan cada paso, temiendo agarrarse con aquel enemigo invisible a la vuelta de la esquina, aquel microorganismo vengador, influyendo hasta en la delicada conciencia del hipocondríaco.
miércoles, 12 de junio de 2019
El sueño de la otra noche. Se trataba de una joven poeta recitando encima de un piano. Era dentro de una especie de salón de honor. A su lectura asistían académicos y uno que otro aspirante. De repente, durante su presentación, se puso a tocar un fragmento irreproducible de alguna pieza clásica, seguramente Vivaldi, o una mezcla rara de ELP. Conforme la música avanzaba, a tientas, de forma errática, todos en el salón se iban esfumando lentamente, como si con las notas pasasen a un estado sutil. Yo mismo sufría el mismo fenómeno, preso del éxtasis de esa desaparición. Esa parte del sueño a su vez desaparecía. Luego, me encontraba en las afueras de aquel ostentoso edificio donde había sucedido la presentación, y, bajo lo que parecía la pista elevada de Av Argentina, donde se suelen colocar carpas, una chica estaba sentada en el suelo, tapada con un andrajo. No, no era la de la performance, aunque se asemejaba mucho, y la asociación se volvía inevitable. Al verme pasar, se incorporó lentamente y sacó de entre un agujero en una columna un objeto cubierto con una tela. Lo recibí y al sacar la cubierta descubrí que el objeto era una espada, una vieja espada corroída. En ese punto ya no recuerdo si me la llevé o la chica la reclamó de vuelta para guardarla como su tesoro invaluable, pero al dejar el lugar habían escritas unas leyendas con tiza en el suelo. En ellas, figuraba la firma "Infanta".
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