viernes, 26 de abril de 2019

Qué cuático cuando aún en la calle gente del ambiente te reconoce por "poeta" (en circunstancias de que no he escrito nada medianamente decente en mucho tiempo. Como mucho, garabatos, borradores). Y qué loco cuando ex alumnos de la nada te recuerdan, pillándote en tal o cual contexto, y gritan: ¡wena profe!. Pero qué tierno, además, cuando los mismos amigos de siempre, los wnes de siempre, al reencontrarse contigo te saludan y siguen diciéndote: ¡wena qlo! Soy a un tiempo el "poeta", (¿lo soy? para ellos), el "profe" (¿lo sigo siendo? para ellos también) y, en última instancia, el amigo, el wn, el...

jueves, 25 de abril de 2019

Me había dado por decir las claves de las guías aludiendo a cosas en lugar de solamente mencionar la letra de la alternativa. Un recurso, dirán ustedes, infantil, pero increíblemente conductista. Así, por ejemplo, salió a colación una que otra A, y le llamaba a veces avión; otras, anarquía. Cuando figuraba la C, se me ocurrió caballo. Al escuchar eso, un cabro al fondo gritaba "¡caallo!" en tono flaite. Otro, después de él, dijo "chela", "cigarrillo". "Se nota que es sano, profe", comentaba un compañero suyo, riéndose solo. Respecto a la E, dije elefante. Otro cabro de más al medio, saltó y dijo en su lugar: "¡esteroides!". Al salir la D, la cosa se había puesto fome. Con suerte, dedo, ¿qué más? diablo, demonio. Hasta que en una alternativa de los ejercicios salió como respuesta la B. Entonces, una cabra cerca de la puerta, en el grupito de la esquina vestido de uniforme rojo, no se hizo esperar, se levantó y dio su respuesta: "Es la B, profe, ¡B de Baca!". El bullying recayó sobre ella, en cuanto asociaron la palabra al animal. "Se escribe con v, weona, con v", insistió una compañera suya. Me había percatado del hecho y me toqué el rostro con la palma de la mano, creyendo que ella se refería efectivamente al animal. Pero resultó que también existía la palabra baca con b, solo que, en el momento de la respuesta de la chica, como todo fue tan inmediato, no alcancé a procesarlo. Ante las burlas constantes que le hacían, la chica en cuestión sacó su celu y buscó la palabrita en la Red, confiada en su existencia tan incomprendida como vapuleada. Por mi parte estaba seguro de que sí existía, solo que no recordaba su significado en ese momento. Y gracias a wikipedia, ¡santo remedio!, la cabra pudo confirmar su inquietud, con lo cual recuperó su honra in situ. La palabra baca se podía referir tanto a un portaequipaje como a un sitio donde podían ir pasajeros. "¿No ve, profe? le dije. Era la b de baca, y no me creyó". Tuve que retirar la palma del rostro y escribir en la pizarra la palabra junto a la alternativa, salvaguardando así la asertividad de la chica frente al resto. Sus compañeros también tuvieron que tragarse sus palabras, aunque insistían que la referencia era muy rebuscada. "Pero la wea existía", mencionaba ella, toda confiada, resuelta, muy segura de sí misma. Era tanta la seguridad que transmitía, que hasta se me ocurrió asociar su comentario a los dichos atribuidos a Galileo frente a la inquisición: "Y sin embargo se mueve". Durante ese momento caóticamente dinámico, la inquisición fue el resto del curso, rodeándola, apuntando a su supuesta ignorancia, y la chica hacía el papel de la iluminada que dio un giro copernicano al significado de la palabra. Ya al acabar la clase, la cabra de la baca se me acercó y me preguntó respecto a las palabras homófonas. Eran, de hecho, las palabras que sonaban igual pero se escribían distinto. "Eso pasó hoy. Un malentendido de homófonos", dijo. Y se dio medio vuelta, no sin antes ofrecerme una galleta, a modo de compensación. Esa pequeña galleta, cubierta de chocolate y vainilla, crujiente, era el obsequio que sellaría el impasse.

miércoles, 24 de abril de 2019

En Tvn declaran que, "tal como en un capítulo de Cincuenta sombras de Grey" Johanna Hernández habría firmado un Contrato de sumisión con Francisco Silva, en el que se le indicaba qué hacer, adónde ir, qué decir, qué leer, incluso qué comer. Francisco negó tajantemente la existencia de tal contrato de sumisión. Todo esto, en el marco del juicio por el asesinato del profesor Nibaldo. Las declaraciones que hacen ambos son, a todas luces, contradictorias. El matinal insiste en el carácter de puzzle de la investigación, como si no bastara con el simbolismo de las piezas dispersas (lo mismo decían, por ejemplo, sobre el caso Hans Pozo). La pregunta que aún permanece en primera plana es ¿quién dice la verdad? La pregunta que me hago yo, en cambio, es ¿importa la verdad realmente? ¿importa la verdad para los presentes, o prevalecerá siempre el poder de la interpretación de los hechos, auspiciada por los abogados del diablo? ¿La verdad será siempre, acaso, ese campo de batalla en que prevalece una versión de la cruda realidad, o aquella zona cero, ese sector limítrofe en donde los involucrados se niegan mutuamente, sin fin, enarbolando proyecciones ilusorias a su conveniencia? La justicia, en este caso ¿acabará siendo únicamente aquel "principio tranquilizador" sobre el cual descansará el supuesto equilibrio, ya no digamos de la verdad, sino que de las interpretaciones parciales sobre el hecho de sangre? ¿quién dice la verdad? ¿importa quién dice la verdad?
En el día del libro, después de clase, un alumno se acercó y me mostró La interpretación de los sueños de Freud. "Supongo que lo conoce. No, no crea que lo leo para el colegio ni nada. Lo leo para mí". Sostuvo por un rato la portada del libro frente a mis ojos. Luego, preguntó: "¿Sabe de algún otro autor que pueda explicarme este libro? Es medio complicado entenderlo". Le expliqué que Freud de por sí era difícil, porque alternaba la teorización psicológica con la crónica de las propias experiencias psicoanalíticas. El cabro se refería al lenguaje demasiado técnico, "elitista" que ocupaba el autor en ese libro en particular, no pudiendo ser comprendido a cabalidad. Le seguí explicando que, en efecto, su pluma iba orientada a construir las bases de una nueva disciplina, por eso se dejaba leer, a ratos, demasiado herméticamente. El cabro luego se refirió a otro autor que estaba siguiendo. Se trataba de Lacan. Se refería a este como un sucesor, pero se dio cuenta que le servía todavía menos para explicar a Freud. "Este otro es aún más complicado", sostenía el cabro con cierto dejo de resignación. En eso, volvió sobre su mochila y sacó otro libro. Era la Introducción clínica al psicoanálisis lacaniano: teoría y técnica de Bruce Fink. Según él, en ese libro que estaba recién hojeando paralelamente al de Freud, el autor hacía un resumen más o menos bien detallado de los lineamientos generales del pensamiento de Lacan. "Profe, busco algo como esto, pero en Freud", señaló, en el momento que dejaba nuevamente la portada de este libro frente a mis ojos. Para cerciorarse de que su inquietud iba en serio, se dedicó a buscar entre las páginas del libro el índice, con tal de que cachara la estructura que él estaba buscando, estructura que ansiaba poder descubrir gracias a la recomendación de alguien más leído. Lamentablemente, y muy a mi pesar, no pude recomendarle nada similar a lo de Fink respecto a Lacan, puesto que en materia de bibliografía psicoanalítica apenas tengo una edición Ercilla de La interpretación de los sueños del año 88, toda roñosa y perteneciente a una colección llamada Las más grandes obras del conocimiento. De hecho, la edición que me había mostrado el cabro era mucho más bonita y completa que la mía. No recuerdo, eso sí, la editorial, demasiado imbuido con la inquietud inicial del cabro respecto a un posible hermeneuta de la obra de Freud. Frente a la imposibilidad de darle alguna recomendación bibliográfica digna, a mi mente vino un solo autor como una invocación: Carl Jung. “¿Conoce usted a Jung?”, le pregunté al cabro. Este dijo que había leído sobre él pero no mucho. Sabía que era discípulo de Freud, sin embargo, desconocía su obra. “¿Tiene él acaso algún libro que explique a Freud así como Fink explicó a Lacan?”, preguntó, esta vez, ansioso. Mi respuesta fue del todo franca, no queriendo darle falsas expectativas respecto a mi escaso conocimiento. Le dije que Jung no hacía eso, pero le podría servir para entender el psicoanálisis “desde otra vereda”. El cabro volvía a cuestionarse a qué vereda me refería. Le hice saber que era un psicólogo que se desligó de la escuela freudiana para diseñar su propio método a partir de una cosmovisión más amplia. “Básicamente, en lugar de entender los sueños como simples emanaciones del inconsciente, se refiere a ellos como símbolos. Toma elementos de otras culturas para construir esa interpretación”. Al escuchar el comentario, el cabro quedó igual de metido que antes, pero parecía entusiasmarle la idea de buscar a otro autor afín al problemático Freud, motivado por la búsqueda de alguien que lo explique con la navaja de Occam. No pudo dar con aquella referencia exigida desde su lectura del inconsciente, pero, en cambio, sumó a Jung a la lista de posibles estados del arte. “Buscaré a ese Jung. Si habla de los sueños, me sirve”, decía el cabro, despidiéndose, al mismo tiempo que guardaba el libro de Freud y el de Fink. Aproveché de recomendarle el Recuerdos, sueños y pensamientos, libro que, a diferencia de Freud, tengo entre mi catálogo en una edición decente, Seix Barral, forrada entera con tapa dura. Apenas escuchó el nombre del libro, se devolvió para que se lo anotara. Sacó una pequeña hoja en blanco de entre su cuaderno y pidió que se la escribiera sobre el libro de Freud como apoyo. Así, el cabro se llevó la hoja anotada con el nombre de Jung y su solícito libro. Guardó repentinamente la Interpretación e, inmediatamente, hizo un gesto con los dedos que sostenían la hoja en la que figuraba inscrito el Recuerdos, un gesto no se sabía si de apropiación o de aprobación. Apuntando esto último, me veo en la pieza escarbando entre el estante para dar con el libro de Jung. (Quizá, si me baja el espíritu solidario, hasta puede que se lo preste). Al encontrarlo, lo abro casi instintivamente y, al cambiar una página al azar, doy con la siguiente cita: “El destino quiere ahora que en mi vida, lo externo sea accidental, y solo lo interno rija como sustancial y determinante”.

martes, 23 de abril de 2019

Tal como los vendedores de pescá de Caleta Portales un Viernes Santo, o como los vendedores de huevitos de chocolate en Pascua de Resurrección, así se deben sentir los escritores hoy en el día del libro, vendiendo su mercancía al mejor postor. Lleve de lo bueno. Lleve de lo libro.
Remedio infalible contra egocéntricos, narcisistas, megalomaniacos y solipsistas. Lea el siguiente fragmento de "Sobre verdad y mentira en sentido extramoral". Internalícelo. Acto seguido, observe el centro de la imagen todo el tiempo que crea necesario, y dimensione su propio espacio en él: 

"En algún apartado rincón del universo, desperdigado de innumerables y centelleantes sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales astutos inventaron el conocer. Fue el minuto más soberbio y más falaz de la Historia Universal, pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras un par de respiraciones de la naturaleza, el astro se entumeció y los animales astutos tuvieron que perecer. Alguien podría inventar una fábula como ésta y, sin embargo, no habría ilustrado suficientemente, cuán lamentable y sombrío, cuán estéril y arbitrario es el aspecto que tiene el intelecto humano dentro de la naturaleza; hubo eternidades en las que no existió, cuando de nuevo se acabe todo para él, no habrá sucedido nada. Porque no hay para ese intelecto ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana. No es sino humano, y solamente su poseedor y creador lo toma tan patéticamente como si en él girasen los goznes del mundo. Pero si pudiéramos entendernos con un mosquito, llegaríamos a saber, que también él navega por el aire con ese mismo pathos y se siente el centro volante de este mundo. Nada hay en la naturaleza tan despreciable e insignificante que, con un mínimo soplo de aquel poder del conocimiento, no se hinche inmediatamente como un odre; y del mismo modo que cualquier mozo de cuadra quiere tener sus admiradores, el más orgulloso de los hombres, el filósofo, quiere que desde todas partes, los ojos del universo tengan telescópicamente puesta su mirada sobre sus acciones y pensamientos".



lunes, 22 de abril de 2019

Arrestan a Julian Assange en la embajada de Ecuador en Londres. Se quema la catedral de Notre Dame bajo extrañas circunstancias. Se incendia, casi al mismo tiempo, la mezquita de Al-Aqsa en Jerusalén. Atacan una serie de iglesias en Sri Lanka durante pascua de resurrección. Todo ocurrió en un lapso inferior a dos semanas. No sé ustedes, pero hace rato que Occidente y Oriente andan entero detonaos.

domingo, 21 de abril de 2019

Camino a casa un tipo perdido me interceptó a la altura de la Biblioteca Severín. Se le veía urgido. Se notaba que no era de por aquí. Decía venir de una pega de reponedor. Explicaba que no le pagarían el adelanto hasta el lunes, por lo que quedó sin efectivo para volver a San Felipe. Casualmente, la misma ciudad en la que casi quedo varado al salir de la pega el viernes pasado. ¿Qué le hizo pensar que yo, egoísta entre los egoístas, podía ayudarlo? ¿Un mero asunto de contigüidad? ¿De coincidencia espaciotemporal? Este solo hecho hubiera bastado para ponerse en los zapatos del tipo que, plantado en la vereda y con actitud genuflexa, insistía en pedir el monto necesario para el pasaje de la Sol del Pacífico. A pesar de verme reflejado en él, revisé el bolsillo y vi que no tenía mucho para ofrecerle, con suerte una luca guacha. Se la di sin compromiso, como una muestra solapada de empatía o, debería decir, conmiseración. El tipo agradecía de corazón, aunque aún le faltaban dos lucas para completar el monto total. Siguió así su camino, sonriendo fugazmente y alzando el dedo gordo, apenas despidiéndose, raudo hacia Pedro Montt, quizá con qué suerte. Sigo cavilando sobre la anécdota y, en particular, sobre el destino del tipo. ¿Habrá conseguido la plata restante? ¿Habrá regresado a dónde decía regresar? ¿O, en cambio, se habrá “tomado” la plata, tentado por el endémico abandono de esta ciudad? ¿Qué será de aquellos sujetos que vimos una pura vez, por abc motivo, en la calle, de manera tardía, y que, debido a cierta premura o circunstancia adversa, no volvemos a reconocer nunca jamás? ¿Qué paradero de vida o de muerte le deparará, más allá del margen de nuestro propio reconocimiento? Quiero creer que el tipo decía la verdad; quiero creer que consiguió lo que decía querer conseguir; quiero creer que llegó adonde decía tener que llegar, porque, de lo contrario, seguirá deambulando en la conciencia cual pensamiento sin órbita; porque si yo hubiese estado en su lugar, no sería más que un satélite extraviado en su memoria sin arraigo.
Jesús volvió de la muerte un día domingo, en circunstancias de que otros aún no vuelven del carrete de anoche o aún no resucitan de la caña. Entonces, si él lo hizo ¿ya somos salvos? ¿ya estamos perdonados? ¿podemos seguir siendo los imbéciles de siempre, sin culpa?
El infierno es no poder conciliar el sueño. El infierno es este antro insomne. El infierno es este exceso de realidad.