martes, 12 de julio de 2016

Cine de terror

Me pegué anoche una maratón de cine de terror. La última que vi (incompleta) fue la tercera de la trilogía El Cubo. La precuela. Un desacierto explicar el origen del Cubo, sus creadores y su propósito. La brillantez de la primera reside precisamente en su escasez de recursos, su atmósfera claustrofóbica, su trama kafkiana, su falta de respuestas. La falta de miedo, siquiera de tensión, me pilla durmiendo. Sueño luego un extraño sueño sobre El resplandor. Despierto con la imagen del hotel Overlook en una cascada de sangre. La figura psicótica del escritor, encarnada en Jack Torrance. Entre líneas pienso un pensamiento de sueño: el hotel representa el vacío del mundo, el río de sangre el deseo de poder, la nieve del exterior la realidad, y el laberinto la propia mente.

lunes, 11 de julio de 2016

Me acuerdo de una vez en un café, en la pantalla de video transmitiendo el video de The Romantics del clásico Talking in your sleep. Un tipo de aspecto flaite a mi lado, con su vaso de cerveza a medio servir, extrañamente tranquilo, absorto en la pantalla viendo el video, obnubilado quizá por esa música y esa onda (y por una mezcla de otra sustancia anterior) tan fuera de su habitual esquema mental. Pese a eso, su atención al video le hacía ver que hay otra clase de “onda” distinta a sus influencias, aunque, en el fondo, le produjese rechazo automático, como Alex ante el método Ludovico en la Naranja Mecánica, con los ojos sometidos a mantenerse abiertos y ver un poco de ultraviolencia. En el video, los tipos blanquitos con sus chaquetas de cuero, sus peinados ochenteros, letras románticas y mujeres danzantes. Le hacía ver a nuestro solitario amigo flaite que no todo era reggaetón y que no solo ellos, los de su tribu, tienen el monopolio de la actitud y la seducción. Las minas del café, a nuestro alrededor, vacilando la música pero con un aire de obligación, de inercia, no prendieron con esa vieja agrupación gringa, pero, en cambio, sí mostraron interés por los absortos. Susurraban palabras al oído como para mantener el suspenso. Entonces nuestro misterioso camarada se levanta e invita a una de las chicas, sin mayor preámbulo. Por supuesto, cuando eso sucede, cambian la música. Entiende que la fiesta de la globalización está al alcance de todos, pero que se requiere de la dosis precisa de oído, ritmo y contexto para estar a tono. Solo entonces, sin ninguna clase de garantía, con puro arrojo, comienza lo bueno y desconocido.

El correo

Una alumna por correo me ha enviado ya tres mensajes de auxilio pidiendo la remota posibilidad de subir su nota si le mandaba a realizar un trabajo. Una parte de mí (la parte seria, que nunca descansa) siente cierto orgullo por su conducta y su preocupación, nunca antes vista en chicas que generalmente viven de acuerdo al dictamen de la desidia y la insignificancia. La otra parte (la parte cínica, la que está de vacaciones) hace caso omiso del envío y piensa mentalmente que todo lo referente a la pedagogía debe quedar en el olvido durante dos semanas. Casi como si se pudiese tener memoria selectiva y suspender de tu realidad cualquier recuerdo referente al trabajo. Pero no se puede. La gracia del trabajo consiste precisamente en su insistencia, en quedar a fuego en la memoria a pesar de haber creído escapar de él por un tiempo. Es su cualidad kafkiana la que lo hace propiamente un trabajo. Tanto que inclusive he llegado a pensar en cobrar por cada palabra escrita con motivo de trabajo dentro del lapso de vacaciones. Sin embargo, la insistencia de la joven en su mensaje escrito me llega a producir ternura y un poco de pena, por el simple hecho de que se trata del primer correo propiamente humano (y femenino) en meses. Por puro ocio y devoción a la palabra, entonces, me dedicaré a cranear una respuesta.

En relación al posteo de Nelsón Parra en Facebook donde suplica por una relación sentimental femenina.

Existe cierto imaginario social que, paradójicamente, dentro de una sociedad gregaria, discrimina más al hombre perdedor en ese ámbito. Simplemente no se concibe a un hombre solo (en el sentido amoroso sexual) sin un dejo de sospecha. Resulta incluso algo vergonzoso. La soledad sigue siendo tema tabú (y lo seguirá siendo), a pesar de la ilusión de mayor independencia de nuestros tiempos.

domingo, 10 de julio de 2016

Lo único que de verdad he escrito últimamente han sido libros de clases. Nada extra pedagógico que resulte realmente provechoso, puramente anotaciones, leccionarios, planificaciones, etc, todos géneros textuales que aborrezco, a excepción de una que otra frase al voleo. Eso es todo, por ahora. No me culpen, es fin de semestre. Dirán que son excusas, pero mentalmente no se deja de escribir. Es solo que la pedagogía ha monopolizado las ideas. Y temo que llegue también a monopolizar la vida.

sábado, 9 de julio de 2016

Sondas

Resulta inquietante cómo los acontecimientos pasan ante ti a lo lejos como olas gigantescas que apenas tocan las orillas de nuestro metro cuadrado cuando estamos demasiado inmersos en nuestra parcela de realidad, en lo que llamamos nuestro mundo, nuestro esquema muy acotado de obligaciones, placeres y responsabilidades. Por ejemplo, no había tenido idea en toda esta semana de la entrada de la sonda espacial Juno en la órbita de Júpiter, hazaña que la Nasa da a conocer por los medios de comunicación como un hito de interés mundial. Estamos tan inmersos en nuestra propia isla sin orillas que a ratos nuestro concepto de mundo se reduce a nuestros pasos y nuestras palabras. Todo lo que sucede a nuestro alrededor y muy afuera de nosotros es la parte de la realidad que divisamos como expectativa u horizonte. Nada parece cambiar con la llegada de la sonda a esa órbita tan lejana, seguimos al parecer más unidos que nunca a nosotros mismos. Seguimos creyendo caminar hacia un punto fijo en el universo y nuestra vida, de vuelta hacia lo que creemos nuestro hogar, mientras el cosmos arriba sigue desatando su fiesta sin fin. No hemos cambiado tanto después de todo, porque arrojamos sondas cada vez más ambiciosas hacia los otros, con nombre de promesa o poder, buscando que orbiten alrededor con la esperanza de la comunicación o. en última instancia, la mera reflexión.

miércoles, 6 de julio de 2016

Esa sensación de poder cuando los estudiantes se acercan suplicantes ante la intuición del fin del semestre, no tiene precio.... Pero también es la sensación de cargar con un peso doble al del resto de los días. El karma es sabio.

martes, 5 de julio de 2016

Kafka

Lo genial de Kafka era que en su obra jamás explica ningún por qué. En la metamorfosis, por ejemplo, jamás se explica por qué cresta Gregorio Samsa amanece de un día para otro convertido en un monstruoso insecto. Y lo que es mejor aún, así acaba hasta el final de sus días y tampoco logra volver a su estado natural. Lo kafkiano trata precisamente de esa falta de explicación, y las consecuencias que acarrea, y cómo a su alrededor tienen que sobrellevar esa incomprensión y esa fatalidad. El por qué en realidad se devuelve teledirigido hacia el lector. Quizá ser un insecto no sea tan distinto de ser un humano. Quizá la respuesta al por qué no haga, después de todo, ninguna diferencia.

lunes, 4 de julio de 2016

Cafés

En la mañana pensé que un lugar de trabajo que no contara con café no podría ser digno para trabajar. Si esa sola condición no se presenta, debería renunciar de inmediato. En realidad, a cualquier lugar que no cuente con servicio de café no podría ser bienvenido. Aunque la paga no sea mucha, ni el ambiente laboral muy dinámico, donde trabajo sí hay café, y eso ya es suficiente. Incluso bastante. Dentro de nuestra febril sociedad, existen sin embargo otras instancias de reunión: el cyber café, el café literario y el café con piernas. En cada uno de ellos, tristemente, escasea el café. En el cyber café se trataba de un lugar que servía de cafetería pero que además contaba con acceso a internet. Entonces, el internet era más bien un suplemento a la reunión en torno a la ingesta de café. Hoy únicamente se le llama cyber, puesto que se ha invertido la situación: el internet es el motivo central de la reunión. El cyber ahora es solamente un antro lleno de idiotas conectados a la pantalla y pagando por unos cuantos minutos de conexión, como si en eso se les fuese la vida. En el caso del café literario, la excusa es propiamente hablar sobre temas que solo atañen a ciertos personajes snob, que divagan y reflexionan sobre literatura y, a veces, sobre política (como si fuesen lo mismo). Un compadre hablaba de ellos como los "jactosos"; otra amiga les llamaba "los lateros", aunque el sentido de café, del digno café, no debiera pervertirse solo por su existencia. De las tres quizá esta modalidad de café es la original: simplemente la diletancia de la conversación y, a ratos, el capricho de querer cambiar el mundo, sin un plan definido, solo de acuerdo al dictamen de la bebida y la efervescencia del momento. Del café con piernas digo que es algo absolutamente genuino, no solo por la sensualidad de las chicas que atienden, sino que por una suerte de metamorfosis tan propia de nuestro espíritu: desde un concepto de after hour empresarial, donde los tipos de alta alcurnia de Santiago simplemente se tomaban un café atendidos por señoritas, hacia una mezcla mucho más clandestina y provinciana de cabaret y pub, donde incluso se puede pagar por ciertos servicios más "personales". En estos, muy a mi pesar, también escasea el café y, en cambio, abunda la ingesta de alcohol, sustancias duras, y, por supuesto, las feromonas. Tampoco me considero un cliente exigente, pero sería bueno recuperar el gusto por aquella enérgica bebida, no solo por su cualidad revitalizante, sino que por la extraña vida que la circunda. Por ese estilo secreto, por ese toque de dandismo en una atmósfera excesiva. Partir por ignorar la sobriedad de la pantalla, e inyectarse a través de reuniones de camaradería. No solo pensar en el coffee break como un alto en el que la multitud respira después de horas de sofocante labia, cada vez que esa multitud de poetas, literatos o académicos (a ratos los mismos) se reúnen por motivos personalísimos. Sino que pensar en el coffee break como el contrapunto de la experiencia. Y agregar algo de elegancia insomne a aquellos bizarros antros de calentura, brindando, a propósito del frío de invierno, por la belleza y también por la oscuridad de la noche, oscura, a ratos amarga, como el propio café.

Gary King hasta El Fin del Mundo.


Existen pocas comedias de las cuales suelo desentrañar un pensamiento serio sobre el mundo y sus individuos. Alguna que otra de Woody Allen en el existencialismo romántico de Annie Hall, o el ya clásico humor inglés de Monty Python y el Sentido de la Vida. Eso me sucede con la película de Edgar Wright, The World End (2013), la tercera que pretende el cierre de una trilogía. El contexto y la temática podrían parecer banales: la parodización del género de ciencia ficción mediante la puesta en escena de un escenario hilarante y de personajes disímiles. Pero debajo de esa parodia subyace una trama única: la reunión de camaradería de un grupo de cinco viejos amigos, todos reunidos con el motivo de recorrer en el pueblo de su adolescencia una ruta de excesos que había quedado inconclusa desde hace antaño, conocida por ellos como "la milla dorada". El anfitrión del grupo es conocido como Gary King, una especie de enfant terrible, de Peter Punk, de viejo verde, de eterno adolescente, aferrado todavía a sus años de juventud, desempleado, libre de compromisos y con el único propósito en la vida de emborracharse y pasarlo bien, recordando los años que para él fueron los únicos que valieron la pena en su existencia. Sus camaradas, por supuesto, no comparten para nada su filosofía: todos han logrado, como se dice, “surgir” en la vida, contando con familia formada, casa propia, trabajo estable, dinero, una vida más o menos predecible, aunque algo monótona. A través de extorsiones, nuestro anti héroe logra convencer a sus reticentes amigos de volver a juntarse y recorrer la vieja milla dorada, porque según sus propias palabras “la edad no tiene por qué interferir en algo tan importante como la amistad”. Sus amigos se sorprenden de ver al mismo Gary de hace más de veinte años, envejecido pero en el fondo sin un cambio sustancial. Es a través de ese recorrido alcohólico de regreso al pueblo de su juventud que los amigos de Gary se van sincerando y van abriendo sus llagas al son de la nostalgia y la cerveza. Sin embargo, la personalidad impredecible de Gary los vuelve escépticos respecto al destino y al sentido de la ruta. Comienzan a extrañar su casa, sus hijos, recuerdan el trabajo, alguno que otro rollo personal. Sobretodo Andy, el mejor amigo de Gary, pero a la vez, el más centrado y reticente a la locura. (Andy le replicaba a su amigo: "Tú recuerdas los viernes por las noches; yo los lunes por la mañana").

Cuando Gary se levanta de la mesa del cuarto pub, y les reprocha a sus amigos estar celosos de su libertad (aún sin saber realmente qué hacer con ella) comienza el punto de inflexión. Descubren que el pueblo ya no es el mismo. Que todo se ha ido del carajo, no porque ellos hayan cambiado. O en verdad sí. Pero se dan cuenta que están rodeados de robots que buscan reemplazar a la humanidad completa para propósitos mayores. Es ahí que comienza la odisea para desentrañar la verdad sobre el lugar, sobre lo que está ocurriendo y en realidad sobre ellos mismos. Gary King, siempre poseedor de la verdad, acaba convenciendo a sus amigos de terminar la ruta para ir hasta el fondo del asunto. Pronto no queda otra cosa que la libertad desatada frente a la certeza terrible del fin del mundo. Gary King desea literalmente llegar a toda costa al pub “el fin del mundo”, por la última de las doce pintas de cerveza, mientras todo a su alrededor se desmorona. Un poco como Teillier en su conocido poema “Cuando todos se vayan”. Andy, su mejor amigo pero al mismo tiempo su antagonista, le sigue hasta el fin del mundo. Tienen la disputa de su vida. Se da cuenta que detrás de ese Gary jovial y libertino se esconde un tipo frustrado, incomprendido y completamente desorientado, que había sido sometido a tratamiento de rehabilitación luego de su intento de suicidio. Entonces Gary insiste en que lo único que tiene en la vida es el recuerdo de aquella noche de 1990 en la cual intentaron llegar a la milla dorada. Se supone que después de eso comenzaría su vida. El viaje hasta el fin del mundo es para Gary en realidad su paso a la adultez, o quizá, mejor dicho, el encuentro consigo mismo, y la reconciliación de su presente con su pasado. Necesita romper ese huevo a través de la milla dorada, de otra forma no puede renacer. Andy le replica que está equivocado y que necesita ayuda. Sin embargo, Gary continúa aferrado a su libertad brindando por el último trago antes del acabóse.

Es en aquel momento de clímax que se sabe la verdad. Que aparece el líder de la Red, instalada en la Tierra hace más de veinte años con el fin de instaurar un nuevo orden de criaturas más perfectas que hagan evolucionar a la humanidad a otros niveles acordes con un equilibrio inter galáctico. Es ahí donde vemos el planteamiento existencialista de Gary, pero un existencialismo trasnochado, algo beatnik y pasado de tragos, que putea a la gran Red y le dice quien mierda eres tú para decirnos lo que tenemos que hacer. La libertad a mansalva. La libertad a pesar del acabóse, a pesar del qué dirán planetario. A pesar de todo. Una suerte de quijote fanático del alcohol y del ya trillado lema del sexo y el rock and roll. Luchando contra los molinos de la adultez, la responsabilidad y ahora la evolución y la tecnología. Sus amigos Andy y Steven acaban por apoyarlo. ¡Ahora somos los tres mosqueteros! grita un Gary borracho, pero lleno de decisión, frente a las máquinas de la Red, perfectas pero faltas de lo más importante: de humanidad y de carácter. Es el individuo de nuevo condenado a su libertad. Ebrio de libertad. El lema sartriano llevado a grados etílicos y consecuencias bizarras. Gary King, en ese punto decisivo, reclama a toda costa su libertad aunque no sepa qué hacer en la vida. Un poco como en la canción de Sumo: nuestro anti héroe no sabe lo que quiere, pero lo quiere ya. Solo quiere seguir tomando hasta que ya no quede mundo. Y que solo sus amigos estén ahí para apañarle. Tengo un poco de Gary King cada vez que se acerca el día Viernes. Tengo un poco de Gary King cuando durante la semana la rutina resulta asfixiante. En el fondo Gary King es más que un personaje patético, más que un anti héroe o que un mal ejemplo. Gary King es un estilo de vida. Un estribillo estridente a la libertad, aunque esta no sepa a otra cosa que rock y cerveza, y se orine en el futuro y en la palabra progreso.