lunes, 23 de diciembre de 2024

Mercurio retrógrado

Mi ex me contó el otro día que, durante Mercurio retrógrado, pasaban muchas cosas inauditas. Atribuyó al fenómeno astronómico la ruptura entre su cuñado y su hermana, y de paso, deslizó también el efecto hacia nuestra relación. Cuando le conté que me habían echado del colegio, sugirió que podía deberse al “momento de crisis” experimentado tras la órbita del planeta.

¿Cómo se explica que ella crea en esto? Siempre hay una explicación lógica y científica, la cual subraya el carácter de ilusión óptica del movimiento retrógrado, toda vez que los planetas orbitan a diferentes velocidades, causando esa sensación de retraso y lentitud en Mercurio.

Para la creencia astrológica, dicha ilusión encierra un enigma que data de los orígenes de la civilización. En específico, en la cultura babilónica consideraban que los planetas y estrellas eran manifestaciones de los dioses, por lo que cualquier movimiento era una señal sobre el destino de los ciudadanos.

El nombre Mercurio es la reencarnación romana de Hermes, el mensajero de los dioses para los griegos. Era el que comunicaba a los dioses con los mortales, presidía los encuentros y las asambleas, maestro de la elocuencia, guardián de los viajes tanto físicos como interiores. Era, además, el guía de las almas humanas en su camino hacia el inframundo. Sus dones eran los de guía, guardián, asesor y comunicador.

Se trata, si se permite la metáfora, de un “coordinador metafísico”, encargado del “cableado” entre los mundos y los seres. Por eso, si el movimiento de Mercurio fallaba, o se retrasaba, la conexión entre los planos elevados e inferiores se perdía. No había comunicación posible. Se perdía la sintonía y reinaba la disonancia, provocando malos entendidos, pérdidas de alineación y de expresión genuina.

De una forma profana, lo “mercurial”, asociado a lo cambiante, a lo volátil, a lo errático, se habría manifestado en nosotros, en nuestras circunstancias vitales, empujándonos a situaciones irreversibles, desviándonos del camino trazado con amor y dedicación.

“El viento apaga la vela, pero enciende el fuego”, dijo mi ex, muy misteriosa, luego de conversar, largo y tendido, aquella vez que nos juntamos, tras mencionar lo del Mercurio retrógrado. Lo cierto es que la frase está atribuida a un tal Nassim Nicholas Taleb. Le manifesté que era una frase ad hoc, muy apropiada, pero que no sabía a qué venía. Ella solo dijo que ya tenía tarea para la casa: averiguar su significado.

¿Para reinterpretar lo nuestro? ¿Para reflexionar sobre los cambios abruptos en esta época del año? ¿Para buscar en los astros las respuestas que no encontramos acá en la tierra, por incomprensión, por frustración?

De todas formas, hay una relación oculta entre la frase y Mercurio retrógrado. Si lo vemos de manera simbólica, hay un nexo entre el viento, el fuego y el planeta del dios mensajero, un nexo que, si se lee y se descifra bien, puede tener un alcance trascendente.

De partida, Mercurio retrógrado representa una crisis, y esa crisis puede tanto condenarte al silencio y al abismo, como empujarte hacia otros rumbos desconocidos, aciagos, aunque abiertos a la experiencia. El viento es lo adverso. Una llama débil puede sucumbir ante su amenaza. Sin embargo, un fuego intenso se alimenta con ella. Y no hablemos de incendios alimentados con el calor satánico del verano. Hablemos de fuego interior, de pira prometeica, de voluntad ígnea.

Si uno logra reactivar ese fuego, entonces, puede reconocer el camino que lleva de regreso a la órbita trazada. Con sumo estoicismo, puede restablecer el equilibrio y no claudicar ante el flujo mercurial de los acontecimientos.

Hay en esta interpretación una magia vetada al escéptico, un sentido poético en un texto que se niegan a leer, por dogmatismo, materialismo o positivismo. Con la suficiente imaginación se puede revertir la lectura lineal de la realidad, y lo que parecía evidente, resulta, a la larga, un intenso ejercicio hermenéutico. Si aquel trabajo no nos estaba permitido, si dicho amor no nos estaba destinado, tal vez sí era posible, desde el punto de vista de los astros, reconectar con la fuente de nuestros deseos. Volver sobre nuestros pasos y regresar al origen.


domingo, 22 de diciembre de 2024

"Todo encaja en todo armoniosamente" Hernán Miranda Casanova

El macho encaja en la hembra y la hembra en el macho
tal como el cuchillo encaja en los labios de la herida sangrante
y el árbol de corteza arrugada en el paisaje que lo rodea.
Cada palabra encaja como un rompecabezas dentro de lo conversado
así como una mirada encaja entre otras miradas
o la columna atacante en el espacio del enemigo
que se repliega a duras penas.
El extremo oriental del Brasil encaja en la costa occidental de África
y el cuerpo del atormentado en el instrumento que lo lacera,
la mano del ladrón con su presa.
El vuelo de un pájaro y la caída de un pájaro encajan
y el fusilado en las balas que lo perforan
y el niño en su madre
y una boca que besa en otra boca que devuelve el beso.
La línea quebrada de las montañas encaja en la línea quebrada
del cielo que hay sobre las montañas.
El río encaja en su cauce
el mar en su lecho cóncavo
y en su cuenca el ojo lloroso y la llave en la cerradura.
Todo encaja con todo
y no parece tarea fácil desligarse de este designio.
Cómo separar al muerto de su ataúd
o la partida del viajero de su regreso.
Todo se relaciona con todo
y hasta el que se esconde en una isla solitaria
encaja como un alfiler en la solapa del olvido.
Cada cosa se disuelve dentro de otra
y hasta “el camino de subida es el mismo camino de bajada”.
Al poema le es dado envolverlo todo,
evidenciar las relaciones que hacen posible
la armonía del caos.

Del libro “De este anodino tiempo diurno”, 1990
Hernán Miranda Casanova.

viernes, 20 de diciembre de 2024

Nueva crónica que trata sobre la búsqueda de trabajo. La vida del profesor, a ratos, se debate entre la ficción y la realidad, entre lo posible y lo imposible:

Recorrer el centro de Curauma a pie, en búsqueda de pega, se sintió como un auténtico peregrinaje. Bajo un Sol que abrasaba, la faena adquirió de pronto un carácter penitente. Cada paso hacia el próximo colegio, curriculum en mano, era, en sí mismo, un ejercicio estoico. Si se lee de manera existencialista, un viaje arduo a la espera de la institución que me abra las puertas, como en un regreso a tierra desconocida.
Para no perderme, busqué en el GPS las escuelas más cercanas a mi radio de acción. Así, caminé un buen tramo y pude arribar a cuatro, hasta encontrar un colegio que llamó mi atención poderosamente: el Colegio Miguel de Unamuno. Me sentí obligado a pasar por ahí. El solo nombre del escritor me convocó. Así que caminé rumbo al colegio del escritor, a ver si allí se dignaban a contratarme y contar con mis servicios.
La ruta no fue expedita. El Sol pegaba fuerte contra el asfalto y las calles con sus esquinas se volvían más inaccesibles. En una, había que cruzar un sendero de arena. En otra, había que subir una calle muy empinada, tal como en Valparaíso.
Al llegar con la dirección que me indicaba el mapa, di con el colegio. Estaba instalado delante de una arboleda y alrededor de la cuadra no se percibía pasar a nadie. Seguramente, ya los estudiantes habían terminado su año escolar y solo quedaban los profesores y los auxiliares puertas adentro, a realizar una labor entre monástica y burocrática.
Primero accedí a un camino empinado, creyendo que allí estaba la entrada al colegio. Pero no. Solo encontré un muro de concreto que se prolongaba hasta cerca de unos troncos. Así que bajé de regreso y me dirigí a la calle de más abajo, en horizontal. Caminé unos cuantos metros más y logré dar con una puerta metálica. Toqué el timbre y me abrieron. Allí dentro solo estaba la secretaria, quien recibió mi currículum de manera muy amable.
Le pregunté a ella si ya habían terminado el año. Me respondió que sí, que ya no asistían los estudiantes. Y luego le consulté sobre los profesores. Dijo que estaban en su sala. No todos, algunos. Entonces era cierto que, pasado el año lectivo, la labor de los docentes era netamente administrativa, a ratos, una que otra actividad de esparcimiento, pero, en el fondo, se trataba de actividades propias de un pálido funcionario: papeleos, rendición de cuentas, planificaciones y cumplimiento de horario, como si las horas allí dentro pasaran a un ritmo diametralmente distinto al mundo de afuera, como si estuviesen suspendidos en un plano nebuloso.
La pura referencia a ese periodo posterior al año lectivo me hizo comprender que el tiempo de los docentes, durante el cierre de semestre, previo a vacaciones, tenía algo de neblinoso, de algo que aún no termina de ocurrir, un mero ejercicio de transición, y así me sentía yo, en un limbo, fuera de juego, en un cavilar constante.
Salí del Colegio Miguel de Unamuno como el personaje de Augusto Pérez hubiera querido salir de la novela que habitaba: prosaico, aunque impulsado por un deseo recóndito, el deseo de enfrentar al verdugo de la realidad y reescribir mi historia en el sistema educativo, esa nívola llena de ilusiones y de erratas. Comprendí que también en el profesor, así como en el escritor, descansaba la paradoja de la vida.

miércoles, 18 de diciembre de 2024

Y yo me pregunto: si los editores, poetas y escritores caen también en prácticas mafiosas y deshonestas, ¿qué los diferencia de un operador político? Me atrevo a ir más allá ¿qué diferencia al mundo literario del mundo político, si incurre en prácticas similares?

Dies Irae: Un paseo por la tienda Riffs y la Anarko Metal Shop

Fuerza para José “Toño” Cabezas.


Tras la noticia sobre el lamentable accidente del “Toño Cabezas”, fundador de la banda Betrayed y leyenda viva del metal porteño, supe de un amigo suyo, Eduardo Saavedra, “Lalo Thrash”, que tiene una tienda de discos y poleras metal en Viña. La tienda se llama “Riffs” y se encuentra en el Paseo Cousiño, cerca de calle Viana.

Hasta ese entonces, la única tienda metalera de la cual tenía conocimiento y que frecuentaba muy seguido era la tienda del “Toño”, la “Anarko Metal Shop” ubicada en la cima de la galería Tres Palacios de Avenida Pedro Montt, Valparaíso. Había que subir ese camino de caracol como quien se aventuraba hacia una dimensión “under”. Por lo mismo, recorrer esa galería y dirigirse a la tienda tenía una mística, porque se trataba de la única tienda porteña especializada en material exclusivamente metalero.

Sin embargo, también existía esta otra tienda “Riffs” y el propio Lalo Thrash dijo que la tenía hace ya más de diez años. La tienda del “Toño” es más antigua eso sí, y data, según entiendo, de los años noventa, un verdadero baluarte que, pese a la banalización, aún mantiene su vigencia. Entré a la tienda del Lalo Thrash. Tiene menos espacio que la del Toño, pero lo compensa con discos, vinilos y cassettes que son verdaderas joyas, auténticos “filetes”, inclusive rarezas que jamás habría pensado encontrar en formato físico. Así, por ejemplo, me interesé, de inmediato, en álbumes de Voivod, uno de Paradise Lost, otro de The Gathering, también de Type O Negative, y gran parte de las leyendas del heavy: Saxon, Maiden y DIO.

Cuando investigué un poco más, di con un disco que sencillamente no me esperaba: uno de Devil Doll, banda experimental de fines de los ochenta que mezclaba metal, música sinfónica tenebrosa y vanguardia, en una propuesta, en sumo, arriesgada. De inmediato, le mostré la joyita al Lalo: Dies Irae. “Son raros. Es como King Diamond con música de cámara”. Asentí y repetí la palabra bizarro, para entrar en sintonía con la visión de Mr Doctor. Me llevé el disco, sin pensarlo demasiado, ya que se trataba de un disco exclusivo, prácticamente inexistente en otra parte.

En eso, fue inevitable recordar al “Toño Cabezas”. “Acá hay puras joyitas”, le mencioné al Lalo Thrash. “Acá estamos hace como diez años”, respondió, breve y escueto. Luego le conté que la única tienda de metal que conocía era la Anarko Metal Shop, al menos la única de la Quinta. Entonces, el Lalo me preguntó si sabía lo que le había pasado al Toño. Le contesté que por supuesto, que lo habían atropellado, que, hasta donde yo sabía, se encontraba estable, pero muy delicado. La preocupación por el estado de salud del Toño, de hecho, fue gigante, entre los miembros de Betrayed y gran parte de la escena metalera local. Era cosa de ver la cantidad de seguidores atentos a cualquier novedad tras el comunicado de la banda. Me di cuenta que el Toño era muy querido entre la fanaticada y había, por ende, una gran hermandad que resurgía cual fénix en momentos oscuros.

Hacía poco había ido a la Anarko Metal, antes de Halloween, para comprar el disco Bajo una luna cámbrica de Dorso. Cuando uno llegaba pasadito la hora de almuerzo, era común ver a algunos amigos del Toño vacilando sus buenos tarros para luego ir a comprar chelita en la botillería. Al Toño también lo solía ver en el Baranda Bar, el ex Keops, un antro clásico donde todos los rockeros y metaleros del puerto iban a ranciar o a hacer la previa para luego ir a las tokatas. Por eso se le extraña, por su cercanía y buena onda. Y, por lo mismo, resulta algo chocante imaginarlo en otro contexto que no sea el de la buena música metal.

Salir a tomarse un copete de madrugada por la noche porteña se ha vuelto un auténtico ejercicio temerario, porque te pueden asaltar o te puede atropellar un conductor imprudente en estado de ebriedad o de intemperancia. Hay recorridos carreteros que ya lamentablemente no se pueden hacer, por temor a la parca o por temor al diablo, al diablo personificado en cualquier “pinganilla” de la esquina. La verdadera sombra asecha, sin duda, luego de una desenfrenada jornada de esparcimiento. Lo bueno es que todavía se puede sobrevivir, con un poco de apañe de los amigos, como hubiese cantado Joe Cocker. Así lo supo el gran “Toño Cabezas” y por eso mismo se mantiene cual viejo roble, resistiendo, resonando cual riff estridente desde las entrañas del inframundo.

Antes de salir de la tienda Riffs, a propósito, el “Lalo Thrash” me avisó que Betrayed realizaría un concierto a beneficio, concierto al cual de seguro voy a asistir. No me contó en qué local se haría, aunque la banda pronto daría aviso a sus seguidores, para realizar el evento a beneficio del querido “Toño”. Busqué el significado de “Dies Irae”. Se trata del “Día del Juicio Final”. La compra de ese disco no era coincidencia, era una señal, señal de que a todos nos toca enfrentar ese día, y señal de que algunos todavía permanecen entre nosotros, para dar la pelea y demostrarle al de la guadaña y al mandinga que hay metal y hueveo para rato.

lunes, 16 de diciembre de 2024

A propósito de "Nunca salí del horroroso Dungeon" de Pablo Rumel: Recuerdos de la era gamer

Leer el artículo sobre Dungeons and Dragons me hizo recordar aquella época de gamer, desde fines de los noventa hasta principios de los 2000. Partí con las consolas Super Nintendo y Nintendo 64. La leyenda de Zelda me voló la cabeza. Fue mi primer acercamiento al escenario RPG, role playing game. Luego, siguió la locura de la Play con Final Fantasy y Chrono Cross, franquicias que profundizaron aún más en el juego de rol prototípico, con toda su imaginaría épica y maravillosa. 

Tenía un par de amigos gamer con los cuales compartía experiencias de juego y compraba revistas, la Club Nintendo recuerdo, en aquella remota época pre internet, una época en que lo análogo era como el campo abierto, en que las horas perdidas de sueño tratando de pasar los niveles se sentían como horas infinitas recorridas a pie, con espada y escudo en mano. Se sufría y se sentía la "sombra del éxtasis", a decir de Bolaño, en esas extensas jornadas. 

Más tarde, cuando comenzó a masificarse internet, y ya contábamos con un computador en la casa, llegaron los juegos en línea. World of Warcraft y Lineage eran los universos de cabecera, experiencias mucho más abiertas y dinámicas, a la vez que aguerridas, en las que la relación con el avatar era mucho más simbiótica. 

Me compré una copia del Ragnarok. En aquella época venía en promoción junto a la incorporación de tu personaje. Fue mi primera experiencia de rol en línea, junto con otros jugadores, dentro de las denominadas campañas o partys. Se sentía como en una verdadera cruzada, toda vez que los RPGs de plataformas eran más como una "iniciación", una aventura solitaria, como la del héroe campbelliano llamado a la aventura mítica, en una suerte de transformación interior. Y así se sintió en efecto. 

Las partys de los juegos de rol en línea fueron, en cierta medida, la extensión de esos mundos de calabozos circunscritos a la consola física. Había ahí una transmutación del rol, una evolución del gamer que, irremediablemente, tuvo luego su momento de decadencia. 

Después de esa infinita posibilidad latente, estaba el riesgo de caer en el vicio, de nunca dar por terminada la partida, de ceñirse a una experiencia ilimitada, pero sin un clímax ni un remate de antología, como el de los videojuegos autoconclusivos de mi infancia. 

Entonces llegó la Universidad, y con ella, una era preñada de nuevas lecturas y nuevas emociones. Como en un juego de rol demasiado real, conocí los vericuetos de la academia de pregrado, las salidas a carretear en antros nocturnos. Profundicé aún más en la literatura, leí libros que entraban en sintonía con mi nueva sensiblidad. 

El nuevo rol a interpretar era el del lector aficionado y el del escritor emergente. Dejé para siempre la afición a los juegos de rol en línea, como quien supera un calabozo que parecía imposible, solo para adentrarme en uno mucho más cabrón. 

De tanto en tanto, sigo recordando con suma nostalgia esa etapa de gamer apasionado. De hecho, fueron mis primeros pasos en la escritura temprana, toda vez que resumía manuales enteros de jugabilidad y diseñaba, incluso, mi propia aventura épica, inspirada en el anime y las plataformas de segunda y tercera generación. 

Hoy, con más sabiduría y altura de miras, llegado a cierto "checkpoint", guardo la partida y vuelvo sobre aquellos años y sobre aquellos parajes, para desenterrar sus tesoros escondidos y volver a jugarlos, volver a escribirlos, a la luz de los desafíos presentes. Siempre supe, en el fondo, que el juego y la escritura me estaban destinados.

domingo, 15 de diciembre de 2024

"Espiritualidad y literatura: una relación tormentosa" de Juan Liscano

"El hombre de letras, el artista, yo mismo, no tengo derecho a obrar sobre el mundo sino en la medida en que puedo obrar sobre mí mismo. Pero la literatura debilita el esfuerzo hacia una ascesis personal cuando impera en ella el sentimiento de compensación o bien se erige en impedimento mayor cuando se pliega a los condicionamientos que propician el éxito, o se extravía en el cultivo de tautologías hedonistas.

Las cosas están detrás de las palabras. Son la realidad. En el momento en que las palabras entran a sustituir las cosas, impiden una toma de contacto completa con la realidad. Y se crea la ficción. Disipados los fantasmas de la mitología, fallecidos los dioses, perdidos los sustentos religiosos, ahogada la magia, decaído el verbo, no se puede pretender sustituir aquellas virtudes lustrales del lenguaje literario con la adoración del artificio del texto, con lo puramente escritural, con los signos en rotación."

sábado, 14 de diciembre de 2024

Sobre el oficio de escribir y la imitatio del estilo, a raíz de Tu enfermedad será mi maestro de Cristian Geisse

Yo: Para poder perfeccionar el estilo narrativo, hay que leer, leer y leer, sobre todo a los clásicos y, además, a los escritores vigentes que circulan en el medio. Se trata de una práctica solitaria, pero la escritura se "foguea" también en el campo simbólico.

Mario César Ingénito: Borges mientras pudo ver usó la imitatio tradicional. Copiaba las obras de autores que le gustaban, y así mataba mil pájaros de un tiro ya que internalizaba el estilo, la perifilosofía, la retórica, la sintaxis, la gramática, etc.

Yo: los apócrifos de Borges funcionan muy bien dentro de su universo. Al escribir siempre hay un sedimento de aquello que lees de manera significativa. Los símbolos, las imágenes y las metáforas de otros se adhieren al imaginario propio incluso de manera inconsciente. Lo importante es tener plena consciencia y saber ejecutarlo con estilo y rigor.

jueves, 12 de diciembre de 2024

Se viene siguiente libro de cuentos: Onirómano:

"El libro comienza con un relato que nos habla de los sueños, moviéndose entre figuras imposibles, laberintos. El ritmo narrativo se presta para este juego de las escaleras, además de dibujar una psiquis en medio de tanta confusión. Este es un detalle más que relevante, dado que los sueños funcionan como regulación fisiológica a nivel emocional; una suerte de catarsis a través de recuerdos, al igual que sucede con la literatura. En ese sentido, nos encontramos con un hombre que se queda dormido en el bus, un guion incompleto de telenovela relacionado con el pop, Pablo de Rokha en pleno Festival de Viña del Mar, el inquilino de una casa donde ocurre un asesinato, dos chicos que comparten sus experiencia oníricas en Valparaíso, la lucha entre las acciones cotidianas y la intelectualidad, la pureza cinematográfica de Audrey Hepburn, una radio misteriosa que nos acompaña en el silencio, una criatura de otro plano, y hasta una relación entre las obras de El Cubo y El Resplandor.

El formato de cuento y microcuento encaja adecuadamente con el reino de los sueños, dejando ese sabor de boca que uno siente al despertar: es casi una idea, pero no tanto. Nos convoca y a la vez nos aleja. La sensación es más importante que la noción de coherencia, liberándonos de las ataduras que presenta la literatura. Y muchas veces se trata de un mundo hostil, como cuando llegamos a ese relato que mezcla el cyberpunk y Slayer; un campo de batalla contra nuestros demonios internos. También nos vemos en medio de una noche oscura de Halloween, figuras geométricas y preguntas literarias, músicos fallecidos y ciencia ficción, un misterio literario no resuelto, luces de Navidad que despiertan recuerdos, el surrealismo empapado de nazis, una plaza sin nombre que nos muestra cómo las capas de realidad y sueños se entrelazan, un set de filmación que rompe las barreras del cine, un poeta sospechoso, un sueño de terror y otro abocado al teatro, desencadenando esa preciosa explicación de Goethe para con los personajes: una reflexión profunda sobre la interpretación.

El ambiente a veces ocurre en Chile, mientras que otras veces el mar lo inunda todo con la memoria emotiva del cine, los libros y la música. La sensación de desasosiego se aviva en medio de conversaciones, con inscripciones que dejan pensando, una casona similar a Silent Hill, un páramo postapocalíptico, reflexiones sobre la pérdida, la resolución de nuestras ansiedades a través del pago de una deuda simbólica, cartas de tarot que custodian secretos, una noche de sexo caótico y una habitación llena de símbolos, el doppelgänger de un nombre que nos arroja a la cara la falta de identidad, el tornado como una forma de escape a la ansiedad, un matrimonio inexplicable, la ficción como una escalera de caracol interminable en pleno Valparaíso, un tiroteo en medio de la infancia, un árbol gigantesco y una promesa, la eterna lucha entre sentirse alumno o profesor, el fracaso y la lluvia que no permite descansar, una bruma tóxica y el fantasma de Lenin, una espada corroída por la poesía, la política como un insecto gigante que amenaza a la gente, el insomnio como un infierno y un exceso de realidad.

Los relatos adoptan todas estas formas, dejando a libre interpretación el legado de la lectura, permitiendo que nos acomodemos en el escenario, siempre interesados en la forma y el desenlace. Las proyecciones causan un efecto importante gracias a esta arquitectura lúdica e ingeniosa, recorriendo bares de mala muerte, agujeros insondables, obras clásicas de Edgar Allan Poe, enfermedades que se roban nuestra humanidad, círculos literarios viciados a modo de novela negra, la constante duda entre ser la víctima o el asesino.

Cada tramo y cápsula de relatos tiene una cita que nos ayuda a descifrar lo que vendrá. Parece un trabajo de relojería que, curiosamente, se aleja del tiempo. Que incluso nos amenaza con el plano espacial como plataforma para despertar nuestros peores miedos."

miércoles, 11 de diciembre de 2024

De satanismo y narco devoción: pandemonio hispanoamericano

Un experto en sectas dijo que lo de la decapitación del reo en Concepción, presuntamente, a manos del “Indio Loaiza”, le recordó mucho al crimen cometido por La familia, liderada por Charles Manson, contra Sharon Tate. La brutalidad y sangre fría son similares, aunque el contexto y los motivos son muy distintos. Aquí se trató, según dicen, de un asesinato con características de “ritual satánico”, ya que en la celda había inscripciones de pentagramas y símbolos como el número 666, el “número de la bestia”.

Nada de esto está confirmado. De hecho, muchos niegan que se trate de algo vinculado a una secta criminal. Incluso, se ha afirmado que al “Indio Loaiza”, sencillamente, le entró el “demonio”, pese a su prontuario delictivo. La investigación no ha arrojado todavía ninguna luz suficiente para aclarar este oscuro caso. Sin embargo, el vínculo entre la espiritualidad negativa y el crimen organizado es más estrecho de lo que se cree.

El terreno de lo oscuro está más próximo de lo imaginable y subvierte el límite entre lo ilegal, lo bárbaro y lo profano. Satanismo, brujería, magia negra, canibalismo, son todas prácticas propias de bandas criminales extranjeras. Hay una religiosidad sincrética en el mundo del narco latinoamericano que subvierte las formas y condensa, como en una “alquimia siniestra” el perverso imaginario místico.

Sin ir más lejos, en El Salvador, los Mara, más conocidos como los “Mara Salvatrucha” adoran a la “Santa Muerte” en narco altares, donde son ofrecidos animales y hasta humanos en sacrificio.

En República Dominicana están “Los Trinitarios”, que hicieron de las suyas hace poco por estos lares. Tras su captura, la PDI encontró un verdadero culto lleno de frascos con sangre, simbología satánica y otras ofrendas escabrosas.

En México, por su parte, está el cartel de “Los Caballeros Templarios” (irónico nombre), cartel dedicado de lleno al narcotráfico, al secuestro y a la extorsión para conseguir sus perversos fines, como si fuesen la sombra del espíritu de aquellos bizarros caballeros medievales. Tienen un salvaje rito de iniciación dirigido a los primerizos, que consiste en comerse un corazón humano. Puro canibalismo en los bajos fondos astrales. Barbarie interior.

En Perú, no hace mucho, fue detenida una banda llamada “Los satánicos de la Siberia”. Aparte de drogas, armas y municiones, los policías encontraron intestinos de animales colgando en cables. Se trataba, nada más y nada menos, que del culto a la “Santa Muerte”, tal como lo hacían los Mara.

A este mismo ídolo se encomendaban “Los Lobos”, una banda criminal ecuatoriana que también había abierto sus fauces en Chile. Luego de su detención, se incautaron tampones llenos de ketamina que las mujeres integrantes de la banda usaban para traficar la droga sin ser descubiertas. Uno de los narcotraficantes contaba con un registro en el que, con suma devoción, veneraba a la famosa “Santa Muerte” para pedirle éxito en sus operaciones. ¿No les recuerda eso a la novela La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo?

No es de extrañar entonces, dado este verdadero culto a la muerte, que la imaginería satánica detrás de la decapitación en la cárcel de Concepción tenga algún vínculo con esta faceta macabra del crimen organizado. Muy a pesar nuestro, ha esparcido sus tentáculos mortales en Chile, país del fin del mundo, a vista y paciencia de una fuerza estatal inoperante. El satanismo y la práctica pagana oscura son, en definitiva, una cosa identitaria para estos agentes corruptores, nunca una mera extravagancia.

Surge una batahola de interrogantes que conspira tras la sangre de los hechos. ¿Qué hay detrás de toda esta maldad? ¿Cuál es el trasfondo real de este pandemonio? Nayib Bukele, muy conocido por sus políticas severas, afirmó que la lucha contra el crimen es también, en cierta forma, una “batalla espiritual”, una en la que se procura mantener el sentido de lo humano frente al descalabro moral y valórico, frente a la desviación de la esencia, frente al libertinaje, la impunidad y la subversión de lo correcto, seguida muy de cerca por la relativización y la disolución de ciertos principios básicos que, durante mucho tiempo, fueron el baluarte de la civilización occidental. 

¿Qué queda por hacer, tras la avanzada barbárica que se nos viene encima, causada por los señores en las sombras y por las consecuencias kármicas del propio sistema? Por lo pronto, prepararse para lo peor, comenzar un entrenamiento adecuado y agudizar el espíritu crítico, para no perder la cabeza en el intento.