Luego de conocerse los chats internos entre la periodista directora de El ciudadano, Josefa Barraza, y el líder de la CAM, Héctor Llaitul, se ha especulado sobre una posible “correspondencia amorosa” entre ambos. Esos chats hablaban de una confianza importante y significaron una prueba revelada por parte de la propia Fiscalía. Algunos medios alternativos salieron a festinar sobre la filtración de estos mensajes y bautizaron a la periodista como “la Yoko Ono de la CAM” y, por su parte, a Héctor Llaitul lo han llamado “el auténtico indio pícaro”. Muy creativos, en medio de la desintegración general y la corrupción a mansalva, en todo orden de cosas. Al parecer, ya no vale aquella de “por una mujer han caído imperios”. Ahora, lo correcto es decir “por una mujer han caído terroristas y revolucionarios”.
miércoles, 5 de junio de 2024
martes, 4 de junio de 2024
En respuesta al artículo "El mito de Dubois" de Gonzalo Serrano del Pozo
Se ha publicado un artículo de Gonzalo Serrano del Pozo, doctor en Historia, que "desmitifica" al "Robin Hood porteño" y lo describe sencillamente como un ladrón y un asesino que arribó al puerto y cometió crímenes atroces de alto impacto social. Serrano alega que la construcción del mito se debió, en parte, a la connotación de sus delitos, a la "revolución periodística" en torno a su caso y al hecho de que haya sido un europeo de "buena pinta" el perpetrador. Producto del artículo han salido algunas voces a apoyar el punto de vista de Gonzalo Serrano y otros a defender de manera férrea el mito en torno a la figura de Dubois, sobre todo, en alusión a su caracter de "santo popular", propio del patrimonio de Valparaíso, que también lo conforman sus leyendas y tradiciones.
Hace poco escribí un artículo sobre Émile Dubois. Como buen porteño, nacido y criado, me lo debía. Fue a raíz de su candidatura imaginaria a la alcaldía de la ciudad, proyecto concebido por un tal Jim Délemont, en su muestra «Evasión hacia un futuro olvidado». Cito lo siguiente: "hay quienes cuestionan que un asesino en serie de la talla del francés sea considerado motivo de culto y de reivindicación, y hay quienes le profesan una fe íntima y otros que indagan en su carácter de mito, mediante el poder evocador del arte y la narrativa. Emile Dubois fue una figura histórica que asoló el puerto con su legado de sangre. El aparato judicial de su época lo condenó, con justa razón, acorde a la ley, pero su personaje y su leyenda le sobreviven, a toda prueba".
En efecto, Dubois fue eso: una figura histórica como apunta Serrano en su desmitificación. Aunque una cosa no quita lo otra. El Dubois histórico no niega necesariamente la existencia del mítico. Es precisa una perspectiva rigurosa y apegada a lo demostrable de los hechos, pero también es vital la perspectiva mitológico-poética de las cosas, para dotarlas de un sentido más profundo e intimista. Es bueno separar ambos personajes, el Dubois histórico y el mítico, y entenderlos, cada uno, en su propia dimensión. Ambos coexisten en Valparaíso. Es en base a relatos que la ciudad es lo que es. Pues recordemos la Poética de Aristóteles: la historia cuenta lo que ya sucedió, en cambio, la poesía trata sobre lo que podría pasar, y por eso es más filosófica. Ciertos porteños querían que Dubois fuera un santo ladrón milagrero, y así se convirtió en uno, bajo el poder evocador del futuro condicional. Si nos quedáramos simplemente con la versión rigurosa de la historia, no existiría literatura ni mito posible.
lunes, 3 de junio de 2024
En la tarde, imprimí unas copias del cuento Ante la ley de Franz Kafka. Voy a trabajar el texto con los cabros de Cuarto Medio. La idea es realizar un mapa mental de interpretación literaria. Se partirá por una temática general para luego desprender diversas ideas en torno al significado de fondo y explorar distintas lecturas posibles. En un principio, iba a ocupar el cuento Una pequeña fábula, ese en el que un ratón teme que el mundo se esté haciendo pequeño y un gato le dice que debe cambiar de rumbo para poder comérselo. Contundente. Sin embargo, demasiado breve para trabajarlo en una pura clase. Tal vez, en otra ocasión. Aunque, ahora que lo pienso, Una pequeña fábula podría ser leída también en clases, bajo el alero de una interpretación simbólica e incluso contingente, porque ¿Qué mejor metáfora del actual estado de cosas que aquella en que el ratón no tiene otra salida que la boca del gato? A cien años de la muerte de Kafka, esa es, quizá, la fábula sin moraleja más potente, o la fábula con una antimoraleja implacable: que no hay una escapatoria posible al atochamiento sistemático de nuestro mundo, que nosotros mismos, en nuestra búsqueda vital, nos precipitamos sin chistar y aceptamos ser avasallados por variables que nos exceden y que arremeten bajo la ilusión del cambio, para que nada realmente cambie. Lo inevitable es la señal del status quo. Lo kafkiano se multiplica, se manifiesta de maneras mucho más sofisticadas, y el verdugo felino sigue siendo el mismo: difuso y embaucador.
Kafka total: Panegírico kafkiano, a cien años de su muerte.
(extractos de textos críticos y crónicas que repasan al checo inmortal)
Quizá el punto de inflexión para un autor: cuando pasa de sustantivo a adjetivo, como ayer a raíz de un estudio que buscaba explicar científicamente que leer a Kafka te volvía más inteligente y curiosamente, más desesperado, debido al hecho de que las neuronas debían encontrar salidas inauditas a situaciones que el sujeto no podía controlar.
Pensé que la ciencia psicológica sería de hecho más kafkiana al intentar ser objetiva sobre una producción que pertenece al lenguaje literario, con todos sus laberintos y abismos.
Más allá de si era cierto o no el estudio, el propio discurso científico alcanza así cuotas de ficción al encarnar en sí misma la esencia de la obra del checo, su insufrible paradoja.
Un amigo replica entonces que "solo bastaría con el aumento de sueldo de los parlamentarios como evidencia del absurdo general". De esa forma, Chile se gana el adjetivo de kafkiano; luego, el mundo entero en la actualidad sería kafkiano, y no al revés.
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Kafka, en realidad, lo que más quería era pertenecer al fuego, al olvido, y hubiera querido que su obra "estuviera en ninguna parte". "¿Qué tengo en común con los judíos? Ni siquiera tengo algo en común conmigo mismo", recordó el propio Kafka, en uno de sus manuscritos inmortales.
Max Brod fue astuto al rehusarse a quemar los manuscritos de su amigo Kafka. En ese gesto traidor lo volvió célebre, en esa tra(d)ición catapultó la obra. Nos prueba que en torno a la fogata de los fines todos se traicionan: editores, escritores, lectores, etc. El fuego, en cambio, habría hecho de la escritura una penitencia silenciosa, un montón de ceniza que no promete nada, pero que nos recuerda que todas nuestras ideas y nuestras palabras pueden arder. El lenguaje no es sino la leña y el silencio arde desde adentro. La escritura vuelve como el fénix de la tra(d)ición, se recrea en ese gesto para luego volverse inflamable, y así, en lo sucesivo, perdura ese ciclo de traiciones y de cenizas que llamamos literatura.
El siglo XX fue, sin duda, el siglo de Kafka.
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Lo genial de Kafka era que en su obra jamás explica ningún por qué. En la metamorfosis, por ejemplo, jamás se explica por qué cresta Gregorio Samsa amanece de un día para otro convertido en un monstruoso insecto. Y lo que es mejor aún, así acaba hasta el final de sus días y tampoco logra volver a su estado natural. Lo kafkiano trata precisamente de esa falta de explicación, y las consecuencias que acarrea, y cómo a su alrededor tienen que sobrellevar esa incomprensión y esa fatalidad. El por qué en realidad se devuelve teledirigido hacia el lector. Quizá ser un insecto no sea tan distinto de ser un humano. Quizá la respuesta al por qué no haga, después de todo, ninguna diferencia.
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Todo lo cual remite a aquella frase demoledora de Franz Kafka: “Bastante esperanza, infinita esperanza, pero no para nosotros”. Lo apocalíptico es, en sí mismo, kafkiano. Nuestro mundo lo es, en su cualidad escatológica.
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“Soy un insecto que soñó ser un hombre y lo amó. Pero ahora el sueño ha terminado y el insecto está despierto”. David Cronenberg, inspirado en La metamorfosis de Kafka.
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Kafka se volvió la regla: primero, en forma de estallido; luego, en forma de virus.
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Se sabe que cuando Einstein emigró a EEUU, conoció a Thomas Mann, quien le prestó La metamorfosis de Kafka. Einstein la empezó a leer y se la devolvió, no pudo tolerar su lectura. Casualmente, La metamorfosis fue publicada casi durante los mismos años en que Einstein publicó La teoría general de la relatividad.
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Cada verdadero escritor ha escrito su propia herejía y tiene que escapar de su propia fatua.
Respuesta de M. O: Inmediatamente me acordé de Kafka, y ciertamente, en su historial como escritor fundamental, no entra en tu apreciación.
Yo: Hay excepciones excepcionales
Yo: Aunque su padre podría ser su fatua personal
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No queda más que recurrir a la metáfora de Kafka, que siempre salva como aquel oficinista sentado en un rincón oscuro pero que conoce todos los trámites para todos los problemas posibles, en el fondo cumple la labor de los ángeles, pero sin cielo ni divinidad, solo el redundante rostro del hombre rata, mano de obra ilustrada, acicalado, sorteando obstáculos para llegar impávido a su puesto, eficiente, pero uno entre miles.
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Si el mismísimo Kafka (Neruda llamó a Emar, "nuestro Kafka") no hubiese tenido la enfermedad, ni el padre que tuvo, ni esa vida rutinaria y atormentada, no habría sido Kafka. Quizá hubiese llevado una vida más saludable, mucho más corriente, FELIZ! pero en su lugar habría sacrificado la posteridad. A ratos la decisión de escribir va en contra de cualquier expectativa, pero es algo que muchas veces no se elige, o, por el contrario, algo que simplemente los sujetos eligen a pesar de sí mismos.
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Personalmente siempre me interesaron los perdedores en vida. Y no es una pura pose, sino que una cuestión vital. Como si lo de perdedor, a pesar de cumplir expectativas, a pesar incluso de subir al altar, se llevara en la sangre. Kafka uno de ellos, y sin embargo, uno de los más conocidos, aunque eso no quiere decir precisamente el más o el mejor leído. A mayor formación no quiere decir precisamente mayor comprensión. Genio no quiere decir éxito. Pero tampoco lo contrario.
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Segun Piglia, Joyce domina el lenguaje, mientras que Kafka es dominado por el lenguaje.
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Desde Ovidio hasta Kafka, se puede deducir que el sentimiento amoroso sigue pareciendo tan dramático como burocrático
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Por la mañana, leyendo un texto sobre Kafka, "el escritor soltero". Dicen que puede ser considerado un quinto Beatle... y su intento de desaparecer, quemando sus manuscritos y rehuyendo el matrimonio, un vano intento de evitarlo.
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Sin ir más lejos, equiparó la relectura de la traición con la de Max Brod hacia su amigo Franz Kafka. Dijo que si Max no lo hubiese traicionado, quemando sus manuscritos, nadie habría sabido de su obra. Lo mismo se podría decir respecto a Judas y su maestro.
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La hora en que todos, la mayoría, sale de sus trabajos, es la misma en que las ideas vuelan sin imprenta. Los pequeños Kafka cavan y cavan su pozo de babel, leen a los clásicos en oficinas. Otros sentados, otros de pie, sienten el ruido sordo de esas ideas que se oxigenan de solo salir despedidas. Desean, sin embargo, persistir en la rutina para sopesar esa escritura del mundo. En lo profundo de sus puestos, esperan el tiempo después para hurtarlas, arrancarlas del papel, arrojarlas de juerga, entendiendo que sus historias son solo frases que de vez en cuando se encuentran en alguna mesa, puerta, baño del local más nocturno, mientras que el cielo, las estaciones, las mesas se repiten, y son repetidas con mudez laboriosa. Las oficinas del mundo rezan "prefiero no hacerlo", mientras ellos, los roedores del trabajo, los poetas del vacío, simplemente avanzan, agazapados, de madriguera en madriguera, y en esa resignación encuentran su fondo, su cima, el mundo que los necesita, que los administra, que los imprime, esa es su obra, su fiesta secreta.
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Me informa la secretaria que debo ir a buscar el finiquito. Enseguida la duda me corroe. El sudor actúa. ¿Por qué habría de tener finiquito, si mi contrato fue renovado? Voy donde la oficina del instituto. La secretaria me señala que debo firmar el finiquito. Le pregunto que por qué, a cuál finiquito se refería. Como K en El proceso, no sabía de la existencia de ese trámite pero se me interpelaba a cumplirlo.
…
—¿Cómo estai?
-¿Hai leído a Kafka?
-Sí, La Metamorfosis...
-Dale, pues yo estoy como en El proceso.
El decreto de la medida de prisión preventiva contra el imputado Daniel Jadue ocurrió en el mismo día del centenario de la muerte de Franz Kafka. Hay sincronías sarcásticas. Ciertamente, Jadue, el otrora alcalde de Recoleta, está viviendo su propio proceso kafkiano. Recordar que la medida de prisión preventiva no implica culpabilidad, aunque sí, tengo entendido, una formalización en base a ciertos antecedentes acreditados.
domingo, 2 de junio de 2024
Palabras de Mario César Ingénito
La verdadera revolución está en lo analógico y lo anacrónico, considerándolo todo simultáneamente y colocándose en el no tiempo.
Analogizar es ir más arriba de lo lógico, el sentido, la palabra, mover de atrás hacia adelante.
Anacronizar es ir más arriba de lo cronológico, más arriba del tiempo mismo.
Considerar es estar en las estrellas.
sábado, 1 de junio de 2024
Encuentro con Lucy Oporto en el puerto "donde debemos armarnos de fortaleza"
Pregunté por el libro “He aquí el lugar en que debes armarte de fortaleza” de Lucy Oporto en el Siclón del libro. Revisaron en el sistema y dijeron que estaba agotado, que solo figuraba “Los perros andan sueltos. Imágenes del postfascismo”. Salí y de ahí y fui a la librería Mar de libros. Pregunté nuevamente por el libro de Lucy, y el dueño dijo conocer a la autora, así que la llamó y le preguntó si es que le quedaba algún ejemplar. Tras la llamada, el dueño señaló que el libro ya no se vende en ninguna parte, que Lucy iba a tratar de buscar en su casa si quedaba uno por ahí “dando vueltas”. Una vez que se hizo mediática, -había señalado el librero-, su edición se volvió limitada. Paradójico y digno del tópico del mundo al revés.
Hace meses, recuerdo haberme topado con Lucy Oporto en las afueras del Teatro Municipal de Valparaíso. La saludé y, de paso, la felicité por su “coraje” (tal cual), su forma de pensar la política y su forma de escribir. Le mencioné que tenía su libro “He aquí el lugar en que debes armarte de fortaleza”. Me dijo expresamente que lo leyera. Dijo sentirse conforme con el buen recibimiento de sus lectores, sus pocos lectores fieles, pese al ataque de sus opositores, tanto en la academia como fuera de ella, un conglomerado radical que adhiere de manera acrítica a los relatos refundacionales y destructivos de los feligreses de la “revuelta”.
Aquella vez Lucy iba al teatro en el marco del Festival de Cine Recobrado. Ese solo gesto de estrecharle la mano y sostener un par de palabras con ella lo consideré un hito disidente. En otras circunstancias, hablar abiertamente en contra de ciertos ídolos de barro y ciertas narrativas obsecuentes habría significado la excomunión definitiva de determinados círculos. Ya no hay nada que temer al respecto, ya no restan círculos alrededor, ya no resta filiación alguna, porque, como dijo la autora, «sólo veo oscuridad. Luchas intestinas por el poder y la descomposición»
“¡Nada va a cambiar!” decía un caballero en plena calle Morris, entre medio de la gente que bajaba hacia el plan, debido al corte de tránsito por la cuenta pública. “No, el sistema sí puede cambiar, pero es la gente la que no cambia. Esos huevones de ahí nunca harán nada. Dense cuenta ¡Dense cuenta!”, volvía a decir el caballero, a viva voz, mientras daba vueltas, sin dirección aparente. Ninguno de los allí presentes le hacía caso, demasiados ocupados en tratar de buscar un desvío a las calles cortadas.
Lo cierto es que, durante la ceremonia del presidente y los honorables, muchos porteños se debatieron contra las esquinas enrejadas para llegar a sus destinos. De pronto, las inmediaciones del Congreso se volvieron un auténtico laberinto, “el laberinto del sistema”. Los más desorientados eran los viejos que por allí pasaban, algunos rabiando por no poder circular libremente; otros, por no ser escuchados en sus imprecaciones, a vista y paciencia del resto de transeúntes, anónimos en su itinerancia.
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