domingo, 22 de enero de 2017

Una amiga dice haber visto el libro de Hola soy Germán en la feria de Valpo. Luego de encontrarlo, afirma que si un youtuber fue capaz de escribir un libro, entonces ella podría perfectamente actualizar su blog, publicar lo que escribe allí y hacerse famosa. El punto en el fondo es que cómo un libro tan malo puede ser tan vendido. Eso puede explicarse fácilmente, en realidad, bajo dos puntos: Uno, que hoy más que nunca cualquiera puede publicar algo teniendo determinada comunidad lectora. Y dos, que a causa de esa posibilidad el valor de una sola publicación resulta más relativo que nunca, entre el universo de publicaciones existentes. El caso del libro del youtuber sería, de ese modo, un caso paradigmático. Una rara avis en los anales de la literatura virtual.

viernes, 20 de enero de 2017

Gombrowicz veía en el contradecirse un movimiento genuinamente más creativo que el apego a una lógica implacable. En el diario y en la novela desplegaba un universo de ficción que le abría paso a la ironía, al desencanto, a la vulgaridad, pero también a la constatación de un trasfondo trágico. La radiografía de un espíritu paradójico. Es el legado que hereda del dadaísmo, padrino de la revuelta del lenguaje contra la literatura institucional. En eso reflexiono luego de haber hojeado a la rápida, en la feria del libro, una de las novelas desconocidas del autor, titulada "Pornografía". Según contaba el estudio de esa edición, el nombre había sido cambiado luego por "La seducción", mucho más sugerente y menos explícito. Inauditamente, el título acabó gustándole al propio Gombrowicz, siendo que en su juventud la obra versaba precisamente sobre una sátira política, a todas luces, pornográfica. Una anécdota similar consabida le ocurrió a Bolaño con su antigua "Tormenta de mierda", modificada luego, por razones editoriales, y gracias a un amigo mexicano, como "Nocturno de Chile", nombre mucho más poético y menos escatológico. Ambos, Gombrowicz y Bolaño, eligieron el título descafeinado de sus obras, en el fondo, por una necesidad lectora, si se quiere, económica, más que por un cambio de su esencia, siempre sarcástica y paradojal. Un fenómeno que podría tacharse de políticamente correcto en realidad ocurría por motivos estético-narrativos. La contradicción entre las intenciones del escritor y las expectativas del lector siempre resulta vital. En términos narrativos es el caldo de cultivo para relecturas, tachaduras, omisiones. El Gombrowicz y el Bolaño inéditos, permanecían, de ese modo, igualmente feroces, inclasificables, para el exigente y voraz predio literario, porque, como el propio Gombrowicz señalaba, en su Testamento: "la contradicción, que supone la muerte del filósofo, es la vida del artista".

La broma infinita

Intento dar con La broma infinita de David Foster Wallace en la feria del libro de Viña. En un puesto tienen en cambio su biografía: "Todas las historias de amor son historias de fantasmas". Tentador título pero paso. Prosigo hacia el siguiente stand en busca de la próxima referencia intertextual, de la próxima coincidencia tragicómica.

jueves, 19 de enero de 2017

La gran pregunta del diletante contemporáneo: *¿Cómo compatibilizar el tiempo para el trabajo con el tiempo para el ocio? Se supone que las vacaciones están hechas para compensar el tiempo que dedicamos a sobrevivir. Ese tiempo para el ocio suele verse como un lapsus dentro del orden establecido. Por lo mismo, se ve con recelo a aquellos que tienen demasiado tiempo libre. Pareciera que estar ocupado conllevara cierta carga de nobleza. El estar desocupado, el contar con demasiada libertad de acción, en cambio, posee de forma irremediable un matiz peligroso, incluso vergonzoso. Se pone en evidencia, por ejemplo, cuando elegimos entre una distracción evasiva o un panorama, digamos, "más constructivo". De acuerdo a esa elección moral, todo lo que uno hace o deja de hacer debería poder contribuir al trabajo o al ocio de otro. Se está libre siempre y cuando ese ocio no sea asumido como condición, sino que como circunstancia, como tiempo en economía para la sociedad. Así, el dilema clásico queda nuevamente formulado: ¿Vivir para trabajar? o ¿Trabajar para vivir? Bertrand Russell en su Elogio a la ociosidad planteaba algo interesante: la resignificación del ocio, lejos del estigma de inutilidad ignominiosa, entendido como el tiempo para el cultivo de uno mismo, aunque eso implique solo encerrarse a leer, o, por el contrario, viajar a Machu Pichu o al Himalaya en alguna especie de búsqueda extravagante. Por otro parte, Bob Black en su Abolición del trabajo, proponía algo radical: romper con la idea del trabajo como dinámica de sobrevivencia, y sencillamente convertirlo en la fuerza productiva necesaria para la realización personal. Lo que sucede en el fondo es que el trabajo, de acuerdo a nuestro actual evangelio, se ha vuelto prácticamente la voluntad de espíritu del hombre moderno, a tal punto que este no puede llegar a concebir otra vida que no sea una vida llena de trabajo en pos de una retribución o una idea de futuro. Toda la lucha contra el sistema apuntaría entonces hacia esa vereda remota: la posibilidad de que la fuerza de trabajo sea alguna vez liberada del yugo del salario, y de que el ocio sea revalorizado, por fin, como el tiempo legítimo para la manifestación de la cultura con todas sus luces y sombras. Suena fácil leído en palabras, pero el trecho hacia la realidad, su dilatación, su postergación, es aquello en lo que se podría resumir toda la historia conocida.

* Se podría preguntar lo mismo en relación a la escritura como expresión del ocio más profundo, aunque también, a su manera, en cuanto trabajo, un verdugo interior que somete y demanda.
Se puede vislumbrar en el actual Werner Herzog un esfuerzo por volverse un documentalista del espíritu humano. En los documentales que ha hecho ahora último ahonda en sus misterios, sus recovecos, su magma interior. Como buen Herzog no deja de preconizar un declive, un inminente desastre, pasando por el miedo a sucumbir frente a las fuerzas naturales, hasta llegar a la realidad de la incomunicación en nuestra paradójica era. Me pregunto qué será lo que sigue. El documental se ha vuelto su propia y personal sinfonía del caos.

La lectora de Osho y la de Foucault

La situación es la siguiente: una chica en la Feria del libro de Viña levanta un libro de Osho "Aprender a amar". Mientras tanto, uno mismo a un costado, intentando buscar más ediciones de novelas de Anagrama. La chica no lucía del todo imbuida en la hojeada del libro. Se intuía su interés creciente por la temática más que por la obra misma. Sin otra evidencia que el hecho, se podría especular que el amar en sí mismo convoca la atención literaria femenina. Sumado a la temporada de verano y el libre y florido intercambio de ideas. En el momento que acudo a la zona de los libros de autoayuda, la chica parece dejar a un lado su Osho. Se anima ahora hacia un clásico: "El libro de los secretos". Hay quizá en la literatura de estos gurúes un magnetismo subestimado, pensé entre mí, mientras la chica en cuestión se disponía a guardar la cámara digital que llevaba en un morral con motivos artesanales. Más allá, se le ve saludar a unas amigas que compartían con ella.

En otro stand cercano al de la chica de Osho, otra joven se ve concentrada en la lectura de un libro gordo. A simple vista, se le veía sola. Me acerco a revisar las ediciones. El libro era nada menos que "El gobierno de sí y de los otros" de Foucault. A diferencia de la chica de Osho, esta otra sí se veía imbuida en la lectura. Tanto así que pareció que toda la feria del libro a su alrededor se abstraía, no importándole interrumpir el paso de los feriantes ni el propio interés del resto de los lectores. La joven, con un sexto sentido, por supuesto que sí advirtió mi presencia. Aún así, no le importó. Siguió en su gobierno de sí y de los otros, completamente segura de su acto solitario, de su pura identidad centrípeta. Cuando hubo terminada su lectura, vio que estaba agarrando La hermenéutica del sujeto. Una vez que termino de hojear el libro, lo agarra ella. Casi en un acto reflejo, lo aprieta como agradeciendo que esté en sus manos. Entonces se da la vuelta y desata de nuevo su lectura profunda.

El aprender a amar de la chica del principio, y El gobierno de sí y de los otros de la última. Casi se podría establecer una extraña continuidad entre ambas lectoras. Entre el amar y el gobernar. Sin embargo, se aprecia una diferencia radical entre el motivo amoroso y la lectura rápida de la primera, y el motivo filosófico y la lectura centrípeta, completamente alucinante, de la segunda. Cada una por sí sola es un universo literario andante, pero con la segunda fue posible sentir una soledad magnética, que parece estar evadiendo a los otros, pero que en realidad los está gobernando, haciéndolos parte de su imaginario lector. La que estaba haciendo la verdadera hermenéutica en el fondo era ella. Uno mismo acabó siendo solo un sujeto más -quizá ficticio- dentro su inusitada lectura. Un voyerista inventado. Un otro indeseable, persistente, aunque necesario para su ejercicio

miércoles, 18 de enero de 2017

Paseo por la feria del libro. Leo la programación. Resulta a ratos extenuante la gran cantidad de libros que se lanzan casi como por virtud de la temporada. En un esfuerzo titánico por levantar voces desde el fango mismo de la sociedad. Una preocupación a ratos estoica por elevar figuras contra todo pronóstico. Cada uno de los pequeños escritores de la Región, primero anónimos, luego reconocidos, vislumbrando el aplauso, la fama, luego el placer de la auto reproducción. Lo pienso justo en el momento que leo La conjura de necios de John Kennedy Toole. El escritor fracasado, inédito en vida, con su único manuscrito bajo el brazo como garantía de existencia. Golpeando mil puertas sin ser escuchado ni mucho menos leído. Solo su muerte posibilitó, paradójicamente, su supervivencia en el tiempo. La vida, la literatura, le jugaron una broma negra. Beckett hablaba del fracaso como método. En Toole el fracaso pasó de circunstancia a condición. Pero claro, se debe tener la maestría, y por supuesto, el coraje suficiente para pasar del antro del fracaso al podio de la posteridad. Cuántos Kennedy Toole latentes todavía podrán estar pululando de forma incógnita, visitando los espacios en donde se debaten orgiásticamente consagrados y aspirantes. A veces solo hace falta un arranque de página, o, derechamente, un salto al vacío, para que la obra, hecha de tinta y de tripas, acabe en el stand de una feria hipotética y sea hojeada suavemente por las manos de alguna musa del futuro. Un destino deseable, pero claro, sin garantías, como todo lo bello.

Kintsugi

En uno de los capítulos de The man in the high castle mencionan el concepto japonés del Kintsugi. Proviene de la cerámica, y consiste en la reparación de objetos fracturados con barniz espolvoreado en oro o plata. Lo relevante es que esa técnica se fundamenta en el embellecimiento de las fracturas y no en su eliminación. El arte y la filosofía del Kintsugi reside precisamente en dignificar las fracturas como parte de la historia del objeto. En el capítulo aquel, el Kintsugi era la gran metáfora para entender la contingencia y el espíritu de los personajes. Un ex agente nazi con dilemas existenciales, una ex miembro de la Resistencia perseguida por su antiguo bando, un líder nazi preocupado por su familia, un ministro de comercio japonés en busca de un centro espiritual, hacia sus raíces o sencillamente hacia la verdad. Todos parecen ser personajes quebrados emocionalmente por el yugo del devenir histórico. Siempre queriendo encontrar una respuesta a sus heridas, abiertas a causa de la inclemente realidad. Cada una de sus acciones parece ser la resina que utilizan no tanto para ocultarlas, sino que para exhibirlas como heridas de guerra. Lo que los hace frágiles es lo que los hace, a fin de cuentas, dignos de representación. Reflexiono sobre este concepto, Kintsugi, radicalmente distinto al concepto de Occidente, que desecha todo aquello que presenta fracturas como inservible, inútil, e imaginé de pronto una antología ambiciosa sobre el Kintsugi en la literatura, una historia del embellecimiento de la herida. Casi de inmediato pensé en Paul Auster y Alejandra Pizarnik, dos grandes conjuradores de la herida literaria. Sin siquiera sospecharlo, dos grandes maestros del Kintsugi. El proyecto tendría por epígrafe lo siguiente: "Escribir un poema es reparar la herida fundamental. La desgarradura. Porque todos estamos heridos".


martes, 17 de enero de 2017

El escritor del metro.

Noticia del día en Argentina: "Trabajador del metro gana premio de literatura". El escritor en cuestión, apodado "el escritor del subte", se aboca a su pasión por la novela negra. Será porque los túneles opacos, las máquinas frías, el gentío desaforado, su excesiva circulación, vuelven el misterio y el suspenso un tópico ineludible. En una entrevista, con total resolución, señala que: "En un universo que está siempre superpoblado, yo llego después de la fiesta". Los escritores como los que siempre parecen estar llegando tarde, a destiempo de la fiesta civilizadora pero justo a tiempo para atestiguar el vacío, el desmadre.

La existencia del "escritor del subte" reabre el debate sobre qué es o qué debe ser un escritor ¿Un simple mortal que escribe, sin otra profesión? ¿Un asalariado que dedica sus horas de ocio a la escritura? ¿Un sujeto x que participa de actividades literarias? ¿Solo un performista bohemio que hace como que escribe y frecuenta los círculos? ¿Un acomodado que tiene su puesto en la academia o en los medios periodísticos? ¿Una personalidad extravagante que se hunde en un mar de libros? ¿Un trabajador del metro que apuesta por una obsesión, o el sujeto anónimo que se sube al metro y anota unos apuntes misteriosos?

Todo eso junto, o cada cosa por sí sola. Como sea, el escritor puede llegar a ser perfectamente un paranoico que capta las últimas señas de la realidad, o un verdadero conjurador de fantasmas.

El Hada verde

En el bar Verde Absenta de Valpo, ayer. Nunca antes había entrado. Por cierto, un espacio como una casa antigua, de verde iluminación, con un par de cuartos, en los cuales aparecen colgadas las figuras de Baudelaire y Jack London, conocidos bebedores de absenta. Se dice que el trago fue creado en Suiza por allá por el siglo XVIII, por un doctor llamado Pierre Ordinaire, quien huyendo de la Revolución Francesa elabora este elixir. Nació de un exiliado de la revolución, para acabar como la bebida propia de los románticos alucinantes.

Con un amigo y otro más conversábamos respecto a la fama maldita de la verde bebida de ajenjo. El amigo aclaraba que su supuesto efecto alucinógeno no era tal, y que solo era por su gradación alcohólica. Recordaba también la vieja historia de que Verlaine, estando bajo los efectos del licor, disparó a Rimbaud a quemarropa. Y también que Van Gogh se cortó la oreja para entregársela a una prostituta, estando bajo el influjo del "Hada verde". Según el amigo, habitual bebedor de absenta en sus "años mozo", decía que hay diferentes tipos, dependiendo de cuán fuerte pueda ser su efecto embriagador. El primero de ellos era el Mojo Rising, el más amable y menos peligroso de los absenta.

Ayer el compadre se sirvió apenas dos vasos de ese. Contaba que antaño se fue en curadera de absenta, y agarró una extraña manía persecutoria, que lo pilló a él arrancando por la calle Salvador Donoso hacia Bellavista, hasta sufrir un atropello por cruzar en roja. Dice que la sacó barata, y que si no fuera por quien lo apañaba aquella vez no la estaría contando. Otra anécdota de un amigo suyo, que ahora no recuerdo del todo,-quizá por el propio efecto descontrolado del absenta- tiene relación con una supuesta visión que tuvo, luego de una ceremonia con el licor verde. En esa visión se dio cuenta que su muerte tenía fecha delimitada. Que todo lo que viviría de ahí en adelante era una preparación para ese momento sagrado. De lucidez y de destrucción. Aunque también de edificación. Por lo cual viviría abocado de forma resuelta al amor que profesaba por una mujer. Es raro, porque el propio amigo aquel aclaraba hace un rato que era un mito la propiedad psicotrópica del absenta. Que su cualidad de revelación psicológica era una mezcla entre sugestión mental y alta gradación etílica. En conjunto con las propiedades herbales, naturales, originarias de la infusión.

Como sea, la primera experiencia con la bebida, a pesar de solo consumir cerveza y Mojo Rising, habla de que la leyenda maldita del absenta no se remite solo a su imaginario bohemio parisino. Y que el puerto también inaugura un antro clandestino para rendir honores, sacrificios, a su propia manifestación del "Hada verde". Cuántas historias, maldiciones, mitologías descansando en el fondo de la copa. Verdes como la ilusión de su naturaleza. Delirantes hasta el punto de la realidad. Aquello solo se podrá saber brindando hasta morir. Porque, recordando las palabras de Oscar Wilde: “Después del primer vaso, uno ve las cosas como le gustaría que fuesen. Después del segundo, uno ve las cosas que no existen. Finalmente, uno acaba viendo las cosas tal y como son, y eso es lo más horrible que puede ocurrir”.

A propósito, al salir del Verde Absenta, veo hacia la figura de Baudelaire a un costado de la barra. Su rostro parecía verde por efecto de la iluminación, o simplemente por efecto de la bebida o de la poesía. En la televisión se deja ver el rostro de Gary Oldman, peligrosamente idéntico al poeta francés. Parecía susurrarnos luego de brindar con el exilir, temiendo que el próximo paso fuese el de la locura más cuerda o solo el del imposible regreso al origen.


"El bebedor de absenta" Viktor Oliva, 1901.