Nada de lo que queramos para el año siguiente, de todo corazón, cambiará el hecho de que el Universo seguirá su curso indiferente y que la realidad continuará desmintiendo cada una de nuestras expectativas, dejándonos estupefactos y en un indefinido ciclo de acciones y consecuencias. Pero no hay que desanimarse por eso. No hay que ser aguafiestas pretendiendo inteligencia. Resulta más coherente y rentable, al final de la jornada, celebrar el simple hecho de aparecer y pulular sobre el mundo, brindando por un año más o un año menos, según nuestra diminuta perspectiva vital, implorando a los astros que todo cambie de acuerdo a nuestra voluntad, como si eso fuese realmente posible. En la fe que existe y su inevitable negación se encontrará, cuando llegue la hora, el mayor divertimento, el alma de la noche. Entonces solo quedará abrazar el absurdo de la vida, mientras la muerte, bélica y festiva, continúa haciendo de las suyas, planeando un mejor final para nuestros invitados.
sábado, 31 de diciembre de 2016
viernes, 30 de diciembre de 2016
Último día
Último día. Llamo al instituto por el pago. Me responde secretaria nueva. Me señala que envió el jueves un correo con los detalles de la remuneración. Reviso el correo atrasado, con la mirada entreabierta por la mañana, producto de la caña de la noche anterior. Voy al instituto entonces a entregar el resumen de las planificaciones del año, garantía de pago íntegro, dado que Diciembre no se trabajó. Lo curioso es que no hice aquel resumen durante todo este tiempo, salvo en la mañana cuando debía entregarlo y recibir el sueldo correspondiente. La sombra de la procrastinación persiste. Al terminar el tiempo contractual, todo parece dilatarse, para acabar en un contrapunto inesperado. La dispersión recobra terreno, la obligación toma un atajo. Muchas cosas cambian sin siquiera advertirlo. Lo que no se estipula en el contrato persiste escondido. La vida misma en sociedad, lo que yo llamaría el contrato oculto. El contrato tácito. La secretaria, previsora, se percata del hecho, y me entrega el resumen de otro profesor como modelo. Es fin de año, relájese, parecía decir. En cuanto llega la Utp, se le entrega el resumen. Pregunta si recibí el cheque. Apura para que vaya a cobrarlo. En el detalle del contrato literal sale que mis servicios son considerados para el próximo año. En el camino a cobrar el cheque, sin embargo, el contrato oculto se manifiesta. La Utp llama de vuelta. Al parecer requiere mi presencia para un asunto pendiente, particular. La Utp acaba diciendo "Usted sabe muy bien el motivo". Se despide con un felices fiestas. Le devuelvo también las felicitaciones de rigor. El motivo de aquella reunión extraordinaria, entonces, se vuelve tácito. Queda la interrogante instalada. Lo que no está escrito se hace notar. Aun así, cuelgo con la conciencia tranquila, con la única certeza de que el año lectivo se cierra, ofreciendo más preguntas que respuestas.
Otro suicida en el Costanera Center. Los titulares son kafkianos. "El mall retoma sus funciones con total normalidad". La indignación de la gente no se hace esperar. La crítica sobre la frialdad de la operación, sobre la indiferencia del consumidor medio, sobre la falta de humanidad del personal. Por un sentido ético, de empatía, el Mall debería ser suspendido por motivo de duelo. Sin embargo, esto no ocurrirá. La maquinaria del mercado es demasiado grande. Devora hasta el más arraigado sentido común. Crea su propio sentido de acuerdo a la oferta y demanda. Un sentido eminentemente comercial. Más allá de la discusión moralista. Un suicida más, un suicida menos. Para los grandes interesados, solo un número, una cifra. Una cuestión cuantitativa. Jamás cualitativa. La palabra humano, bajo su ley, solo cuenta como recurso.
jueves, 29 de diciembre de 2016
La muerte inexorable obra de formas misteriosas. Para todos tiene su tiempo y su espacio. Su nicho fúnebre. Su réquiem. Este año decidió llevarse a ídolos de la música y del cine. Acaso sin lógica ni explicación, sino que por un puro capricho de eso que llaman destino. Lo que duele sin duda no es la muerte misma, sino que la ausencia de nuestros ídolos, su partida definitiva, su inevitable desaparición. El saber que habitarán solamente en la memoria como una sombra de nosotros mismos. Una sombra más o menos presente. Así no solo recordamos a nuestros muertos por admiración, también recordamos lo que alguna vez fue nuestra propia vida. El reflejo de nuestra propia caducidad.
miércoles, 28 de diciembre de 2016
La devoción férrea por el trabajo tiene en realidad un origen religioso. De acuerdo a Max Weber dataría del calvinismo, que planteaba que la salvación del individuo venía predestinada por mandato divino, pero como era imposible saberlo, solo restaba el trabajo duro y la necesidad de éxito como garantía. Nuestros padres nos han inculcado esta necesidad, con la mejor de las intenciones, pero inconcientemente, desconociendo su raíz eminentemente protestante. Por eso entiendo a los que se enorgullecen de su trabajo duro solo bajo la óptica de su creencia particular. No los culpo. Solo molestan cuando tratan de enarbolar el trabajo por el trabajo como regla universal. Para los que no creen en esa vieja concepción calvinista solo les resta el ocio a lo griego. No el ocio malentendido como antónimo de diligencia (virtud cristiana) sino que el ocio como el tiempo libre reservado a las cosas del espíritu. O, por lo menos, a las cosas gratuitas, libres de contrato laboral.
Vera Rubin y la materia oscura
Para rematar el año fatídico, también ha muerto la astrónoma descubridora de la materia oscura, Vera Rubin. Se dice que la materia oscura como concepto astrofísico conforma casi una cuarta parte del universo. De acuerdo a Rubin, entonces, todo cuanto rodea el cosmos se hallaría movido por esa energía oscura. La sola inestabilidad en el movimiento de las galaxias confirmaría su hipótesis. Lo que llevó a pensar que las leyes de Newton tenían también su margen de entropía. La muerte de Rubin y la existencia de la materia oscura nos recuerdan que el conocimiento científico se alimenta precisamente del error. Que no existe una verdad irrefutable, sino que una cadena de yerros y de aciertos.
Corolario científico: La materia oscura es lo que conforma e impulsa al universo. La muerte de la astrónoma formaría también parte de su propia hipótesis.
lunes, 26 de diciembre de 2016
El filme secreto
En la siesta de la tarde soñé que conversábamos con una amiga sobre el viaje a la Luna. El quid del asunto se relacionaba con el cuestionamiento sobre la veracidad del viaje. Se hablaba sobre Kubrick y la teoría conspiranoica de que él literalmente montó el viaje financiado por la CIA en el contexto de la Guerra Fría. Recordé el episodio de The man in the high castle en que Juliana descubre el verdadero contenido del filme que cree proteger. El filme en que se mostraba nada menos que una verdad histórica, entremezclada con la propia trama, ficción dentro de la ficción. El sueño con la amiga era quizá un episodio evocado después de ver la propia serie y desfallecer sobre la cama. Una fábula contada por contigüidad entre sueño y vigilia, acaso una misma cosa en lo que atañe a la ficción. Lo impactante es que dentro del sueño aquella amiga desaparecía. Y la conversación tomaba lugar en una plaza sin nombre, difusa, con algunos elementos de la vida real. En el episodio de The man in the high castle, Juliana acaba desconfiando del contenido del filme. Comienza a creer en el agente encubierto que la amaba. Dentro de su ficción la historia podía tomar otro giro distinto al de la película secreta. Su potencial subversivo solo se hallaba en su calidad de representación. No en lo que celosamente escondía como supuesto hecho irrevocable. Ni el viaje a la luna que era motivo de nuestro encuentro, ni el supuesto fin de los aliados en la película, eran la verdad pura. Ni tampoco una ficción definitiva. Se hablaba sobre nuestra propia proyección interior. La proyección de nuestros deseos cautivos y latentes. Capa sobre capa, vida sobre sueño, como Segismundo en su remota torre perdida. En el sueño, aquella amiga desaparecida, al contrario que Juliana en el episodio de la serie, no revelaba nada respecto a nuestro tema de conversación, ni mucho menos sobre nosotros. Lo cierto es que nuestra existencia en esa realidad colapsaba, quedando solo la cifra de las palabras. Lo único que me queda de ella. Lo único que nos queda de los otros, al fin y al cabo. La verdad, de ese modo, no se halla escondida en un filme ni camuflada bajo una ensoñación, se halla finalmente en quien tiene el poder de proyectarla en un visionado, en quien pueda volverla una barricada contra el inminente desorden del mundo.
sábado, 24 de diciembre de 2016
Según cuenta una crítica popular la figura actual del viejo pascuero viene dada por un asunto corporativo. En resumidas cuentas, fue nada menos que Coca Cola la que habría inventado al célebre viejo, vistiéndolo con los colores propios de su producto. Hay otra anécdota, sin embargo, más literaria, que remite el origen del viejo y su definición contemporánea a un poema anónimo escrito a comienzos del siglo XIX, llamado "Una visita de San Nicolás", y que se cree fue escrito por un profesor americano: Clement Clarke Moore. Como sea, el punto es que la Navidad está poblada de personajes ficticios, personajes que no se sabe si son versiones de algo real o simplemente representaciones de algún mito o creencia perdida en el tiempo, tan reescritas que ya no se sabe si son auténticas o apócrifas. A mi entender, el propio Jesucristo, considerado como una figura histórica para algunos, como una proyección mítica para otros, cabría perfectamente dentro de aquel bestiario de personajes. De todos modos, lo que se celebra por estos días es una suerte de ilusión, una ilusión con sentido colectivo merced a los sueños y los deseos de muchos. Un salud entonces, por todas esas ilusiones que nos mantienen desvelados, distantes de la terrible realidad del universo.
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