jueves, 4 de enero de 2018

Es consabida la anécdota de que Albert Camus murió un día como hoy en un accidente vehicular cerca de Villeblevin, días después de que mencionase que no conoce nada más absurdo que morir en un accidente de auto, a raíz de la supuesta muerte del ciclista Fausto Coppi en estas circunstancias. Sin embargo, las cuestiones que no se cuentan sobre la anécdota son las siguientes: 

1.- La prensa habría publicado por error la causa de la muerte de Fausto Coppi un 2 de Enero, en medio de otros rumores. Camus habría leído esa noticia el 3 de Enero, creyendo que esa había sido su muerte real, y aduciendo el absurdo del hecho a que "un ciclista muriera en un vehículo de cuatro ruedas".

2.- El vehículo no lo conducía Camus, sino que un amigo suyo, Michel Gallimard. Camus iba a viajar en un principio con su familia en tren hacia París, luego de pasar la navidad con la familia de Gallimard, pero en el último momento decidió viajar en el Facel Vega de su amigo. Camus fue el único que murió de manera instantánea en el accidente. Gallimard murió 5 días después en un hospital, producto de las heridas. Su esposa e hija salieron ilesas.

3.- René Char, amigo íntimo de Camus, se encontraba también entre los que iban a abordar el vehículo de Gallimard, pero decidió finalmente viajar en tren.

4.- Por un tiempo corrió el rumor de que la KGB había provocado el accidente de Camus, en venganza por un artículo que él publicó, donde responsabilizaba al canciller soviético Dmitri Shepílov de la represión de 1956 en Hungría.

5- El perro de Gallimard, que iba a bordo del Facel Vega, desapareció luego del accidente.

6.- Un día como hoy, el mismo de la muerte de Camus, Keith Moon, de The Who, atropelló por error a su amigo, conductor y guardaespaldas Neil Boland, en las afueras de un pub de Hatfield. Pese a ser liberado de la responsabilidad del accidente, dicen que Keith Monn nunca logró recobrar el alivio de su conciencia.
Entrevista de trabajo. Hora de mentir nuevamente. Hora de volver a sacar la máscara del maestro, y adoptar una postura correcta y genuflexa. Todo sea por las lucas.

miércoles, 3 de enero de 2018

"Todo Estados Unidos está al alcance de nuestras armas nucleares y hay un botón nuclear que siempre está en mi escritorio. Esta es la realidad, no una amenaza". Kim Jong Un

"¿Podrá alguien de ese debilitado y famélico régimen por favor informarle que yo también tengo un botón nuclear, que es mucho más grande y más poderoso que el suyo? y ¡mi botón funciona!". Donald Trump.

Al mundo no le queda claro quién ganaría el gallito nuclear. Los dichos de Jack Ripper en la película Dr Strangelove de Kubrick vienen como anillo al dedo: "En caso de duda, disparen primero y pregunten después".

Crocodile

Como me temía, el último sueño tenía relación con un episodio de la cuarta temporada de Black Mirror. Se sucedía una especie de cámara, dentro de un alrededor opaco, confuso, en el que se proyectaban algunos recuerdos aleatorios, tal cual ocurría en el episodio Crocodile. Detrás de esa cámara el tiempo no pasaba. Era un yo viejo. Proyectaba un escenario idílico en alguna parte austral. A continuación, una seguidilla de imágenes que daban cuenta de salidas nocturnas. Ninguna lograba distinguirse de la otra. 

Ya pasada esa serie, la visual miraba hacia el exterior desde una ventana en una habitación desconocida. Iba atardeciendo o amaneciendo, no podía saberse. Alguien estaba ahí adentro, acompañando la ocasión, o alguien venía en camino. Tampoco podía saberse. Lo único que sí podía reconocer era la creciente oscilación de la cámara de los recuerdos. Ninguno era del todo significativo, ni demasiado gráfico, pero sí lo bastante numeroso como para inducir al estupor. 

Conforme los recuerdos se hacían difusos, y la cámara se desconectaba, crecía el sentimiento de angustia. A medida que eso sucedía, se dejaba escuchar de lejos, quizá afuera o en la habitación próxima, el tema Mentira de La Ley. Al despertar, de manera abrupta, la pantalla junto al respaldo de la cama dejaba ver la página de Netflix, habiendo proyectado toda la cuarta temporada de Black Mirror, con un notorio mensaje de error al final de la reproducción. Un tímido haz de luz se colaba por entre la ventana, iluminando el error virtual.

martes, 2 de enero de 2018

El periodista yanqui David Rohde narra en una serie de libros sobre su secuestro por parte de los talibanes, que durante su cautiverio los captores le pedían que entonara She loves you de los Beatles, mientras algunos de ellos hacían los coros.

Mindhunter



“¿El asesino nace o se hace?”, “¿Será posible prevenir la conducta delictual de un sujeto solo conociendo su psicología?”. Estas interrogantes constituyen la base sobre la cual actúa el agente Holden Ford en la serie Mindhunter de David Fincher, junto a su compañero veterano Bill Tench. La trama policiaca se va desplegando en forma de una suerte de intervención detectivesca en la cual el entusiasta agente Ford quiere poner en práctica su ejercicio teórico: el por qué los criminales hacen lo que hacen. Su impronta idealista y su propósito intelectual se hallan reñidos en un principio con los fundamentos del FBI. El resto de sus miembros no entienden la lógica del agente, y temen que su proyecto acabe confundiendo los procedimientos básicos de una institución a ratos demasiado burocrática, y solo empecinada en perseguir a sus criminales e inculparlos sobre la base del hecho de sangre. La serie así aborda este conflicto enfrentando a los agentes Ford y Tench directamente con los asesinos en la cárcel, bajo su propio orden y discurso . Se les entrevista con tal de conocer su versión sobre el crimen, y en lo posible dilucidar el trasfondo hasta llegar a un análisis más profundo sobre los factores o razones que lo precipitaron. Pero he ahí justamente el ardid: cómo acceder a la mente de los criminales sin verse tocado en el intento, cómo lidiar con los distintos caracteres sin ver vulnerado cierto límite moral y legal. 

Mindhunter apuesta a un estudio de campo sobre la teoría del crimen. Sus personajes se prueban constantemente a sí mismos franqueando el frágil horizonte entre el proceso institucional de la policía, la voluntad investigativa de sus agentes y la agudeza mental de sus criminales. La cuestión en la serie es por qué ellos hacen lo que hacen, y en parte, por qué la policía actúa como actúa. Por ello es que el agente Ford se vale de un marco teórico que le servirá como saber de contrabando, con tal de ampliar la limitada perspectiva del poder federal. Su novia Debbie, estudiante de sociología, lo introduce en Emile Durkheim y lo conmina a leer sobre la teoría de la desviación, en el cómo la conducta desviada puede ser juzgada de manera arbitraria dependiendo de las normas establecidas por la sociedad, de modo que el límite entre lo prohibido y lo permitido puede a su vez ser un motivo convencional, y la definición de crimen, una definición puesta a prueba de acuerdo al resultado y el punto de vista. Un punto característico que le da el preciso toque Fincher a esta indagación es que, a pesar de constituir un ejercicio intelectual al servicio de estrategias policiales, no se vuelve una cuestión inmune ni mucho menos abstracta: los agentes se involucran con los criminales y por eso deben pagar el alto precio de la degradación psicológica. No pueden mirar al rostro impertérrito del criminal sin antes ver reflejada en su propia faz el terror del vacío interior, aquel en el que se desata el propio vértigo ante la opacidad del mundo y de la mente. Producto de su obsesión, por ejemplo, Holden parece objetivo, científico, hasta frío, pero no puede evitar adoptar un rasgo creciente de narcisismo ególatra que lo lleva a sacrificar todo (su reputación, su credibilidad institucional, su propia situación existencial) con tal de llegar hasta el fin con su peligroso estudio de la mente criminal. No puede evitar –digámoslo, con todas sus letras- volverse paulatinamente un psicópata dentro de su criterio implacable. Así mismo, su contraparte, el agente Tench, más apegado a las reglas, no puede seguir lidiando con las audacias de su compañero, entrampado también por su propia circunstancia vital. Por otro lado, la tercera agente del grupo, la psicóloga Wendy Carr, tiene que tratar de conciliar la osadía de Holden con la experiencia de Tench, dándole el matiz profesional y académico a la investigación, procurando que sea articulada siempre dentro de los márgenes de la institucionalidad. Aún así, sabemos que el costo de llevar a cabo esa empresa es demasiado grande, y siempre, entre sus grietas, salen a la luz los propios miedos y demonios de los involucrados, en constante pugna por no perder el hilo que separa su noción de la locura con la de la razón convencional y su estrecha relación con el ámbito de la ley. 

Dentro de los dilemas epistemológicos de los cazadores de la mente, entra además en juego la teoría sobre las máscaras de Erving Goffman. La novia de Ford, Debbie, en este punto, lejos de ser un personaje pasivo, y de constituir solo el sostén emocional del agente, juega un rol activo en el desarrollo de su aparataje simbólico e incluso en la evolución de su psicología, desafiando sus prerrogativas con el propio mecanismo del deseo. Resulta que el enfoque de Goffman, estudiado por Debbie, se proyecta sobre el rol de la persona en la vida cotidiana como una máscara. Cada persona adoptaría distintos roles en su biografía tal cual si fuese una obra de teatro. Para Debbie, según su lectura de Goffman, la propia sociedad sería una obra de teatro en la cual sus individuos asumen distintos roles. El peligro o el quid del asunto está en qué medida esos roles pueden asumirse como únicos, genuinos o mutables. Ford construye su propia máscara, la máscara del detective que a riesgo de profundizar en el interior de los sujetos de estudio puede acabar poseído por sus vacilaciones. Y vemos que Fincher lleva al extremo las consecuencias de este enmascaramiento, cuando el agente acaba de forma inconciente adoptando el cariz de la desadaptación. Fincher con sus cazadores de la mente nos muestra que todo intento por categorizar la naturaleza humana desde el espíritu científico siempre será insuficiente, y que llevar a cabo la aventura del descubrimiento del otro implica por sobre todo un precipitado auto descubrimiento. Que la consabida moral del mundo se consolida a fin de cuentas dentro de un sutil juego de mascaras, unas más terribles que otras. El espacio que las distingue no sería otro que el de la psiquis, siempre oscura, infranqueable, un verdadero Moby Dick que se mueve siempre allende el naufragio de la realidad.

lunes, 1 de enero de 2018

Los parabienes de la gente después de la fiesta ¿simple protocolo rutinario producto de una euforia colectiva? ¿o acto genuino de amabilidad espontánea? Si uno pensase "mal" o fuese realista, diría que la mayoría de los casos corresponde a la primera posibilidad. Pero no deja de ser intrigante el efecto que puede tener una simple frase de año nuevo sobre el aludido. Por ejemplo, un caballero ayer, luego de desear que "nos vaiga bien a todos", no paraba de repetir que además hubiese salud y pega durante el año. El caballero, sin embargo, olvidó mencionar la palabra amor dentro de la fórmula. Hubiera sido así la tríada típica de los deseos. Por alguna razón, esa palabra no fue mencionada, más allá del lapsus o el olvido. Debe ser una señal, o tan solo una omisión involuntaria que no tiene que ver con nada significativo, al menos que así se quiera, de corazón.
Danza de lámparas chinas, globos de los deseos, anoche en Muelle barón, para la víspera de año nuevo. No había cachado que esa costumbre se había popularizado tanto para estas fechas. Cuando veía los fuegos desde el cerro, a lo más eran los petardos, los cotillones y serpentinas en spray, tirados sin otro propósito que la festividad al uso. Se había armado una verdadera batahola en torno a los globos en el cielo. Algunos llegaban tan alto que se confundían con las bengalas. Otros caían irremediablemente al agua cual dirigibles sin dirección. Se supone que todo el misticismo en torno a la figurita del globo ascendente con una llama dentro viene del Oriente, y el significado resulta tan maleable que ya cualquiera por estos lares puede darle el sentido que se le antoje, de acuerdo a su humor o a su expectativa de temporada. No quedaba claro entonces si la gente arrojaba los globos al aire para cumplir sus deseos o para ahuyentar los problemas durante el año entrante. Si el hecho de la ascensión involucraba una suerte de manda espiritual, o si involucraba una especie de sublimación psicológica. Como fuese, la gente no paraba de arrojar a la intemperie esos modestos globos de papel de seda con llama hechiza, a veces hasta con ánimo competitivo, confundiendo el exótico ritual con una catársis del inconciente colectivo. Los globos que no remontaban el vuelo vacilaban con el viento encima de los sujetos sobre los roqueríos, amenazando con quemarlos. Estos, viéndose en un atado, intentaban impulsar los globos que iban a ras de tierra. Pocos alcanzaban la altura de los globos más elevados. Los más, se daban vueltas erráticas alrededor de la costa hasta acabar sobre el monolito de los lobos marinos o encima de la misma gente que había intentado impulsarlos. Eran esos, tal vez, los globos de los deseos traicioneros, de los deseos que se les devuelven a sus usuarios, buscando quemarlos en el proceso. Eran la mayoría. Los otros seguían arriba hasta mezclarse completamente con la oscuridad de la noche y la distancia de las estrellas. Llegado a un punto, los globos representaban el eco de su antigua función militar. Los menos alcanzaban a llevar la luz que señalizara la continuación de la guerra. Los más, arrastraban su luz de forma tenue intuyendo una derrota o un error de por vida. La víspera de año nuevo, así, se volvía el campo de batalla en el cual los deseos de la masa se ponían a prueba. Todos ellos, eso sí, tenían prácticamente un destino similar: acabar apagados, tarde o temprano, más cerca o más lejos del borde costero, una vez terminado el carnaval

sábado, 30 de diciembre de 2017

Dean Reed, el Gringo Rojo




Ayer en el recién inagurado teatro Juan Bustos Ramírez de Quilpué, ex Velarde, fuimos con un amigo y Laura Yanez a ver el documental sobre Dean Reed, más conocido en su tiempo como El Gringo Rojo. Había escuchado su nombre antes, de parte de mis abuelos, pero nunca había siquiera intuido su relevancia, el hecho de que pasase de ser una especie de segundo Elvis a un cantante en la línea de Bob Dylan con toques de Victor Jara, en un período especialmente álgido para Chile y el mundo. Según el documental, Dean Reed, durante su paso por el país, ya se había declarado marxista, y había simpatizado con la causa social latinoamericana. De ahí lo de “rojo”. En una incluso había felicitado personalmente a Allende al ser electo presidente. Sus canciones habían sido exitosas del otro lado de la llamada Cortina de Hierro, como la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y la Alemania oriental, junto con los países latinoamericanos que vivían el proceso de la Revolución. No así en Estados Unidos, donde no tuvo éxito. Fue en parte por su fracaso musical que Dean Reed hizo posteriormente su carrera a lo largo de Latinoamérica y en todos los países de la órbita comunista, influido por su creciente politización. Así el Gringo Rojo iba dejando poco a poco ese pasado rocanrolero e iba abandonando a sus compañeros de la nueva ola para codearse con las personalidades de la izquierda. El documental destacaba uno de los momentos más polémicos de su carrera, aquel en que Dean, como un acto de apoyo al gobierno de Allende, lavó la bandera de Estados Unidos frente a la embajada de su propio país en Chile. Fue en ese momento, según el cineasta Miguel Ángel Vidaurre, que le invadió la idea de hacer algo sobre la figura del Gringo. Se había enterado del hecho en un taxi y sonando de fondo Our summer romance.

Años más tarde, después del golpe militar, el sueño del socialismo en Chile se vio truncado, así como el sueño revolucionario de la estrella del pop. Al Gringo rojo no le quedó otra que radicarse en el extranjero, en Berlín Oriental. Allí tuvo en mente la idea de realizar una película en homenaje a la figura de Victor Jara, según sus propios dichos, el único latinoamericano "rebelde del Rock & Roll". La película fue un desastre. Un simulacro en el que búlgaros hacían de chilenos, gritando consignas en alemán y el propio Reed hacía de Victor Jara pero con un estilo a lo Elvis. Un espectáculo decadente que había provocado la indignación de los más cercanos al cantautor. De hecho, para la propia viuda de Victor Jara, la película solo se trataba de “Dean Reed haciendo la revolución solo”. Luego de aquel rotundo fracaso, el Gringo volvía a Chile en los años ochenta para sumarse a la causa social. Alcanzó a tocar en dos lugares icónicos de la abolida Unidad Popular: el Pedagógico y el mineral El Teniente. Además alcanzó a cantar una versión e interpretación propia del himno "Venceremos”. Debido a esto, y a su constante espíritu de revuelta, el Gringo finalmente fue expulsado del país. Era el exilio definitivo. La última vez que Reed volvería a pisar Chile. 

Nuevamente radicado en el Berlín oriental, Reed seguía con su faceta de cantautor revolucionario, y con sus proyectos cinematográficos. Pero fue en el año 86 que todo tomó un vuelco trágico. Reed había sido encontrado muerto, con su cuerpo flotando en el lago Zeuthner See, al sur de Berlín. El caso quedó cerrado luego de un largo tiempo, clasificando la muerte del Gringo como simplemente “accidental”. Incluso se había barajado la tesis del suicidio, producto de una ruptura amorosa, versión que, sin embargo, para muchos, sigue sonando dudosa. Una muerte en extrañas circunstancias, como un ídolo del rock and roll, y a su vez, también, como un promotor de la revolución. El amigo, después de ver el documental, decía que la incertidumbre sobre su muerte se podría equiparar a la del club de los 27. Laura reafirmaba la idea de que tal vez Reed haya sido un agente encubierto de la CIA que luego, en un dejo de sensibilidad, acabó convirtiéndose a la causa socialista, motivo por el cual habría sido eliminado. El amigo decía que si bien eso sonaba a una teoría conspirativa, podría perfectamente haber sido una posibilidad, tal como el caso de Timothy Leary, de quien también se dice que pudo haber sido un agente secreto que reveló al mundo el potencial del LSD y, por ende, el potencial de la psicodelia. En suma, tenemos en Dean Reed, el Gringo Rojo, otro ícono caído de la contracultura, un ícono a ratos ingenuo, pero a ratos audaz, abrazando el concepto utópico de la igualdad y la justicia entre sus pasos rocambolescos.

Se sucedían tres escenas de forma paulatina en el sueño de anoche. En una tenía sexo con una conocida. Un sexo desenfrenado, hasta sofocante, sin palabras. Todo se dejaba expresar entre vaivenes y fluidos. La diversión era en una habitación de madera. Desde la ventana se desprendía un extraño gas de evaporación. La cuestión duró más o menos lo que duraba una película porno amateur, pero todo se sentía demasiado fugaz, incandescente, como el proceso de una estrella agónica. De repente, la mirada se vuelca hacia otra escena. Un pequeño agujero hacia el exterior dejaba entrever que se desataba una suerte de exilio o guerra civil. La calle tenía mucho parecido con el plan de Valparaíso. En específico, Rawson. Toda la gente iba hacia el mercado, huyendo de algo o viajando hacia alguna parte, abandonando el lugar. El cielo era nublado y la sensación era la de estar en los años ochenta. Mientras observaba al gentío huir o viajar, se oían ruidos dentro del agujero, ruidos de algunos agentes desconocidos que intentaban forzar la entrada. En eso la escena se difumina, junto con el pequeño espacio de voyerista, y se conforma otro ambiente, esta vez en la intemperie. Un páramo inclinado, que tenía la forma de algún cerro del interior. Solo unas pocas casas rústicas se dejaban ver a lo largo y ancho del terreno. De repente aparece un gentío bajando en caravana hacia el plan de la ciudad. La huida en sentido inverso era hacia la costa. La amenaza al parecer venía desde el cielo o el destino era hacia el fondo. Un sentimiento apocalíptico lo invadía todo. Siendo arrastrado por el gentío, llego casi hacia la última calle antes de la orilla, y se sucede otra escena. En ella continúo en la habitación, llena de inscripciones ilegibles en las paredes. Desde la puerta entreabierta se alcanzaba a ver lo que parecía una reunión, no recuerdo si de amigos o de visitas. Hablaban de algo seguramente importante, o tan solo de algo anodino para reforzar una camaradería oculta. Acudo hacia la reunión, temiendo que en ella me encontrase con alguien indeseable. Ahí estaba sentada al parecer la mujer del principio, sonriente, complaciente, y más al frente, junto con otros, una suerte de agente, debatiendo un discurso incomprensible, y con la pinta de algún militante o simplemente de algún agitador social. La invitación era abierta. El agente agarraba una silla vacía y la colocaba cerca del borde. En el momento que formo parte de la reunión, y la discusión se va agotando de manera abrupta, el sueño acaba.