martes, 30 de enero de 2024

"Recordar quiénes somos. Identidad y Tradición para resistir al Globalismo." Diego Fusaro

En el tiempo de la «noche del mundo» prevalecen, como horizonte único, visiones del ser instaladas en un realismo ingenuo y anegado de altas dosis ideológicas, que disuelven lo posible en lo existente. La ontología impuesta, la funcional a la clase dominante, está centrada en la intransformabilidad del orden de las cosas y, al mismo tiempo, en el primado del hacer técnico, que instrumentaliza los entes con vistas al aumento infinito de la voluntad de poder.

Como hemos intentado mostrar en Idealismo o barbarie (Ed. esp. 2018), la primera revolución consiste en el cambio del marco ontológico de referencia y, específicamente, en la variación del coeficiente de inevitabilidad. A la mística de la necesidad y al absolutismo de la realidad dada, o sea los dos principios ontológicos sobre los que se funda la hegemonía del polo dominante (según el teorema del there is no alternative), es necesario contraponer una ontología de la posibilidad histórica. Esta última debe estar basada en una concepción del ser no como un datum inmodificable, sino como historia y posibilidad, por lo tanto susceptible de transformación mediante el proceso de la praxis subjetiva organizada colectivamente.

De conformidad con la ontología sujeto-objetiva teorizada por el idealismo clásico alemán, el Objeto, lejos de ser res separata a la que el Sujeto debe adaptarse (adaequatio rei et intellectus), está siempre mediado por el Sujeto mismo: fatum non datur. Con la sintaxis hegeliana, es necesario pensar die Substanz als Subjekt, («la Sustancia como Sujeto«), el ser como mediado por el hacer subjetivo. En coherencia con estos fundamentos ontológicos generales, la realidad es un proceso en acto -con Hegel, Wirklichkeit y no Realität– y no coincide con aquello que simplemente “es”: más bien, es la suma de aquello que “es”, de lo que “ha sido” y de lo que, a partir de lo existente y de lo que ya ha sido, “podría ser”. Así, en lo que denominaríamos con Marx el presente «reino de los seres extraños a los que el hombre está subyugado», actuar significa apoyarse en la libre decisión de realizar las posibilidades inacabadas de la propia historia, transformando el pasado en yacimiento de virtualidades que pueden implementarse mediante el encuentro concreto entre la decisión anticipatoria y la praxis transformadora: con las palabras de Heidegger en Ser y Tiempo, «la decisión, que retorna sobre sí misma y se autotransmite, se convierte entonces en la repetición de una posibilidad de existencia transferida», revitalizada y puesta en tensión con el presente en el que se halla.

La repetición del pasado, en consecuencia, no es la ritual celebración de aquello que ya no existe, ni la estéril seducción ejercida por un pasado que se cree que puede volver como ya fue. Es, por el contrario, el gesto activo del transmitir y del rememorar las posibilidades preservadas en aquello que ha sido y que puede incubar múltiples posibilidades para el futuro: die Wiederholung ist die ausdrückliche Überlieferung, das heiBt der Rückgang in Möglichkeiten des dagewesenen Daseins, “la repetición es la transmisión explícita, esto es, el retorno a las posibilidades del ser-ahí-que-ha-sido-ahí”. De nuevo con la sintaxis de Heidegger, el Dasein (“ser ahí”) -tanto del individuo como de los pueblos- es síntesis de las tres dimensiones: del futuro del proyecto, del presente de la decisión y del pasado del origen. Y, recurriendo ahora a Hegel, es portador de la conciencia histórica y de la consciencia de la contradicción como raíz del ser.

Aún cuando sea diferente y, en ocasiones, inconmensurable respecto a la de Ser y Tiempo, la subjetividad puesta en cuestión por Hegel en las páginas de la Fenomenología del Espíritu tiene en común con aquella la temporalidad histórica en su triarticulación, asumida como fundamento mismo del ser en el mundo del hombre. El Sujeto hegeliano es, por su esencia, portador de una conciencia histórica progresiva. Conquista gradualmente la consciencia histórica de sí mismo como sujeto unitario, que se objetiva en la temporalidad según formas cada vez más racionales. Tales formas son, a su vez, concebidas en su auténtica naturaleza sujeto-objetiva de productos históricos, y no de talidad dada y presupuesta.

La concepción de la Sustancia como Sujeto, definida en la Fenomenología del Espíritu, implica que la Totalidad se dé como movimiento del propio desarrollo y que el Concepto se resuelva en la dinámica que lo hace volverse verdaderamente sí mismo; con la Fenomenología, «es el Espíritu mismo el que se mueve: él es el Sujeto del movimiento (er ist das Subjekt der Bewegung) y, a un tiempo, el movimiento mismo, es decir, la Sustancia a través de la cual pasa el Sujeto», que por tanto existe imprescindiblemente en la dimensión del tiempo y del devenir, o sea de su historia. Por eso, precisamente, el Espíritu es tiempo o, como precisa Hegel, erscheint der Geist notwendig in der Zeit, «el Espíritu se manifiesta necesariamente en el tiempo», como autoconciencia procesual y como una serie de objetivaciones prácticas.

Más allá de las evidentes diferencias, tanto el Dasein de Ser y Tiempo como el Sujeto comunitario de la Fenomenología del Espíritu, quedan igualmente “dados de baja” por la lógica de la flexibilización de las identidades coesencial al nuevo espíritu del sistema de las necesidades deseticizado y absoluto. El homo instabilis, cooriginario respecto al nuevo perfil antropológico precarizado, no puede decidir libremente puesto que, cada vez de forma más ostensible, figura como un peón externo y dirigido, considerado del mismo modo que todas las demás mercancías on demand. No tiene, hegelianamente, conciencia histórica y eticidad comunitaria, ni, heideggerianamente, temporalidad proyectual y rememorante. No puede disfrutar de una libre proyectualidad ek-statica dirigida al futuro, condenado como está a la vida precaria que, por su esencia, niega el fundamento mismo de la ek-sistencia como reivindicado trascendimiento del presente para alcanzar futuros deseados.

En fin, el homo instabilis posmoderno se ve privado de la memoria mnéstica y del propio arraigo histórico. La movilidad absoluta a la que está condenado lo vuelve desarraigado y desterritorializado, proyectado en la pura inmanencia ahistórica y aprospectiva del eterno presente flexible, del que es habitante nómada e inestable. Viene así deconstruida una de las bases fundamentales del Dasein, sea individual o colectivo.

El «yo global» del homo instabilis, privado de memoria y de tradición, queda por eso mismo mutilado de alma, si damos por cierto, como San Agustín afirma en sus Confesiones, que sedis animi est in memoria. Al mismo tiempo, se disuelve la esfera de la prospectiva y la dimensión mnéstica, es decir, la capacidad de rememorar la tradición e inspirarse en ella en clave proyectual («el yo es memoria«, recordaba Hegel). Sobrevive solamente la mens instans, como lo llamaba Leibniz, la «mente instantánea» incapaz de rememorar y de proyectar, de pensar y de imaginar, enteramente absorbida en la inmanencia cosificada del cálculo y del know how. La construcción de las identidades de los individuos y de las comunidades se sustenta siempre sobre la estratificación de las experiencias, sobre su sedimentación en la forma de la memoria. No existe identidad cultural en ausencia de memoria histórica. El hombre desarraigado se ve privado de conciencia histórica y vive, con una necesaria falsa conciencia, el tiempo de la acumulación flexible como destino natural y eterno. “La ahistoricidad de la conciencia es la mensajera de un estado estático de la realidad”, como señalara Adorno.

La planificación ek-sistente desaparece y, con ella, es negado por la barbarie tecno-nihilista el humanismo de la civilización clásica, expresado, por ejemplo, en el Brutus (§ 257) de Cicerón: non quantum quisque prosit, sed quanti quisque sit poderandum est.

Se trata, mutatis mutandis, de la misma distinción establecida por Kant, en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785), entre precio y dignidad: aquello que tiene precio -explica Kant– puede ser intercambiado por su equivalente, mientras que lo que no tiene precio, al no tener equivalente, es aquello que posee sólo dignidad.
María Carolina Geel, luego de dispararle a quemarropa a su ex pareja y matarlo, frente al Hotel Crillón, afirmó, tras ser interrogada por su crimen: “Los actos nacen con una”.
Decía Karl Marx: "Nuestra tarea es la crítica despiadada y mucho más contra aparentes amigos que contra enemigos abiertos". Y, al parecer, algunos antiguos amigos de la Universidad, "picaos a soviet", se lo tomaron demasiado en serio. 

lunes, 29 de enero de 2024

María Luisa Bombal: una obra, un crimen (mini artículo)

Cuentan que la escritora María Luisa Bombal protagonizó un baleo en pleno centro de Santiago. Era 27 de enero de 1941. A las 5 de la tarde, la Bombal salió del café del Hotel Crillón, vestida con un elegante vestido blanco de seda. A lo lejos, vio cruzar a su ex amante, Eulogio Sánchez, con otra mujer. “Sinvergüenza”, le gritó. Entonces sacó una Mauser 4 milímetros y le pegó cuatro veces, hiriéndole el brazo, en un frustrado intento de homicidio. Algunos testigos dijeron que después de balear al hombre, la Bombal gritó: "¡Soy la única culpable"!

Años antes, Eulogio habría roto con la Bombal, motivo por el cual ella incluso intentó quitarse la vida con un arma encontrada en el departamento de su propio amado. Mucho después, se enteró que este se casó. Entonces la Bombal, dispuesta a todo, se propuso acabar con él, para vengar su corazón herido. Por este hecho, la escritora fue condenada a cuatro años de cárcel, pero finalmente consiguió ser absuelta, ya que Eulogio retiró los cargos en su contra.

Tras esta calamidad, nunca más volvieron a verse. A la Bombal le preguntaron una infinidad de veces por ese sangriento episodio. Sin embargo, ella siempre se negó a hablar. Siempre dio respuestas vagas hasta callar y guardar silencio de manera definitiva. “Al matarlo, mataba mi mala suerte, mataba mi chuncho”, confesó tiempo después.

En 1947, más de seis años después del balazo a su ex, la Bombal escribió una novela inédita llamada "Casa de niebla". Y se iniciaba con una advertencia: "No habrá asesinato ni asesino, pero sí existirá un crimen". Según dicen, en la novela la protagonista habita una mansión en la que mora un fantasma. El misterio sobre un crimen intenta ser revelado, y ese misterio dice relación con un adulterio que acaba impune.

¿El de su amor? ¿El de su sueño?

¿Será que la Bombal le disparó, en clave onírica, a la literatura realista de la época? ¿No serán las letras una sublimación de sus pasiones y de su crimen?

“¿Por qué es usted tan trágica?”, le preguntó un profesor de francés a una Bombal de 18 años, luego de leer su cuento. "Era la imaginación que se adelantaba a lo que yo era", señaló años más tarde, al recordar la anécdota.

Ella, la "madrina del realismo mágico", "fundadora del gótico", la "madre de todos los escritores latinoamericanos contemporáneos", según Carlos Fuentes, había hecho de la literatura su propia sueño nebuloso y de su escritura un fulminante y despechado disparo contra los esquemas estancos de una realidad ortodoxa.

El psicólogo Daniel Benavente, perito de la Corte de Apelaciones de Valparaíso, hablaba de que, en la actualidad, existen varios “apartheid” simbólicos, consecuencia de una sociedad polarizada que idealiza a unos y devalúa a otros, bajo una lógica tribalista. La falta de matices, el sesgo confirmatorio, la ofensa, la escasez de reflexión, de empatía y de aprendizaje, en síntesis, la ausencia de inteligencia emocional, constituyen síntomas de una enfermedad que se expresa en el plano de la cultura. Así, el sistema límbico promueve el favoritismo; el cerebro reptil, promueve la violencia visceral ante la intolerancia; y el neocórtex, sin su capacidad reflexiva, acaba proyectando una visión bidimensional de la realidad, selectiva. 

Supe sobre las reflexiones del psicólogo en un seminario que dictó llamado "Bomberos Emocionales, el paradigma del Equilibrio Social”. La cuestión esbozada por él entronca perfectamente con la idea de la atomización del individuo en un marco de relaciones cada vez más líquidas como huella de la posmodernidad, aunque también se relaciona con la existencia de grupos con posturas monolíticas, el fenómeno de “barra brava” vivido en lo social durante los períodos álgidos de los procesos políticos chilenos del último tiempo. Se vivenció en carne propia el grito de la “patota” en contra del adversario político, la neutralización del otro en los enfrentamientos discursivos y los ataques personales cada vez que fulgía el disenso legítimo frente a tal o cual tema. 

Me pregunto hasta qué punto este fenómeno analizado de manera certera por un perito tiene un alcance en cada uno de los aspectos de la vida en comunidad y permea inclusive la orgánica misma de las instituciones no solo a nivel nacional, sino que global.
Jon Fosse: “Una persona normal no se pasa la vida escribiendo, no lo haces si estás integrado”

jueves, 25 de enero de 2024

Volví sobre un fragmento a una entrevista hecha a Fabián Casas hace más de trece años y le encontré toda la razón. Sus dichos se complementan con lo que piensa hoy por hoy, es decir, "hay que leer de todo, no ser irrespetuoso con ningún autor o autora". En resumidas cuentas, tomando las propias palabras de Casas, no se puede pretender que tu gusto sea una regla universal, no se puede avanzar espiritual ni técnicamente si se sigue con los prejuicios de no leer a tal o cuales autores, simplemente porque no me simpatizan. Hay una parte de una entrevista reciente que la encontré genial, en donde Casas se explaya sobre William Burroughs, y lo describe como un horror de persona, pero un tipo con una gran inteligencia. Lo acaba asociando con la "derecha psicodélica". En definitiva, un desastre, un gran escritor:


"El protagonista de “Ocio”, al igual que tú, alucina con escritores de derecha, como Céline.

-Los escritores de derecha siempre escriben mejor que los de izquierda. La izquierda es más pedagógica mientras que a la derecha no le importa nada. No es que reivindique sus ideologías, pero su literatura paradójicamente me parece mucho más revolucionaria que la de izquierda.

Ezra Pound, por ejemplo.

-Céline, T. S. Eliot, Pound, todos cracks de la derecha. Cuando chico pensaba que Ezra Pound era mujer. Después me enteré que no, y que era fascista. Eso no me interesa. Prefiero quedarme con todo lo que hizo sobre el lenguaje, su teoría literaria, sus poemas, que me parecen hermosos.

Y de los escritores fachos actuales, ¿tienes alguno predilecto?

-Vargas Llosa me parece un escritor descomunal, un crack, increíble. Y es de ultraderecha. Bolaño también tenía una fascinación por la derecha. Está todo el tiempo escribiendo sobre ella.

La cultura tiende a pensarse como algo que le pertenece más a la izquierda.

-¿Quién piensa eso?

Al menos acá en Chile…

-Pero si en Chile todos los escritores que conozco son de derecha.


¿Por qué lo dices?

-Es un poco irónico. Pero la izquierda siempre intenta ser más didáctica."




Fabián Casas en entrevista [artículo] / Macarena Gallo. The Clinic (Revista : Santiago, Chile)-- no. 406 (ago. 11, 2011)

miércoles, 24 de enero de 2024

La teoría de juegos

La teoría de juegos es una rama de las matemáticas que se ocupa principalmente de la toma de decisiones. Gracias a sus características, se aplica a todo tipo de situaciones en las que se plantea un conflicto donde los contendientes tienen que tomar las decisiones más favorables a sus intereses sin conocer las que tomarán sus adversarios. Es indudable que quienes ejercen el poder en el planeta son adictos a lo que se denomina "juegos de suma cero", en donde siempre hay "un otro" de perdedor. La vida es un juego de suma cero. La vida es un juego en el que siempre habrá un ganador y un perdedor.

Un multiverso imposible (ejercicio de ficción)

Pensé en un multiverso imposible, una línea cronológica sin asidero: Enero 2020. Lanzo mi libro Rinconada. Crónicas del adentro y del afuera en la Feria del Libro de Viña. Luego, el libro se reedita. Todo sigue su curso natural. Los lectores siguen leyendo lo que seguían leyendo. Se continúan lanzando libros en los lugares en que solían lanzarse. Se sigue juntando la gente con aquellos que se solían juntar. Sigue habiendo "mambo" en las calles. La pandemia ocurre, de todas formas.

De pronto, todos desaparecen. Todos se refugian en sus casas. Todo se detiene. Pero algo ha cambiado. El eje geopolítico de fondo ya no es el mismo. Algo los hizo cambiar de parecer. Ya no abogan por cambiar la constitución, sino que por defender la soberanía nacional. Ya no buscan leerle poemas al político de turno, prefieren pegar, libro en mano, un grito en el cielo, por las esquirlas del "estallido".

Intrigado por el fenómeno, investigo, tiempo después, sobre un concepto llamado "globalismo" y leo el libro de un autor llamado Alexander Dugin y su Teoría del Mundo Multipolar. El eje de lucha había cambiado de manera drástica. Bisagra de una nueva década. Nada había sido del todo espontáneo. Había mucho de insurrección política en el asunto. La vida literaria conocida hasta ese momento, se había vuelto, por ende, la proyección de un deseo frustrado por las circunstancias.

Borré la bandera negra de mi imaginario. Boté algunas cartas a la basura. Intenté reescribir la crónica, pero entendí que los recuerdos perseveran, cual fósil prehistórico, en la memoria y, a riesgo de invocarlos, se transforman en la ficción del mañana.
Paradojalmente, criticar al capitalismo y culpar al sistema de todo -arte y literatura mediante- es lo que más vende y lo que está más aceptado entre los exponentes que, confirmada tu postura, te recibirán con los brazos abiertos entre los suyos, a cambio de contactos, carrete, mucho carrete y jugosos beneficios.