Sobre el condenable hecho de sangre de ayer en Valparaíso, me temo que ya la mayoría se ha expresado lo suficiente, y que tomar posición por las víctimas resulta casi un imperativo para quienes a pesar de la maldad y la estupidez infinita se aferran todavía a ideales a prueba de balas. Y a propósito de distopías, circulaba una foto de perfil del tipo usando la máscara de Guy Fawkes el revolucionario y un fajo cuantioso de billetes en la mano, lo cual es una representación viva de la paradoja que se vive en sociedad: la de defender un orden egoísta mediante la violencia, la violencia como protagonista del montaje que han hecho de nuestras vidas. Se teme de la banalidad del mal, de la naturalidad de la sangre, por lo mismo, como decía Zac de la Rocha, la rabia es un don. La verguenza demuestra que todavía tienes entrañas en el mundo.
viernes, 15 de mayo de 2015
miércoles, 13 de mayo de 2015
"Profesor ¿tiene usted vida después del colegio?" podría esa no ser tanto la pregunta del típico estudiante burlesco como la de un nihilista en ciernes que duda de la existencia del profesor como individuo extra laboral. Efectivamente, para él, después del colegio, el profesor no existe. En tanto se sale, se deja de serlo. Comienza el tipo que respira, que planifica, que desea el fin de semana. Lo que se hace afuera es pega de contrabando. Las pruebas y las tareas son solo la evidencia sarcástica de su punto de vista.
A raíz de la publicación aleatoria de un anónimo en la cuenta dejada abierta por error de una amiga, (cuestión que se intuye de manera automática con un simple vistazo) la idea de generar cuentas que funcionen solo en base a estados escritos aleatoriamente por terceros. Luego, pensar en un libro abierto sin fin escrito fundamentalmente en base a digresiones ajenas: una especie de épica coral de autores anónimos y furtivos. Y más adelante, un sistema que se alimentase exclusivamente del negativo de la película, de las manchas en el guion, de las formas infinitas de joder al resto.
martes, 12 de mayo de 2015
Mundos posibles
Clase particular sobre mundos posibles. La Habana, Recreo. La chica desconocía la diferencia entre lo fantástico y lo maravilloso. Por dentro le decía que en el fondo las categorías son antojadizas: la realidad misma es pura ficción, una tregua como decía una amiga, una fosa como decía un poeta. Recordé ese concepto de la u: transposición didáctica. Se trata de recortar la realidad para que quepa en un examen de octavo básico, aunque eso implique esconder la indefinición que existe detrás.... Preguntó si entraría el mundo virtual en la prueba. La respuesta didáctica sería que es parte del mundo realista, pero sabemos en el fondo, también ella, y muy a pesar de la clase, que lo virtual se ha vuelto una realidad, revisando su horario, dilatando su nerviosismo, a través del sistema android de su llamativo samsung galaxy.Con ganas de decirle, la posibilidad está en ti. El mundo mismo no ha sido posible, todavía. Pero lo prioritario era la prueba, su irrealidad, la clase.
domingo, 10 de mayo de 2015
Vallejo esencial
Ayer en la presentación de Vallejo esencial, la contraportada leída a modo de crítica por Rafael Rubio, decía algo así como que es posible expresar el dolor a partir del yo no sé, y la crisis de sentido del siglo a partir del todavía; que en esa poética César Vallejo -parafraseando a Lihn- hace que el dolor tenga que ver con el dolor, y que la palabra misma sea una herida inicial a la vez que final. Apuesto por una literatura del yo no sé y del todavía. En esas dos palabras parece que hay material suficiente para dos siglos de civilización, incluso de universo.
miércoles, 6 de mayo de 2015
Centenario de Orson Welles
Si hubiese que decir algo respecto al Ciudadano Kane, sería en relación a la vida, siempre un enigma, del protagonista. La fábula del poderoso que subasta su inocencia y su pasado para catapultarse a la posteridad. Él mismo, pieza de un puzzle que sólo puede conocer a través de un derrotero policial que lo lleva a él mismo. "Si no hubiese sido un hombre rico hubiera sido un hombre bueno", sentencia Kane, como en una confesión amarga de su legado. Obras son (des)amores. Una sentencia que sería una victoria pírrica, casi surrealista, hoy por hoy, en que los peces gordos con ningún pudor, al parecer desprovistos del pasado y de su necesidad, proclaman que ser ricos los hace ser precisamente lo que son. Hay una analogía interesante entre la película de Welles y la novela de Conrad, El corazón de las tinieblas. El punto clave de convergencia son las palabras, aquellas frases que encierran un secreto y a la vez liberan un sentimiento. En la novela, la mujer de Kurtz intenta averiguar qué dijo su esposo antes de morir. Marlow le miente, para ocultar la verdad: "el horror". En Ciudadano Kane otro tanto ocurre con Rosebud, solo que aquí la palabra inaugura y cierra el ciclo, devela y resguarda un sentido que solo su protagonista conoce, y que la investigación policial solo se encarga de vislumbrar, apenas como aquel que llegando a una escena del crimen intenta reflejarse en los pedazos de un espejo roto. Ese espejo era la vida, la verdadera, la oculta, de Kane, que guardó consigo hasta su muerte. Y de alguna forma, en ese reflejo como espectadores buscamos nuestra propia Rosebud, sea lo que sea que para cada uno signifique.
La siguiente es la reflexión de Borges sobre el Ciudadano Kane, en la edición número 83 de la mítica revista Sur del año 1941:
Citizen Kane (cuyo nombre en la República Argentina es El Ciudadano) tiene por lo menos dos argumentos. El primero, de una imbecilidad casi banal, quiere sobornar el aplauso de los muy distraídos. Es formulable así: un vano millonario acumula estatuas, huertos, palacios, piletas de natación, diamantes, vehículos, bibliotecas, hombres y mujeres; a semejanza de un coleccionista anterior (cuyas observaciones es tradicional atribuir al Espíritu Santo) descubre que esas misceláneas y plétoras son vanidad de vanidades y todo vanidad, en el instante de la muerte, anhela un solo objeto del universo ¡un trineo debidamente pobre con el que en su niñez ha jugado! El segundo es muy superior. Une al recuerdo de Koheleth el de otro nihilista: Franz Kafka. El tema (a la vez metafísico y policial, a la vez psicológico y alegórico) es la investigación del alma secreta de un hombre, a través de las obras que ha construido, de las palabras que ha pronunciado, de los muchos destinos que ha roto. El procedimiento es el de Joseph Conrad en Chance (1914) y el del hermoso film The Power and the Glory: la rapsodia de escenas heterogéneas, sin orden cronológico.
Abrumadoramente, infinitamente, Orson Welles exhibe fragmentos de la vida del hombre Charles Foster Kane y nos invita a combinarlos y a reconstruirlo.
Las formas de la multiplicidad, de la inconexión, abundan en el film: las primeras escenas registran los tesoros acumulados por Foster Kane; en una de las últimas, una pobre mujer lujosa y doliente juega en el suelo de un palacio que es también un museo, con un rompecabezas enorme. Al final comprendemos que los fragmentos no están regidos por una secreta unidad: el aborrecido Charles Foster Kane es un simulacro, un caos de apariencias (corolario posible, ya previsto por David Hume, por Ernst Mach y por nuestro Macedonio Fernández: ningún hombre sabe quién es, ningún hombre es alguien). En uno de los cuentos de Chesterton - The Head of Caesar, creo -, el héroe observa que nada es tan aterrador como un laberinto sin centro. Este film es exactamente ese laberinto.
Todos sabemos que una fiesta, un palacio, una gran empresa, un almuerzo de escritores o periodistas, un ambiente cordial de franca y espontánea camaradería, son esencialmente horrorosos; Citizen Kane es el primer film que los muestra con alguna conciencia de esa verdad.
La ejecución es digna, en general, del vasto argumento. Hay fotografías de admirable profundidad, fotografías cuyos últimos planos (como las telas de los prerrafaelistas) no son menos precisos y puntuales que los primeros.
Me atrevo a sospechar, sin embargo, que Citizen Kane perdurará como "perduran" ciertos films de Griffith o de Pudovkin, cuyo valor histórico nadie niega, pero que nadie se resigna a rever. Adolece de gigantismo, de pedantería, de tedio. No es inteligente, es genial: en el sentido más nocturno y más alemán de esta mala palabra.
martes, 5 de mayo de 2015
Anoche luego de recuperar el sueño extinto de fin de semana fue tan profundo que se soñó cuestiones semi-reales, a ratos tan imaginativas como inenarrables. Por ejemplo, la asociación de un inquilino vecino faltante con la consecución de un crimen televisado como reality. Se trataba de una chica que había sido violentada y que, en una carrera por reencontrar no se sabe si su familia su hija o su hogar, vuelve a esa pieza vacía, oscura. Fuera de esa imagen, argumenta que le quedan pocos días de vida, sin saber por qué ni cómo.
Luego, uno mismo se encuentra de vuelta no se sabe en qué sitio, mezcla del barrio de infancia y la morada actual, en que se es invitado a una especie de fiesta desconocida, donde no se reconocía absolutamente ningún rostro ni el propósito mismo de la fiesta. Era todo luces de neón y un ruido ensordecedor. Al interactuar con ellos volvía a una especie de pasillo y luego sentía una suerte de mariposa en el estómago por no cumplir una obligación laboral ya extinta, planificar algo así como un momento de esa instancia fuera de tiempo, sin ya tener el tiempo ni la razón para hacerlo. Lo único que sabía era que la fiesta, inenarrable, seguía, y la obligación abstracta, omnipresente, persistía, sin poder hacer ya nada, puesto que cualquier intento por cumplirla te hacía volver a ese barrio mixto, como si eso mismo fuese parte de una planificación o de un espectáculo sin nombre.
Las palabras solo pueden adornar esos hechos oníricos, que iré siguiendo de cerca, tan increíbles como políticamente subterráneos. Hay allí material para una novela policial onírica o, en su defecto, un reality algo trasnochado. No creo en el moralismo ni en el control subrepticio del pensamiento, pero si me hiciese militante de algo, sería de causas oníricas o, mejor aún, de causas perdidas.
lunes, 4 de mayo de 2015
¡Hie! por Arthur Cravan
A propósito de luchas del siglo, les dejo a Arthur Cravan, el poeta boxeador, referente del dadaísmo y maestro del ring:
¿Qué alma disputará mi cuerpo?
Oigo la música:
¿me arrastrará?
Me gusta tanto el baile
y las locuras físicas
que siento con evidencia
que, de haber sido jovencita,
habría acabado mal.
Pero desde que estoy sumergido
en la lectura de esta revista ilustrada
juraría no haber visto en mi vida
fotografías tan maravillosas:
el océano perezoso meneando las chimeneas,
veo en el puerto, sobre el puente de los vapores,
entre mercancías imprecisas,
mezclarse los chóferes con los marineros;
cuerpos lisos como máquinas,
mil objetos de la China,
las modas y los inventos;
luego, dispuestos a atravesar la ciudad,
en la suavidad de los automóviles,
los poetas y los boxeadores.
¿Cuál es esta noche mi error?
¿Qué entre tanta tristeza
todo me parece bello?
El dinero que es real,
la paz, las vastas empresas,
los autobuses y las tumbas;
los campos, el deporte, las queridas,
hasta la vida inimitable de los hoteles.
Quisiera estar en Viena y en Calcuta.
Tomar todos los trenes y todos lo navíos,
fornicar con todas las mujeres y engullir todos los platos.
Mundano, químico, puta, borracho, músico, obrero, pintor, acróbata, actor;
viejo, niño, estafador, granuja, ángel y juerguista; millonario, burgués, cactus, jirafa o cuervo;
cobarde, héroe, negro, mono, Don Juan, rufián, lord, campesino, cazador, industrial,
fauna y flora:
¡soy todas las cosas, todos lo hombres y todos los animales!
¿Qué hacer?
Probaré con el aire libre,
¡quizás ahí podría prescindir
de mi funesta pluralidad!
Y mientras la luna
más allá de los castaños,
unce sus lebreles,
e, igual que un caleidoscopio
mis abstracciones
elaboran las variaciones
de los acordes
de mi cuerpo,
que mis dedos pegados
a la delicia de mis llaves
absorben frescos síncopes,
bajo mociones inmortales
mis tirantes vibran;
y, peatón ideal
del Palacio Real,
me embriago de candor
incluso con los malos olores.
Repleto de una mezcla
de elefante y de ángel,
lector mío, paseo bajo la luna
tu futura no fortuna,
armada con tanta álgebra
que, sin deseos sensuales,
entreveo, fumadero del beso
coño, mamada, agua, África y descanso fúnebre,
detrás de los estores ya tranquilos,
la calma de los burdeles.
Bálsamo, ¡oh mi razón!
Todo París es atroz y yo odio mi casa.
Los cafés ya están oscuros.
Sólo queda, ¡oh mis histerias!
Los claros establos
de los urinarios.
Ya no puedo seguir quedándome fuera.
Esta es tu cama; sé tonto y duerme.
Pero, último inquilino
que se rasca tristemente los pies,
y, aunque cayendo a medias,
si yo oyese sobre la tierra
retumbar las locomotoras,
¡cuán atentas podrían volverse mis almas!
viernes, 1 de mayo de 2015
Elogio de la inutilidad poética
En un ensayo sobre "la pobreza y la poesía", un escritor colombiano sostenía que una de las principales razones para considerar a la poesía como oficio en el sentido de su necesidad para sobrevivir consiste en una idea más o menos generalizada del poeta como personaje de escasos recursos materiales y de vida más o menos ligada a la realidad proletaria. Sin embargo, esa idea solo puede aplicarse en ciertos contextos, como lo es el caso contemporáneo, en el que se cree todavía en la división del trabajo, que ha dejado al arte en un limbo del que sencillamente no se quiere salir desde hacía mucho tiempo. Un espacio en que la única exigencia al artista es que produzca objetos tanto más bellos como inútiles. Y puesto que del trabajo con la palabra no se puede saber exactamente qué es lo que se va a producir, y si eso que aún no se ha llegado a decir efectivamente generará alguna divisa, la palabra es pues, rememorando a Holderlin, el más peligroso de los bienes, y también una especie de bien (si es que así puede llamárselo en una nomenclatura funcional) que no remite a otra cosa que a su propia vorágine de significaciones, a ratos tan inútiles como intensas.
No es extraña la asociación del poeta como trabajador: es algo que durante el siglo XX vino de la mano de las reivindicaciones sociales y el incipiente socialismo. Sin ir más lejos, Neruda elogiaba en su poética tanto al pescador como al militante obrero. Maiakovski en su poema "el poeta es un obrero" señala lo siguiente: "¿Quién es más aquí? ¿El poeta o el técnico que procura a los hombres tantas ventajas prácticas? Los dos. Los corazones son también motores". Y es quizá esta verdad como imagen la que hoy por hoy yace como trasfondo a lo que de verdad implica la poesía: su universalidad (a través del abismante trabajo con la palabra) independiente del oficio material del que la suscribe. Se puede aludir a lo señalado por Octavio Paz, para quien la poesía es algo más allá del poema, este último, creación netamente literaria, producto por así decirlo, del sudor y de la tinta, de la fuerza del oficio del cuerpo y del espíritu (y también de la ausencia y del silencio, características más que actuales de nuestro tiempo hiper conectado). Pero ¿Quién en nuestros tiempos está todavía dispuesto a reconocer como un oficio, una actividad en la cual no se sabe cómo van a ser los resultados de su trabajo, si es que así se le puede considerar? La radical extrañeza de la poesía, sobrepasa la lógica productiva, e inclusive la razón de ser del trabajo asociado al capital humano. La poesía solo se vale de la mente y del espíritu para ser materializada y multiplicar el sentido y su ausencia.
Yeats se refería a Newton para hablar de la imagen poética del arcoiris que había sido destruida al intentar ser explicada. Si lo que se busca es explicar la realidad, el terreno baldío, el límite, la circunferencia en que vive el hombre agobiado por la maquinaria se destruye efectivamente su poder de evocar algo más allá que él mismo. El editor, el librero, el impresor, el difusor, todos trabajadores de algo que no pueden explicar a ciencia cierta. Lo que se vende es el objeto, las páginas, el precio de hacer palpable lo inmaterial: la poesía siempre intangible, está siempre en otra parte, a la vez que se intenta traducirla en algún límite oscuro del corazón. Para comerciantes y "gestores" de la cultura, no hay dinero suficiente ni restante para hablar de poesía porque precisamente no se vende. Y no se vende porque esté asociada a una rencilla social, sino que simplemente porque esta en el fondo no tiene nada que vender, a excepción de su propio silencio y multiplicidad en las hojas arrancadas que buscan pesarla como el pan o como el hierro de nuestras instituciones. El poeta Auden decía, enfático: "Poetry makes nothing happen", mejor dicho, la poesía consigue que "la nada suceda". Porque escribir, como la meditación, es en el fondo algo completamente inútil. Pero de esa inutilidad está también hecha la madera de la vida. La miseria de la poesía es nuestra propia miseria, en tiempos de tecnificación extrema. Comer el pan que de ella se desprende significará callar indefinidamente, para siempre.
miércoles, 29 de abril de 2015
Poema imagen: Arbolada
En el centro de la arbolada, un hermetismo se expresa bajo las sombras, que parecen custodiar o secuestrar la imagen de un hogar, frescamente acogedor, de fachada pudorosa, con un efímero potencial hospitalario, de todos modos, vegetal en su misterio. Subyace la idea de un estar no presente, vacío de habitat, o de una reclusión geométrica opuesta a la vida de los árboles, que parecen cómplices de algún destino extranjero.
Diferente a la meditación de las plantas, sin embargo, se divorcian de cualquier solidez neutra, condenadas a ser vigas y máscaras de la naturaleza, inútil para el vicio de lo permanente, el perfecto espejismo de lo que pudo estar y no hace sino persistir, introvertido como piedra, con vergüenza de algún espacio-tiempo verde y animado, irónicamente ausente, tras los árboles que articulan un meta-cautiverio: La morada que se exilia hacia adentro, vaciándose de aire, de vida y de memoria.
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