martes, 23 de enero de 2018

“El que sea valiente que siga a Parra. Sólo los jóvenes son valientes, sólo los jóvenes tienen el espíritu puro entre los puros. Pero Parra no escribe una poesía juvenil. Parra no escribe sobre la pureza. Sobre el dolor y la soledad sí que escribe; sobre los desafíos inútiles y necesarios; sobre las palabras condenadas a disgregarse así como también la tribu está condenada a disgregarse. Parra escribe como si al día siguiente fuera a ser electrocutado. El poeta mexicano Mario Santiago, hasta donde sé, fue el único que hizo una lectura lúcida de su obra. Los demás sólo hemos visto un meteorito oscuro".
Roberto Bolaño, "Ocho segundos de Nicanor Parra".



lunes, 22 de enero de 2018

El nombre

Entre siestas también se elucubran cosas locas. La de ayer en la tarde tenía que ver con el nombre. Resulta que conversábamos con mi madre y mi hermana sobre ciertos nombres extraños que se ponía la gente. De ahí surgió el problema sobre la elección del nombre y su arbitrariedad rozando el absurdo y el ridículo. (Ponía el caso de un tal “Shakespeare Mozart Armstrong” en honor al dramaturgo, al músico y al astronauta, siendo que esos eran sus apellidos). Cómo era posible que no hubiese filtro y que cualquiera pudiese ponerse el nombre que quisiese, sin perjuicio alguno, pero sin contar con las consecuencias de ese nombre para la vida. En efecto, el nombre civil queda a criterio total de su futuro propietario, y puede de hecho cambiárselo cuando este quiera. Sería un mito el trámite burocrático en torno al hecho del cambio nominal. Hay, sin embargo, cuestiones a considerar: El nombre inicial de cada quien está determinado por la elección de sus padres. De esa forma, ese primer nombre puede prevalecer o bien ser modificado solo una vez cumplida cierta edad o una vez alcanzado cierto discernimiento. Así ese nombre primero quedaría marcado a fuego en el itinerario de quien lo padece. Sería esa su marca simbólica de nacimiento aunque le pese. Aunque se la quitara no cambiaría nada el hecho irrevocable de su maldición. Ponía mi madre el ejemplo práctico de una joven de nombre Guadalupe. Su nombre era exactamente el mismo que su apellido, de modo que resultaba un impasse para cuestiones legales puesto que le preguntaban siempre sobre ese alcance de identidad, dificultando la eficiencia de los trámites que ella llevaría a cabo. Entonces no halló mejor idea que cambiarse ese molesto nombre y ponerse el mismo de su abuelita para acabar con el problema de la homonimia. A pesar de todo, la joven seguiría siendo conocida como la “Lupe” para sus más cercanos. Ese primer nombre sería su rostro, su seña para los otros y el mundo, aunque figure un nombre nuevo en su carnet. En resumidas cuentas: el nombre primero como una marca profunda, algo casi consustancial, pese a su evidente convencionalismo. El segundo nombre emerge siempre en relación a él, como respuesta, reacción o repulsa pero no puede acabar con él ni su influencia porque el primero ya figura enraizado en la carne y en la circunstancia existencial de su sujeto. Finalmente, el dilema nominal: ¿El sujeto tiene un nombre del cual valerse o avergonzarse? ¿O el nombre, su semántica, tiene un sujeto al cual nominar o imprimir un significado ulterior, una ilusión identitaria?

De la grieta de aquel dilema se dejaba ver el sueño de la siesta. Soñaba que mi primer nombre, recargado en demasía de intertexto literario y de simbolismo cristiano, encarnaba de pronto, en algún escenario indescriptible, su doble oscuro. Así como Gabriel significaba ángel mensajero, aludiendo además a García Márquez, y Salvador decía relación con Allende o con la cualidad al uso de aquel ángel, también ese nombre tenía su contraparte negativa. El punto era que esa contraparte cobraba vida, adoptando un cuerpo, un sujeto real, hasta lograr independizarse de su referente original. Como era de suponer, esa contraparte hacía de las suyas a mis espaldas y me suplantaba. No se trataba precisamente del alter ego sino que de otro individuo con características idénticas usando el nombre propio. Llamé a ese individuo, a ese ente siniestro, con el apelativo de El Nombre. Recuerdo que ciertas escenas de la imaginería eran calcadas a lo que ocurría en Possession de Andrej Zulawski. Ahí un joven Sam Neill veía que su doppelganger cobraba vida y se quedaba con su esposa. Lo interesante era que ese doppelganger era una creatura surgida del odio orgánico entre ellos dos, una manifestación del estado enfermo en que se encontraban. A raíz de esa asociación veía, entre brumas, destellos de imágenes, que ese otro yo hacía lo mismo que aquel de Possession. Llamaba a su pareja hasta que mediante algún ardid la volvía a hacer suya. Me veía como simple espectador o tercero impotente, hasta que la pareja reconoce en ambos el mismo rostro y una intervención ambigua sin descifrar. De tal forma, ella cogía un arma y confundida no sabía si disparar a uno o a otro. El nombre dentro de la ensoñación cambiaba tanto que se volvía luego una pura firma ilegible. Alguien, que a lo mejor era la propia chica del arma, trataba de explicar esa firma a un agente en el registro civil. El asunto acababa cuando nos encontrábamos de vuelta, en una habitación desconocida, bajo las sábanas, envueltos, y ella se me acercaba lentamente para susurrarme al oído: say my name. Tras la sombra, seguía conspirando nuevamente El Nombre. Cuando despertaba dentro del propio sueño, ella ya había ido a verlo para cumplir su deseo pervertido, o tal vez todo era tan solo el terror de la soledad y la incomprensión vuelto una expresión grotesca. Nuevamente: ¿Tenemos un nombre que nos pertenece? ¿O somos la mera referencia de un nombre que nos condena y nos fulmina con su mitología? No cabía ya nombre en esa, su zona muda. Todo lo que podíamos decirnos había perdido su significante, y el hecho de llamarnos como solíamos hacerlo ya no hacía ninguna diferencia, solo delineaba a lo largo y ancho de aquella oscuridad onírica una larga e inconmensurable franja de anonimato.
Es raro pero siempre que necesito pensar en algo dejo la radio prendida para tal efecto, y la estación que coincide con el ejercicio oscila entre la Infinita y la Duna. En el silencio o en el ruido cotidiano las ideas o nacen abortadas o derechamente no fluyen. La música incidental colma cierto vacío psicológico, sirve de mantra o bien sugestiona a pensar en algo como efecto rebote o inspiración, aun cuando el sonido se tienda a perder y se confunda la interferencia de la señal con la del propio pensamiento. Al final buscamos ideas como quien busca entre las emisoras el estribillo de alguna canción, algún sencillo o melodía perdida en el ruido blanco del olvido. Estar en sintonía significa aquí estar aún despierto, estar "oreja".

sábado, 20 de enero de 2018

Desde lo dialéctico, pasando por lo pandemónico, lo ominoso, lo fantástico, lo sublime, lo grotesco hasta volver a lo dialéctico, el ejercicio mismo de la crítica y del pensamiento es recursivo. Solo se entiende en ese circunloquio indeterminado, en esos puntos de encuentro y también en esos puntos de fuga.

jueves, 18 de enero de 2018

Le pregunté al vendedor de la disquera Memorie de la galería suiza en Viña, si acaso estaba el No need to argue de los Cranberries. Me vio con cara de "otro más". Replicó que en estos últimos días le habían pedido en caravana discos de Cranberries, solo que no precisamente ese. El que tiene el single Zombie. Un cliente al lado del mostrador también lo quería. Ante la duda y la vacilación de ambos, regodeándose en torno a la posibilidad de comprar o dejar pasar esos discos, el vendedor mencionó que había que llevárselos pronto, puesto que mañana quizá ya no estén. Y lo más probable es que, de acuerdo a la ley de la oferta demanda musical, así efectivamente suceda: que por no llevarse un disco que estaba botado y listo para ser comprado, al otro día ese mismo disco ya haya sido adquirido por otro comprador más entusiasta. El cliente de al lado lo pensó un poco, se dio otro vistazo por la vitrina para sacar la vuelta, y se dirigió al vendedor con una salida media filosófica, argumentando que, al igual como los discos que no se compran en el momento y luego desaparecen sin previo aviso, así también nosotros "nos vamos" sin saber el cuándo ni el porqué. El vendedor se rió tratando de seguirle la onda, medio serio, estupefacto ante la inesperada reflexión, y tal vez -a juzgar por su gesto nervioso- deseando que el bendito cliente se digne alguna vez a comprar el disco que tanto merodea sin efecto. Por mi parte insistía en un vitrineo sin sentido, subrepticio, casi vigilante. Mientras eso ocurría, el cliente aquel se despedía rápido y se iba sin haber comprado disco alguno. Tranzaba eso sí un par de palabras con el loco antes de haberse ido, puesto que al parecer lo conocía de antes. Cuando ya no estaba el compadre, fui con toda resolución a por el disco. Sin embargo, no contaba con que ya se había acabado el efectivo. Le pregunté al vendedor si acaso era posible dejarlo encargado para mañana. Recordando los dichos de aquel comprador frustrado, y su actitud chamullera, miró con el ceño medio fruncido. Hasta que finalmente, contra toda expectativa, cedió. Dejaba el disco encargado, con la condición de que pagase una mínima parte y de que lo retirase pronto "antes de que fuese demasiado tarde". Ante eso, no quedó otra que comentar una anécdota al voleo: el hecho paradójico de que tras la muerte de un artista este venda más que nunca. Un mercado post mortem. "Por eso, mañana venga luego, ya que si no lo hace, puede que el disco ya no esté, o puede que tampoco ninguno de nosotros viva para contarlo". El vendedor tras eso cerró el mostrador y cambió el letrero de la puerta en señal indirecta de despedida.
Apunte al vuelo: En el documental que dieron hoy en El internado, "Araucaria Araucana" de Rémi Rappe y Santiago Serrano, la voz en off de la narración personificaba una especie de "conciencia" del árbol de la Araucaria, llamado originariamente Pehuén. La pregunta inmediata era si acaso esa voz le pertenecía al bosque o a un árbol en particular que hablara por todos los otros. Hiperónimo o metonimia. El realizador respondió que se trataba nada menos que de la "voz de la Araucaria". Señaló además que la idea no la inventaron ellos, sino que la tomaron y la adaptaron de un libro de Daniele Ball Simon, "Pehuen, l'arbre d'un peuple", traducido como Pehuén, el árbol de un pueblo. La voz del árbol del Pehuén sería también, según esta creencia, la voz de la gente que vive al alero del árbol. Y el silencio milenario de aquel árbol sería, consecuentemente, el silencio cómplice de la propia gente.

miércoles, 17 de enero de 2018

Hubo una charla en el Aula Magna de la U de Valpo, sobre los efectos neuronales y psicológicos del LSD y el DMT, ofrecida por el investigador Christopher Timmermann. El compadre habló a grandes rasgos sobre la posibilidad de estudiar científicamente los mecanismos mentales bajo el influjo de aquellas dos sustancias en ambientes controlados. Para ello, Timmermann se refirió a dos experimentos con algunos voluntarios usando magnetoencefalograma y electroencefalograma para investigar su actividad cerebral estando bajo un estado psicodélico. Según el expositor, la posibilidad real de estudiar estos fenómenos sería un paso más en el conocimiento acabado de la conciencia, influido por la búsqueda psicotrópica que data de culturales ancestrales. Nada menos que Francisco Varela apareció mencionado por Timmermann, en un momento de la charla, como un importante referente de lo que sería la "neurofenomenología", la cual tendría relación directa con las sustancias psicodélicas como agentes activos en el estudio de la plasticidad de la mente y en la apertura de la experiencia ligada a la disolución del yo y a la reintegración del organismo vivo con el todo. Cada uno de estos temas se tocaron con sumo entusiasmo en el Aula Magna que, contra todo pronóstico, en pleno jolgorio católico, presentaba hoy un lleno absoluto. Aunque no lo parezca, y aunque a ratos solo le incumba a cierto grupo de iniciados, la ciencia, mejor dicho, el conocimiento científico, aún guarda sus luces y su estrellato.

martes, 16 de enero de 2018

Anécdotas papales: Durante los años 30, el Papa Pío XI adquirió un Mercedes-Benz modelo Nürburg 460 serie W08, del cual dijo que era "una obra maestra de la ingeniería moderna". Años más tarde, aparecería recién el concepto del Papamóvil, cortesía de la línea Ford, y el primer Papa en "bautizar" este vehículo sería el Papa Juan Pablo II. Cuando sufrió el atentado del turco Alí Agca, el Papa iba a bordo de un FIAT Campagnola en la Plaza San Pedro. Fue desde ese momento que todos los papamoviles en adelante serían blindados. El imperio automotriz, siempre a la vanguardia, sería el llamado a encargarse de los contratiempos de la fe.
Soñé que dentro de lo que era el Trafón de Avenida Francia se estrenaba una obra de teatro llamada Duelo. Lo raro es que nunca ocurría, o tal vez nunca alcanzaba a divisarla para su estreno. A su vez, en esa especie de trance oscuro, se iban sucediendo imágenes, imágenes que eran un poco una alegoría de su invisibilidad, o una justificación de su inexistencia. Una tenía que ver con un compadre de un grupo llamado La Purga. Era un loco poeta y performista que conocía hace tiempo. Estaba con él en las afueras de alguna plaza desconocida. Bebíamos como diablos, hasta que en una el loco sacó un papelillo, uno que luego se hacía grande y se confundía con una hoja, y luego con un suplemento. Su contenido también era ilegible. Solo él lo alcanzaba a leer. Hasta que terminaba, lo enrollaba y luego lo fumaba. Una luz súbita amenazaba en una esquina de la plaza. El sentimiento de paranoia nos invadía, difuminando de paso la escena completa. Después la imagen acontecía en una sala de clases vacía. Una sala universitaria. Estaba la misma silueta de aquel compadre de La Purga, solo que cabizbajo escribiendo en un cuaderno unos garabatos incorregibles. A medida que iba escribiendo se abría una entrada al fondo del pizarrón. Con solo mirar allí la sensación era la de una zambullida en un agujero negro. Una entrada intradimensional, o quizá solo una manifestación paranormal producto de alguna maquinación. El interior del pizarrón tenía un contorno y una inspiración lovecraftiana, porque a través de ella solo se podía percibir un miedo primigenio. Ya mirando en ese abismo, la cuestión se transportaba y sucedía luego en una casa. Estaba decorada de tal forma que todo parecía un velorio. Se veían globos negros que daban la impresión de algún luto o de algún aniversario paradójico. Cruelmente paradójico. Corrían para todos lados unos niños inquietos. Bajaban de manera parsimoniosa unos invitados a los cuales no se les distinguía la faz. Salían a su vez a un pasillo para ir hacia el antejardín de la casa. Allí mismo se reunían todos en una pura masa, sin dejar ver a quien rodeaban. Entre medio del gentío, al rato después, se podía ver a una chica extraña, sentada en una silla, que identificaba en ese transcurso con una ex compañera del colegio que había sufrido una serie de crisis depresivas. A pesar de su evidente tristeza, aún conservaba la belleza de aquellos años. Cuando ella comenzaba a levantarse de la silla, un silencio profundo de repente lo invadía todo. Hasta que mira de súbito al cielo, y se escucha de fondo un estribillo de The Cranberries. La voz no era la de Dolores, sino que la de una mujer. Todos miran hacia el interior de la casa. A un costado de la entrada estaba la mujer intérprete, de riguroso negro y a su lado, el compadre del grupo La Purga, tocando la guitarra. Cuando el tema de los Cranberries llegaba a su clímax, el cielo se veía nublado, de estricto color gris. Nadie aplaudía. Todos sin embargo seguían a la chica extraña en sus ademanes. En ese momento, la obra ya estaba a punto de acabar. Al igual que el sueño. Una vez despierto, lo único que conseguía asociar fueron algunas líneas de Dolores O Riordan. Las líneas iniciales de su tema Dreams. La cortina de la ventana de la pieza, ensombrecida con el cielo opaco, asemejaba la caída del telón de fondo.

lunes, 15 de enero de 2018