Desde que hay futuro que todo suena a mitología...
miércoles, 26 de agosto de 2015
martes, 25 de agosto de 2015
Mester de soltería
Hay dos libros sobre el Mester de soltería, uno de Rolando Rosas , mexicano, que reivindica su condición solitaria, otro de Luis Correa Díaz, chileno, que habla de otros para no hablar de sí mismo. Escribiría un tercer libro, a medio camino entre el silencio y la habladuría, que sea una pura página en blanco que simbolice toda nuestra historia sentimental...
¿Qué sería de nuestra época sin la música del pasado, sin el pop y el rock que escuchábamos de chicos y que en su tiempo fue grito y promesa y nos llega a nosotros en calidad de arqueología? Es lo que pienso cada vez que sintonizo youtube para acompañar las horas de trabajo gratuito. En esos minutos que pasan la memoria hace lo suyo rebobinando recuerdos que se creían grabados a la fuerza. El colegio, el cerro. La fascinación pero también la expectación. A ratos, en ese lapso melómano, nuestra historia parece un viejo cassette que olvidamos reproducir. Tratamos de parchar la parte de la cinta que se encuentra dañada. La música sonará de todos modos pero el sonido no será el mismo. Tarareamos el estribillo para aludir a nuestros viejos encuentros, hacemos que el ritmo recorra nuestro presente, pero el sonido llegará a nosotros con un rumor lejano, un leve disturbio en la fidelidad. Así como en la cinta, no podremos reparar las palabras y acciones que una vez hicieron efecto en nosotros, pero aún así las conservaremos quizá como si se tratase del lado b de nuestra antología personal. Y las seguiremos recordando una y otra vez en esas horas de trabajo y de limbo musical, como si con eso detuviésemos el tiempo, y fuéramos a caer de una manera irremediable en la nostalgia de una época que no se acabó de vivir pero que tampoco se acabará de reproducir...Mientras pensaba en esto di un vistazo a VH1, tratando de que Mtv no volviese a aparecer en el recorrido, para resucitar otra vez esas horas sin música que se creían muertas, o que sencillamente eran horas en que no se hacía otra cosa que sacar la vuelta, para volver a pensar en el día de mañana, la obligación, lo disonante, lo que desentona con nuestros deseos más inútiles y desenfadados.
lunes, 24 de agosto de 2015
Si se piensa detenidamente la perspectiva optimista apunta siempre a una realidad imaginaria en la que todo puede siempre ser mejor, restándole valor a lo que se siente aquí y ahora. Parte constatando que esta realidad puede ser superada, hay una insatisfacción maquillada en ese deseo, un siempre negar el presente y sus contradicciones por un ir más allá como el caballo con anteojeras que solo puede mirar hacia adelante. En Cándido y el optimismo de Voltaire, se critica esa visión leibniziana de no haber mal que por bien no venga, de estar en el mejor de los escenarios posibles a pesar de que el personaje principal experimente a lo largo de su vida precisamente lo contrario. El optimismo así visto se vuelve más un slogan publicitario que un ejercicio intelectual, una aceptación conformista de que nos puede ir mejor si solamente así uno se lo propone. Es de hecho la estrategia reaccionaria del comerciante, que lo hipoteca todo en pos de una visión antojadiza del futuro. El optimista es un especulador de tomo y lomo. Tiene demasiado que perder. Tiene demasiados planes. El pesimista, por el contrario, no tiene ninguno, solo constata lo que vive y siente en este preciso instante, para conjurar al mundo con esa visión de tinieblas. Si todo está perdido, entonces ya no le queda nada que perder. Es invencible, porque ha hecho suya la derrota. Si todo sale de acuerdo a su expectativa no sufrirá una decepción. Si la vida le demuestra lo contrario, estará abierto a lo desconocido...
miércoles, 19 de agosto de 2015
lunes, 17 de agosto de 2015
Quedarse afuera
Uno de los vecinos de la casa me decía que un día se quedó afuera porque no tenía la llave principal de la puerta exterior. Una metálica que va a dar a la calle. Le dije "¿en serio?" y él enseguida defendió la veracidad del hecho, como si con la pregunta la hubiese cuestionado, arguyendo que para qué iba a mentir, si él no era un mentiroso. No fue menor. Tuvo que arrojar moneditas a la casa de al lado para que le abrieran, durante la madrugada y con la gente molesta por despertar tan temprano. Su respuesta, como protagonista del desatino, iba en relación a la verdad y no al impacto de lo ocurrido. Mi respuesta esa vez fue retórica. Era la fórmula del asombro ante un suceso tan inaudito como cotidiano. Le había dicho que era preciso mantener esa puerta siempre cerrada porque suele haber gente que se pone a dormir en el descanso entre la puerta y la escalera de acceso y no siempre con esa pura intención azarosa -Sosteniendo que la desconfianza sea un a priori que se va descartando en la medida que voy conociendo al otro, aunque sea arbitrariamente-. Si algo aprendí en mis tiempos de conserje fue la desconfianza como base para cualquiera que en calidad de extraño acuda a un círculo cercano, una mínima intuición del sentido de civilización, una extraña voluntad gregaria aprendida pasivamente, de acuerdo a un rol contractual, real solo por conveniencia, una puerta entreabierta al mundo aunque se tratase de un simple protocolo más implacable que el fluir de la bolsa. Aprendí que todas las puertas precisan estar cerradas, aunque ello signifique dejar afuera el vértigo de la aventura y toda la dosis de peligro que conlleve, y que en última instancia toda puerta no está del todo cerrada hasta que recibe una última apertura, ya sea en la vida o bien de amanecida en una de esas jornadas eternas.
El vecino consigue la llave, el acceso al habitat, y consigue a su vez una seguridad de contrabando, un halo de paz que solo un círculo cercano le permite, el calor por reacción a la inclemencia del afuera, la miseria andante que ama toda compañía, en la medida que tenga esa llave como símbolo de pertenencia, desde cualquier clase de viaje o de naufragio, porque alguien con una llave aunque sea un huérfano es casi siempre alguien que abriga una esperanza ciega, la posibilidad de abrir alguna puerta por ajena y distante que sea y sentirse adentro, de vuelta a cierta especie de hogar, como si fuese algún Ulises clandestino. Se puede no tener dinero pero sin una llave se está literalmente perdido, aunque ya no queden puertas. Aún así la llave no te acompañará al éxito ni al fracaso, solo garantizará tu acceso a cierto umbral de la realidad, por hermético o insondable que este parezca. Nunca supimos, a pesar de ser vecinos, que esa respuesta frente al quedarse afuera de noche, paradójicamente tan lejos y tan cerca de la propia habitación, era sencillamente la ironía para superar nuestra condición de auto exiliados por el azar, para recordarnos qué tan cerca se está realmente de la calle y de las cosas que se temen por demasiado próximas. Dentro de la casa todos debiesen hablar el mismo idioma. Pero el afuera estaba demasiado cerca. En el lenguaje se encuentra todavía nuestro principal abandono. Pero el malentendido acaba siendo la llave secreta que abre una puerta imprevista, la ganzúa que nos hace violar el límite de la noche, sin palabras, para entrar por la fuerza al sinsentido original de nuestra rutina.
martes, 11 de agosto de 2015
No nos invitaron a la Academia.
Fui a la Upla a averiguar un asunto sobre el postgrado. Daban las tres, hora de colación, y nadie llegaba. Un señor que estaba esperando, doctorando en política, me dijo que es probable que se haya suspendido la reunión. "Es como funcionan las cosas", me señaló. En eso conversaba sobre la tesis que lleva tiempo pateando indefinidamente. Yo también, aunque, de una manera extra académica, he llevado tiempo pateando cuestiones importantes de mi vida de manera indefinida.
Me decía que casi todo hoy por hoy en materia intelectual se mueve por contactos. Por ejemplo, una tesis en materia política, por nueva que sea, por revolucionaria, si se quiere así, debe tener alguna clase de respaldo, una cita por miserable que sea, una referencia mínima a algún autor, y no cualquiera. Así, en todo orden de temas y disciplinas. Le señalé que es la paradoja de la academia: exigen originalidad, pero, en el fondo, se trata más bien de la capacidad de asociación e interrelación, una forma demasiado eufemística de decir que todo se mueve mediante relaciones clandestinas, personales, favoritismos o, en el mejor de los casos, meritocracia.
Siempre la originalidad no es más que otro texto que necesita, al menos, ser pronunciado en el idioma de cierto grupo para constituirse como tal. Con la Academia funciona exactamente igual que con las bandas callejeras. Tienen todos sus códigos, su cadena de favores, sus deudas y sus recompensas, y también, si se quiere, una lista negra para casos excepcionales. Así lo comprendían en cierto modo Bolaño o Arlt. No es tanto hallar un nuevo discurso, una nueva forma más radical de hablar sobre los tópicos de siempre, sino que desplazar de lugar los discursos, "mover el piso de los consagrados".
El sujeto me explicaba que si un paradigma puede romperse, es porque todo forma parte de la tradición, la lengua misma lo es. Como señalaba Borges, se trata de una suerte de gheto al que se entra mediante un "Club de la lucha", solo que hay luchas que son más secretas que otras. Por ejemplo, la teoría de la relatividad de Einstein. Un ejemplo de que se puede abrir una grieta en la tradición desde adentro, para entonces instaurar otro fuego, en un principio, personal, pero que tiene un radio de alcance universal del que el propio individuo se ve muchas veces privado.
¿Cómo fue posible eso? ¿Si su teoría no tenía ningún estado del arte, ninguna cita textual que la validara, ninguna otra clase de lobby más que su propia novedad? Porque su fuerza no radica en su novedad, sino que precisamente en su capacidad de mover el piso (y claro que lo hizo, como consecuencia implícita, luego, con la bomba atómica). Pero tarde o temprano, agregué, todo acaba formando parte del plan. El sujeto del doctorado señaló que el problema real no es ese, sino que lo es la indeterminación sobre quién o quiénes manejan los hilos. Si acaso aquellos que citaste, si a aquellos que frecuentaste, pueden todavía considerarse válidos, influyentes o, en último término, dignos de confianza. El mismo entramado social sería un plan.
Entonces surge la pregunta inaudita: ¿Qué hacemos realmente aquí? Subastando nuestro tiempo por un cupo dentro de ese gran espectáculo de las ideas. Si se sigue el plan, uno apela, de esa manera, a los no muy transparentes objetivos de la academia. Si es el fin personal, honesto, pero, de igual modo interesado, todo resulta mucho menos elevado. Todo acaba siendo un capricho. Ya sea para ganar más dinero, o bien, como diría Millán, como una nueva oportunidad de conocer chicas.
En fin, el motivo inicial de la reunión se vuelve difuso. Mientras conversamos sobre esto, nada ha cambiado. Seguimos fuera de la Academia, pero ofreciéndole gratuitamente la energía de nuestra indecisión. La soledad, al fin y al cabo, sigue siendo nuestro marco teórico. Y la tan bullada novedad entonces como un mito que ya no vende, como aquel agente que convocó la fiesta y al que dentro de ella todos ignoran, simplemente porque nadie lo conoce.
lunes, 10 de agosto de 2015
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