jueves, 11 de marzo de 2021

Pepe Le Pew, el caído

Ahora cayó una caricatura ¡sí! Tal como se lee. Cayó Pepe Le Pew ante la nueva cultura de la cancelación, ante este nuevo revisionismo hipócrita que pretende censurar nada más y nada menos que a personajes de ficción, bajo el argumento de que eran nocivos para la juventud o que reproducían ciertas conductas, hoy por hoy, cuestionables.

A ver, primero lo primero. Comprensión lectora. Hay algo que parece no entender aquel columnista del New york Times y que tampoco quieren ver los de Warner Bros, demasiado preocupados por seguir la moda “snowflake”. Ese algo tiene relación con el concepto de “sátira”. Linda Jones, hija del creador de Pepe Le Pew, Chuck Jones, salió hace poco en defensa del personaje, argumentando que nunca fue concebido originalmente como un acosador ni mucho menos como un abusador. El hecho de que este zorrillo francés y maloliente persiguiera a la gata Penélope, respondía más bien al humor satírico de la época (años 50 y 60) mediante el cual Pepe Le Pew encarnaría un estereotipo burlesco del galán francés que, como pretendiente, en realidad, resulta alguien indeseable.

En definitiva, la supuesta conducta abusiva del personaje es consecuente con su idea, con la sátira que representa en sí mismo, y así también lo deja entrever el personaje de Penélope, quien arranca despavorida de Pepe por su mal olor y su conducta. Es decir, lejos de normalizar o de promover abiertamente el acoso, (que es solo una forma de leerlo) lo que hace la caricatura, de acuerdo a su propuesta original, es satirizar un estereotipo, con tal de transformarlo en un contenido humorístico, de modo que Pepe Le Pew no debiera convertirse en un modelo a seguir y debiera leerse precisamente como mal ejemplo, en su cualidad de personaje satírico, desde su carisma unido a su patetismo.

Dicho esto, entonces el acto de cancelar a Pepe Le Pew, de acuerdo a una óptica de corrección política, resulta, por lo bajo, erróneo y, a la larga, injusto, para las nuevas generaciones que no tendrán la oportunidad de revisitar la caricatura y poder disfrutarla desde una mirada crítica. ¿Para qué cancelar, cuando se puede releer o educar? El acto de cancelar implica, ante todo, imponer una determinada visión como unívoca y arrogarse el derecho de eliminar aquello que es cuestionado sin dar lugar a debate, sin siquiera permitir que otras interpretaciones puedan coexistir, so pena de una moral presentista, de una presunta visión superior de las cosas, en pos de ciertos intereses aún no del todo claros.

A propósito de esto, cabría preguntarse ¿por qué una facción del progresismo encuentra acertada la decisión de Warner de cancelar a personajes como Pepe Le Pew y otros como Speedy Gonzalez y, en cambio, cuestiona cosas como la cancelación de videojuegos y series de animé de parte de fundamentalistas religiosos, por ser considerados satánicos? A mi juicio, los trasfondos son muy distintos, pero el medio es el mismo: cancelar aquello que no comulga con su cosmovisión, cerrarse a la posibilidad del debate e imponer un pensamiento único ¿Qué seguirá después de esto? ¿Cancelar a Johnny Bravo? ¿Cancelar al Maestro Roshi? Y eso, solo por nombrar algunos. Muchas otras caricaturas podrían caer, bajo este mismo ímpetu inquisidor.

No es por conspiranoia, pero ¿será acaso demasiada coincidencia el hecho de que el impulsor de esta idea de censurar al zorrillo francés sea un columnista del New York Times, y el que esta empresa sea una de las tantas que formarán parte de la llamada “Coalición para la Procedencia y la Autenticidad del Contenido (C2PA), esa especie de “Ministerio de la Verdad” orwelliano propuesto por el dueño de Microsoft, Bill Gates? No podría afirmar con certeza esta vinculación, pero no deja de sonar sospechoso, ante la ola de monos animados caídos en desgracia, sin previo aviso.

Nuestro zorrillo, lamentablemente, cometió el error de ser dibujado. Pecó de machista al reproducir y normalizar durante décadas unas acciones abusivas. Solo le toca pagar ¿cómo? Siendo desterrado al olvido. Nuevos tiempos requieren de una tabula rasa del pasado. Porque es mucho más fácil pretender borrar el pasado que releerlo. Pepe, nuestro picaflor frustrado, ya nunca volverá a perseguir a ninguna otra Penélope, porque, en un futuro mucho más luminoso, ya no habrá ninguna otra Penélope que perseguir, sea o no sea esta una caricatura. Ya no es tiempo para Pepes Le Pew. Ese parece ser el mensaje final, y la mofeta fue su chivo expiatorio perfecto. 

miércoles, 10 de marzo de 2021

De fascismos e ideologías

“La presunción de inocencia es una extravagancia derivada de los antiguos conceptos, nacidos de los principios de la Revolución Francesa, que llevan las garantías individuales a los más exagerados e incoherentes excesos”. Alfredo Rocco, redactor del código penal fascista.

martes, 9 de marzo de 2021

Todo discurso que pretende pontificar y cancelar, con miras a un mesianismo, renuncia a la autocrítica y deviene enemigo del pensamiento.

lunes, 8 de marzo de 2021

Cuarenta años de Possession, de Andrzej Zulawski

Hay algo en Possession (1981) de Andrzej Zulawski que fascina y repele por partes iguales. No es solo el morbo por las situaciones bizarras ahí representadas ni la violencia rayana en lo teatral de parte de Sam Neill (Mark) e Isabelle Adjani (Anna-Helen). Es el conjunto que da forma a una cinta con una propuesta tan visceral como transgresora. De partida, el contexto nos sitúa en un escenario opresivo, enmarcado en la Alemania de los ochenta, marcada por la división ideológica entre Berlín oriental y occidental. En este caso, la acción ocurre en el Berlín de la República Federal Alemana. El trauma respecto al muro está presente a lo largo de la película en forma de correlato político. Ciudades militarizadas, calles vacías, espacios opacos y aislados configuran el ambiente propicio para la ruptura, la enajenación y las oposiciones binarias que en la película constituyen un leitmotiv. 

La trama de la película se centra en el descenso a los infiernos de una pareja en plena crisis matrimonial. La escalada de violencia doméstica, lejos de lo que se puede creer, es mutua, porque ambos contribuyen a alimentar un amor devenido patología. A raíz de estos momentos de crisis que son actuados hasta el límite de las posibilidades, extremando las sensaciones, van ocurriendo sucesos cada vez más dramáticos. Anna es descubierta por Mark con su amante, Heinrich, un tipo bastante liberal, alejado del prototipo de esposo autoritario. Mark, a su vez, se encariña con la profesora de su hijo, Helen, que es una doble de la propia Anna, aunque con un semblante de pureza y amabilidad. Tenemos entonces que la división se va haciendo más y más grande, involucrando a terceros y proyectando en ellos un deseo prohibido, ya sea idealizado o encarnado en su forma más hórrida. A medida que la intriga respecto a esta relación agonizante va en aumento, y se va revelando el proceso de desenmascaramiento de los protagonistas, el espectador será testigo del secreto que esconde Anna, o bien, la materialización en forma de monstruo de una pulsión oscura, una especie de Sombra con inspiración en las criaturas de Lovecraft. No sabemos a ciencia cierta su origen, y eso es lo que dota a la película de ese misticismo que nos permite interpretar, ya sea en clave simbólica o fantástica, la razón de ser de la entidad en la trama. 


Convengamos en que el acierto de Possession está en su coherencia interna a pesar de lo descabellada que pueda parecer, y eso es lo que la hace aún más potente y significativa. En cuanto se nos presenta aquella monstruosidad, todo se torna progresivamente más insano. La propia Anna pasa de ser una mujer nerviosa y sufriente a una verdadera psicópata, sin dejar de lado la inspiración poética en ciertos pasajes del guion ni tampoco algunas escenas de locura que ya pueden considerarse de antología (como la del túnel del metro, en donde se deja ver, de manera escatológica, el motivo de la posesión demoníaca que, en la figura de la mujer, supone una pugna y, a la vez, una cierta liberación). El propio Mark se ve envuelto en dicha maraña de decadencia, investigando a su esposa y conservando, por su parte, esta relación con la “doble pura” de Anna, Helen, rondando el idilio. Sin embargo, esta idealización no alcanza para sanear el torbellino de insania que se avecina, una vez que Mark ataca al amante de Anna y se encuentra, por fin, cara a cara, con la criatura de pesadilla, lo cual nos hace pensar, entonces, que la criatura era el “verdadero amante” de Anna, una manifestación mórbida de los deseos sexuales o un doppelganger del propio Mark, en proceso de formación, un Golem introyectado producto del odio o de los sentimientos destructivos. Más adelante, vemos cómo este Mark apócrifo, esta “creación de Anna”, este ser humanoide cobra vida propia, se muestra frío, calculador y toma el lugar del Mark verdadero. Luego, sin Anna en el camino, Helen permanece con vida, con el hijo de los protagonistas en casa y a la espera del Mark apócrifo, quien intenta irrumpir en el hogar, casi como si fuera el Anticristo encarnado, en una secuencia de carácter apocalíptico. 

Cualquiera sea la interpretación que le demos, no basta para agotar el significado de las escenas de alto impacto en ese punto de la trama. Volviendo a la premisa inicial, todo podría leerse desde la óptica de la ruptura, entendida de acuerdo al contexto histórico (década de los 80 en Alemania), con repercusiones en la vida sentimental de los personajes y con resultados grotescos, inclasificables, limítrofes entre el drama de culebrón, el gore y el thriller fantástico. Pero, aun así, eso sería coartar el alcance cinematográfico que Possession puede tener, su cualidad visionaria, su riqueza simbólica, su desenfado, literalmente, desde las entrañas de lo desconocido y de lo perverso en la psicología humana. Incluso, trascendiendo su mera contextualización en la Guerra Fría, la película de Zulawski aboga por tópicos muy vigentes, hoy por hoy, tales como el círculo de la violencia en el contexto de las relaciones de pareja, la calamidad social resultante de los conflictos políticos en todo orden y la necesidad de superar y de fundir los géneros cinematográficos en pos de historias menos lineales y más caóticas, reflejos de nuestra era convulsa y vertiginosa. Todas estas cuestiones están lejos de agotarse y, de hecho, suponen, por así decirlo, el zeitgeist de nuestros tiempos. Por lo mismo, Possession se muestra ante nosotros como el Golem hecho de celuloide que vence su contingencia para vomitarnos su fuerza interpelativa, a cada momento, tras cada nuevo visionado. 

A 40 años de su estreno, Possession continúa más viva que nunca, gracias al tratamiento creativo y subversivo de aquellos tópicos elementales. En lo personal, descubrí la película por allá por el año 2008, durante aquellos ciclos de cine de verano en la Sala Insomnia de Valparaíso, sala de cine alternativo que, en aquella época, funcionaba dentro del mítico “Cine Grill Central”, mismo en donde proyectaban cine para adultos. De ese modo, la experiencia de mi primera vez con Possession fue casi como haber perdido una suerte de virginidad cinematográfica o de haber incursionado en alguna clase de práctica bizarra. Sentarse en esas butacas de dudosa calidad, bajo esa luz tenue y con el ambiente pornográfico como telón de fondo, fue la iniciación necesaria para incorporar al imaginario esta auténtica posesión, pero no la posesión paranormal al uso, sino que una mucho más profunda: la posesión de tu mente cinéfila, pervertida y para siempre explotada, en pos de relatos y estéticas desafiando, una y otra vez, la hipocresía de un universo aséptico, sin peligro, sin tabúes.

domingo, 7 de marzo de 2021

Lorena Bobbitt y la castración más famosa de la historia

En el año 93, la ecuatoriana Lorena Gallo (nombre de soltera) se hizo mundialmente conocida por haber castrado a su marido John Bobbitt, mientras este dormía. Inmediatamente después del hecho, arrancó en su vehículo, arrojó el miembro viril por la ventanilla y se entregó a la policía. Tras horas de búsqueda intensa, lograron encontrar el miembro de Bobbitt para luego reimplantárselo en una cirugía muy difícil. Durante el juicio, Lorena alegó que algunos de los motivos para cometer tan alevoso acto fueron la tortura psicológica y las vejaciones a las que era sometida en su vida matrimonial. Sin embargo, después de la sentencia, John fue declarado no culpable de los cargos en su contra y, a su vez, Lorena fue declarada no culpable del hecho delictivo, basando su defensa en el argumento de la “locura transitoria”, razón por la cual tuvo que ser derivada al psiquiátrico durante más de un mes. Sin duda, un caso surrealista, no solo por el hecho de que ninguno fue condenado a prisión, sino que por su alto impacto mediático. Tanto así que, debido a esto, la palabra pene apareció por primera vez en primera plana en los periódicos de Estados Unidos. Incluso se incluyó la palabra “bobitizar” en el diccionario como un sinónimo de castrar, y se rebautizó como Lorena a una criatura acuática que castra al macho tras la cópula.

Lorena, con el tiempo, fue considerada, más que una victimaria, una verdadera víctima simbólica, una mártir de la causa feminista, que veía, en su sonado caso, un auténtico ejemplo de ajusticiamiento y superación de la adversidad. (La misma idea de mutilar los genitales del marido como una manera de sublimar años de violencia era una idea atractiva para las simpatizantes de la ideología de género, que pareciera que invitan a todas las mujeres a tomarse la justicia por mano propia en un ánimo revanchista).

John Bobbitt, por su parte, lejos de traumarse y de hundirse en la ignominia, también se llenó de gloria a su manera, una vez reconstruida su virilidad. Entró en el terreno artístico, específicamente en el mundo del porno, grabando una película con Ron Jeremy, “Johnny sin cortes”. Esto le valió tanta fama que se volvió prácticamente una estrella del espectáculo. Años después, Lorena y su ex marido se reencontraron en un programa televisivo, The insider, y se perdonaron, irónicamente, un día de San Valentín.

En la actualidad, se estrenó un documental llamado Lorena por Amazon Prime, que profundiza en el tratamiento mediático y el desarrollo judicial de la castración más célebre de los noventa; y más recientemente, la película Yo soy Lorena Bobbitt, dirigida por Danishka Esterhazy, que se enfoca en el relato íntimo de violencia doméstica vivido por la protagonista, sirviendo de contexto para la causa que empezó con la castración y acabó con el posterior juicio. Lo interesante es que en esta película se trata de revivir las heridas de hace casi treinta años, pero con un evidente enfoque en el discurso de género, del cual Lorena ha hecho eco a raíz de su tragedia y de su crimen.

La parada reciente de Lorena, según ha confesado en entrevistas, apunta a resignificar su caso para las generaciones actuales, en plena vigencia del Me Too. La pregunta que aún queda volando, tras ver la película, es si la violencia de la mujer hacia el hombre, (ya sea en forma de agresión física o de mutilación) puede ser entendida siempre en todo momento como respuesta a una presunta violencia de género. En este sentido, cabría preguntarse ¿Lorena Bobbitt no tenía más remedio que amputarle el pene a su marido en condiciones asimétricas, a modo de venganza? ¿Era la castración la salida necesaria al tormento que ella decía vivir? ¿Amputarle el pene a su marido fue una forma de hacer justicia? Pareciera con esto que la mujer siempre es considerada víctima, incluso mediando la posibilidad de que ella sea la victimaria activa. Pareciera que la violencia se explica y hasta se justifica solo cuando viene de parte de la mujer hacia el hombre. En caso contrario, al aludido le caen las penas del infierno y hasta el riesgo de que le quiten el pene y lo exhiban como trofeo.

Como sea, Lorena Bobbitt sentó un precedente en la sociedad occidental, respecto a las mujeres que amputan el miembro de sus parejas debido a variopintos motivos. ¿Cuadra aquí la posibilidad de la violencia contra el hombre por el solo hecho de ser hombre? ¿O la castración a lo Lorena Bobbitt siempre tendrá que ser entendida casi como un sacrificio simbólico en pos de una reivindicación femenina? Lo realmente curioso es que existen muchas otras Lorenas Bobbitt en el mundo que inconscientemente replicaron la hazaña de la ídola, o bien, utilizaron este método siguiendo sus particulares objetivos y a sabiendas de sus terribles consecuencias.

sábado, 6 de marzo de 2021

C2PA 1984

No contento con su proyecto para “tapar el Sol” con la excusa de sortear el calentamiento global, ahora Bill Gates pretende crear un auténtico Ministerio de la Verdad digital, llamado Coalición para la Procedencia y la Autenticidad del Contenido (C2PA), mediante la alianza de la compañía Microsoft con otras seis empresas, entre ellas, la New York Times y la BBC inglesa. Su plan es ofrecerle a las Big Tech el software necesario para perseguir y censurar cualquier clase de fake news, leídas como tales de acuerdo a su Pensamiento Único, que no es otra cosa que Capitalismo orwelliano disfrazado de Progresismo. La Verdad, así entendida, será establecida como discurso corporativo oficial, y todo aquello que atente contra este o que siquiera se atreva a una reconstrucción alternativa de los hechos, será considerado mentira y eliminado sin derecho a réplica. ¿Será que la todopoderosa ideología de la elite posee una “bola de cristal” mediante la cual puede discernir el destino de las informaciones en la red, con miras a una agenda globalista? ¿Es este acaso el preámbulo megalómano para un mundo post pandemia?



viernes, 5 de marzo de 2021

Antiviral

En Antiviral (2012), película del hijo de Cronenberg, el protagonista Syd March, contrabandista farmacológico, se inyecta el virus de una celebridad, Hannah Geist, por una perversa adicción a su figura. Se rumorea que Hannah contrajo el virus en China, pero, a diferencia de los otros virus inyectados, este no tiene cura aparente. ¿La ópera prima de Cronenberg Jr. predijo el corona?

martes, 2 de marzo de 2021

De transhumanistas y megalomanía

A R. Cantillano


Miklos Lukacs, profesor peruano, ha dicho que el hombre siempre ha sentido la necesidad de superar sus limitaciones naturales, desde el Poema de Gilgamesh, pasando por Fausto de Goethe, hasta Frankestein de Mary Shelley. Pero ¿qué pasa cuando esa necesidad deja de ser una inquietud puramente filosófica y se plantea como un programa universal a futuro? Eso es lo que Lukacs se cuestiona al tratar el tema del transhumanismo, vigente hoy por hoy, más que nunca, y que tiene como representantes a importantes miembros de la Silicon Valley, como Ray Kurzweil y Elon Musk. Mucho antes, durante comienzos del siglo XX, Julian Huxley, hermano de Aldous Huxley, autor de Un mundo feliz, ya había planteado un significado conceptual para el transhumanismo desde la perspectiva científico tecnológica. En 1957, Huxley abogaba por la intervención directa del hombre en el proceso de evolución natural. Esta idea aún se encontraba en estado latente por aquellos años y no fue hasta la década de los noventa, con el advenimiento de la Sociedad de la información, la expansión del mundo digital mediante Internet y los avances en tecnología e ingeniería genética, que el transhumanismo se fue consolidando como una verdadera ideología mucho más estructural, de proyección abiertamente futurista, con miras a un progreso indefinido.

Durante 1998, se realizó una Declaración Transhumanista oficial y se fundó una Asociación Transhumanista Mundial, conocida como Humanity Plus. Entre sus integrantes, se encontraban los filósofos británicos Max More y David Pearce; los filósofos suecos Nick Bostrom y Anders Sandberg; y el mismísimo Ray Kurzweil. Todos ellos parten de la premisa básica de que la Naturaleza es un fenómeno innecesariamente cruel y que la lotería genética nos condena a una vida de elecciones erráticas y de limitaciones biológicas, sin la capacidad de poder explotar nuestro verdadero potencial más allá del límite. No hay para qué aceptar un destino tan categórico, considerando el increíble avance de la humanidad en tan poco tiempo, concluyen ellos (ojo, aquí hay que señalar el logro de unos pocos genios en virtud de ciertas circunstancias históricas, no al conjunto de la humanidad, entidad, por lo demás, ficticia, y sujeta a ideas megalómanas). Entonces, surge la alternativa, la panacea: la tecnología en función de la causa transhumanista, una herramienta que permita emancipar al hombre de la fragilidad y finitud de su vida material.

Los transhumanistas toman la idea de Julian Huxley, para proponer que la evolución biológica del ser humano dé paso a la evolución por diseño inteligente, no de Dios, sino del propio hombre. En el fondo, el mismo planteamiento del Moderno Prometeo en Mary Shelley: jugar a ser el Creador, pero trascendiendo el plano de la ciencia ficción para volverlo una realidad empírica.

Si bien las tecnologías disponibles actualmente no son suficientes aún para asumir este control, eso no les impide a los transhumanistas establecer tres principios básicos de su ideología. El primer principio es el de la Super Longevidad. Para ellos, el envejecimiento es una enfermedad. Por ende, se hace necesario el uso de la medicina regenerativa (con el gerontólogo biomédico Aubrey de Grey como su referente) para revertir este proceso y tener el derecho a decidir cuánto queremos vivir.

El segundo principio es el de la Super Inteligencia. Sostienen que nuestro cerebro darwiniano es primitivo, y nos priva de experiencias cognitivas y sensoriales que mejorarían notablemente nuestra existencia. Así, Ray Kurzweil propone que se debe aprovechar el desarrollo exponencial de las computadoras, incluso fusionarnos con ellas, para explotar al máximo su capacidad de procesamiento (Elon Musk ya ha creado una iniciativa llamada Neuralink, que consiste principalmente en la conexión de nuestro cerebro a ordenadores y, de paso, a la Nube de Internet).

El tercer principio es el del Super Bienestar. Para David Pearce, de nada servirían los dos primeros principios si nuestra calidad de vida es miserable. Por eso, propone el Proyecto Abolicionista, que no es más que la abolición del dolor mediante la manipulación de nuestros genes. Pearce complementa el Proyecto Abolicionista con el concepto de imperativo hedonista, para decirnos que podemos y debemos vivir como Fausto sin la necesidad de vender nuestra alma al diablo.

A simple vista, la oferta del transhumanismo parece ser la luz, pero como toda luz, tiene un costo. Para convertir a los hombres en super humanos, para hacer real el pensamiento de Dante Alighieri sobre el “trasumanar”, es preciso dejar de ser humanos. Esta lectura sobre el transhumano puede ser malinterpretada como una versión futurista del superhombre nietzscheano, porque lo suyo era más bien una concepción filosófica para la superación del individuo en un mundo más allá del nihilismo y no este proyecto de pretensiones altruistas pero comandado por unos pocos genios de la elite, cuyos intereses verdareros sabemos nunca son del todo transparentes.

Las intervenciones propuestas por los transhumanistas transformarían nuestra condición humana de manera radical e irreversible. Por supuesto, ellos no tienen problemas en asumir aquel costo. Es más, apelan a la aplicación de tecnologías convergentes en el mercado global para materializar sus aspiraciones. Por tecnologías convergentes entendemos aquellas que se integran y potencian entre sí para lograr los resultados deseados, tales como la nanotecnología, la biotecnología, las tecnologías cognitivas y las tecnologías de la información.

Entre las más propicias para concretar el proyecto está la biotecnología, que es la tecnología aplicada a la modificación, combinación y creación de organismos vivos. Esta ofrece un potencial terapeáutico enorme, por ejemplo, mediante la técnica de división de genes descubierta por la bioquímica Jennifer Doudna y la microbióloga Emmanuelle Charpentier, técnica que promete revolucionar el tratamiento de las enfermedades genéticas. Sin embargo, la división de genes también abre la posibilidad para aplicaciones no terapéuticas con fines oscuros, como el nacimiento de bebés por “catálogo” y la creación de quimeras, criaturas mitad animal, mitad humanas.

Otra tecnología propicia para el proyecto es la nanotecnología, que consiste en la manipulación de la materia a nivel subatómico para la fabricación de nuevos materiales. Un buen ejemplo de esto es el grafemo, nanomaterial aislado por Andre Geim y Konstantin Novoselov, científicos rusos.

Finalmente, tenemos la IA, que es la tecnología mediante la cual las máquinas, especialmente los sistemas computacionales, simulan las funciones de la inteligencia humana. Los transhumanistas aspiran a que las máquinas puedan aprender y pensar por sí mismas, lo cual deja abierta la posibilidad de la consciencia cibernética.

La idea de Super Inteligencia busca alcanzarse mediante la fusión del hombre con la computadora. Por eso, se especula que algún día las máquinas y los cyborgs superarán la inteligencia del hombre, abriendo la puerta para imaginar la existencia de escenarios cinematográficos tipo Terminator, Blade Runner, Videodromo, Gattaca, Yo Robot, Black Mirror, y prácticamente todo el imaginario distópico de ciencia ficción ya escrito en la literatura por autores como Philip Dick, con su novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, que ilustra un mundo post apocalíptico habitado por animales en extinción, seres humanos colonizando Marte y Androides que planean rebelarse contra ellos; y William Gibson, con su novela de los ochenta, Neuromante, que visualiza un futuro invadido por microprocesadores, en el que la información es la materia prima, futuro peligrosamente muy similar al presente, al punto de la profecía autocumplida.

Ante esto, cabe preguntarse nuevamente sobre los costos de emprender el proyecto transhumanista. Me refiero a los costos morales, éticos, paradójicamente, humanos. Por ejemplo: el hecho de integrar la máquina y la inteligencia artificial a nuestro organismo ¿implicaría también la manipulación o derechamente la pérdida de nuestro ser orgánico, y con ello, nuestra subjetividad, todo aquello que nos hace lo que somos, mediante nuestras propias experiencias? ¿Hasta qué punto seremos libres de optar por esta vía o su elección se volverá política global, al punto de limitar el disenso? A juzgar por el ímpetu megalómano y el poder financiero, es muy probable que ya esté en miras de volverse otra de las tantas cabezas de la gran Hidra globalista que opera prácticamente en todo Occidente.

Muchos pensadores contracorriente se han cuestionado al respecto. Nuestro psicólogo chileno, Sergio Schilling, teme que estas ideas a futuro puedan ser impuestas a nivel mundial, generando una potente fuerza de pensamiento único y pasando a llevar los límites de cada cultura con la excusa de un beneficio mayor en pos de la humanidad, entidad abstracta usada hasta al hartazgo por el populismo de los grandes poderes. Ya lo advirtió el propio Aldous Huxley al señalar que “la ciencia y la técnica al servicio de los intereses del poder, puede conducir a formas sociales de dominación absoluta, a instituciones opresoras a las que nada quedará al margen, de las que nadie escapará”. Francis Fukuyama, por su parte, se ha mostrado abiertamente en contra, llamando al Transhumanismo, “la idea más peligrosa del mundo”, porque, según él, alteraría la naturaleza humana a tal punto que atentaría contra el concepto de la igualdad entre todos los seres humanos, igualdad que supone el fundamento de toda sociedad democrática.

Hay en el proyecto, como dijo Miklos Lukacs, un afán perverso por entender al humano puramente como materia, como “plastilina” moldeable al antojo de genios tecnócratas, un verdadero Golem y no un ser con una dimensión espiritual. Habermas también criticó los preceptos del Transhumanismo, aduciendo que estos eliminarían la posibilidad de la autonomía ética del individuo, siendo sometido a los intereses maquiavélicos de unos pocos “iluminados”, sin una verdadera discusión antropológica sobre los valores transhumanistas, concebidos, en todo momento, como verdaderos y absolutos.

Ese es el problema de todas las ideologías con un relato emancipador, aunque estas posean la máscara de la transformación cósmica: ofrecen la redención definitiva a un supuesto mal irremediable, a cambio de sacrificar el bien mayor, la libertad. En esta, cabe la libertad de conciencia, de decidir perecer (el tan mentado “ser para la muerte” de Heidegger, odiado por Kurzweil) o incluso de decidir vivir por y para la materia, pensándola en su aspecto esotérico, en una realidad no limitada a lo evidente. Se trata de la encrucijada contra el materialismo transhumanista que, con su megalomanía, podría provocar, en un futuro próximo, “mega muerte”.

viernes, 26 de febrero de 2021

Hay un dibujo mío de chico, enmarcado en la pieza de mis abuelos. Les gustó tanto que lo rescataron y lo conservaron hasta el día de hoy. Se trata de un dibujo de un nivel inventado de Super Mario 64, uno muy similar al mundo de lava, solo que con algunos detalles extra, agregándole surrealismo. Este extraño mundo permanece colgado en la pared de la pieza, y vela los sueños de mis abuelos, todas las noches. Lo supe cuando fui a ver al tata, luego de avisarme la familia que ya está viviendo sus últimos momentos. El tata estaba recostado sobre la cama, de lado y justo detrás de la pared con el dibujo. Lo observó y recordó por unos instantes aquellas veces en que solíamos jugar con mi primo a ese juego y otros más, en la misma pieza en la que estábamos. Nos desvivíamos tardes enteras tratando de avanzar entre los niveles o compitiendo entre sí. La sola memoria sobre aquellas tardes legendarias, volvió a la mente del tata, al fijarse detenidamente en el dibujo del mundo inventado. Su poder evocador es increíble y emerge cual lava sobre nuestra experiencia pasada. Simplemente, el dibujo, gracias a la fuerza del tiempo, consiguió envejecer bien, o se volvió, en cierta forma, el amuleto que encapsuló la nostalgia, una ventana imaginaria a un infierno lúdico. Sin embargo, ese mundo en el dibujo solo puede permanecer allí y servir de reminiscencia para el tata cuando llegue la hora. Lástima que este nivel perdido no pudo diseñarse en tres dimensiones para ser reproducido en una consola de 64 o algún emulador, y solo toque proyectarse en éste para soslayar el final del juego de la vida.

jueves, 25 de febrero de 2021

La escritora chilena asesina

María Carolina Geel, seudónimo literario de Georgina Silva Jiménez, fue una escritora y taquígrafa chilena de principios de siglo XX. Armó una exitosa carrera como novelista y después como ensayista, siendo reconocida además en el ámbito de la crítica literaria. Se codeó con figuras de la talla de Alone y Gabriela Mistral. Pero Geel sería recordada no precisamente por su literatura, sino que por ser la protagonista de uno de los crímenes pasionales más impactantes de la intelectualidad chilena. 

Exactamente el 14 de abril de 1955, Geel disparó en contra de su amante, Roberto Pumarino, en el conocido Hotel Crillón. Cuatro disparos a las cuatro de la tarde. Por este hecho de sangre fue condenada a tres años de presidio. Allí escribió Cárcel de mujeres, una de sus novelas más importantes. Esta describió un mundo infranqueable, que oscilaba entre la escritura testimonial y la de ficción, legitimando, de esa forma, una mirada femenina del espacio carcelario. Recibió el indulto presidencial de Carlos Ibáñez del Campo con la ayuda política de Gabriela Mistral. 

Se han intentado dilucidar las auténticas motivaciones del crimen de Geel. Todas son meras interpretaciones o especulaciones. Se llegó a decir que lo sucedido correspondía a una estrategia publicitaria por parte de la escritora. Joaquín Edwards Bello, sostuvo que fue un acto de locura cometido por una mujer “intoxicada de literatura”: “Su mano no se armó para matar un hombre ni un amor. Se armó para matar al monstruo de la frustración”. ("Cárcel de mujeres", La Nación, 12 de abril, 1956). Tal vez una pista remota respecto al por qué María Carolina Geel mató, se encuentre en su primera novela, publicada el año 1946, “El mundo dormido de Yenia”, que comienza con una cita de Nietzsche, muy reveladora en este sentido: “Amar y desaparecer : he ahí cosas aparejadas desde la eternidad. Querer amar es también estar pronto a la muerte”. 

Hasta el momento de su partida, Geel nunca volvió a hablar del crimen que protagonizó. “La verdad no será dicha jamás”. Alone, uno de sus más fieles defensores, señaló en su tiempo: “que sus libros declaren por ella”.