martes, 24 de noviembre de 2015

Sobre cómo soy amigable y democrático

Tener unos pocos amigos con los cuales se habla cuestiones efímeras; con los que se habla sobre sexo, política, literatura, cine, con un aire de snob universitario pero empobrecido, solo para pertenecer a alguna especie de grupo que va a la vanguardia y a la vez gruñe sobre la revolución a escondidas; otros con los que solo se pasa el tiempo maldiciendo el futuro, o, por el contrario, soñándolo entre mujeres y carrete, con los que se puede ser absolutamente idiota hasta el punto de la verguenza, y además, simular una adolescencia tardía; otros que son vivos haciendo contacto, desarrollando la vena social (cuestión en la que me declaro lego) para sacar utilidades y esencialmente buena pega, los que despiertan el lado más pragmático de la personalidad; algunas amigas, por otro lado, con las que se suele hablar asuntos más intimistas, personales, y sobre poesía, cultura en general, en un tono menos desatado, sin dejar de sonar auténtico, siempre guardando esa cuota de tensión; otro con el que incluso se puede tratar exclusivamente temas esotéricos y voladas relacionadas con el misticismo; y otros tantos que todavía existen en la imaginación, como una compañía ideal, o como rostros conocidos que aún esconden posibles aventuras y desventuras. Todo eso es mi idea personal sobre ser democrático.

lunes, 23 de noviembre de 2015

El otro día, tratando de invitar gente para una lectura poética, le dije a uno de los que estaba ahí si se animaba a leer o, en su defecto, solo asistir en calidad de espectador u oyente al evento. Me preguntó si había alguna invitación formal. Francamente solo contaba con la pura idea transmitida de forma oral, como se supone debía ser a pesar de los infinitos medios, cuando en el fondo, la razón verdadera era en ese instante la falta de tiempo y de dinero para una cuestión más producida. El sujeto, que para mi sorpresa también se hacía llamar poeta, replicó que exigía algo un poco más serio. Estaba en todo su derecho, a pesar de la bebida. Yo le respondí, sin embargo: "Los burócratas exigen correos, papeles. La gente mortal habla de boca a boca": Él dice casi enseguida: "Siempre tan etéreos, los que se dicen poetas". 

Después de eso se arma una breve discusión bizantina sobre si era realmente práctico o abstracto convocar solo de forma oral o mediante un recurso más formal como un mensaje o un flyer. Al fin y al cabo, el asunto acabó en nada. Si el compadre realmente deseaba ir, iría de todas formas. Si lo hubiese invitado de una u otra forma, en el fondo, daba lo mismo. Se discutía de forma algo absurda la consistencia del evento o mejor dicho la manera de traducir una cuestión pública a un asunto privado, individual. 

Quería su propia cuota de República inconsciente, como si por asistir hubiese que pagar alguna clase de tributo, como si por el hecho de ser invitado se contara con alguna clase de título nobiliario, cuando alrededor a nadie le interesa. Consideraba simplemente una ofensa ser convocado sin una invitación. Su ego era tanto que, según él mismo, su presencia daba exactamente lo mismo y no cambiaría nada. Era tan importante que su inexistencia necesitaba justificarse. 

Por otro lado, el puro hecho de difundir el evento era algo tan crucial que lo mejor de todo era tener una excusa para hacer algo, fuese lo que fuese, aunque no hubiese garantías. La poesía, más prostituida que la palabra cambio, siempre la excusa para que cada cual se publicite a sí mismo, de la manera que sea, como si fuese una especie de secta o, por el contrario, una feria en la que cualquiera se pasea, con ánimo de ausentarse por pura tincada o de simplemente asistir a ver si pasa algo verdaderamente emocionante.

sábado, 21 de noviembre de 2015


La confesión de un alumno el otro día. Pidiéndome ayuda para escribirle una carta a una amada anónima. Decía: "No quiero escribir la mejor carta del mundo. Solo quiero que me lea y lo sepa". Esa confesión a pesar de sonar demasiado tópica o cliché, resulta algo inesperado entre tanta relación de protocolo, entre tanta mentira profesional, tanta hipocresía.Es la confesión del que no sabe mucho pero siente demasiado. Algo íntimo por auténtico. Todos hemos tenido alguna vez esa necesidad, esa ráfaga del interior que barre con el orgullo y nos dice que todavía hay un mundo allá afuera exigiendo de nosotros algo más que pura razón y utilidad. Aquello inexpresable pero que solo se sabe que está ahí, latiendo, algo más o menos así es el temprano sentimiento del amor. Debo ser honesto: Nunca he sido muy bueno en este tema. A lo sumo un par de aventuras, intensas pero intrascendentes. No tengo la experiencia suficiente para aconsejarlo correctamente. Solo el añadido moral de mi rol educativo, siempre superficial. Quizá lo único en que puedo ayudarle, aunque sea remotamente: la palabra. El único reducto de voluntad, que tampoco garantiza la satisfacción del deseo, pero que al fin y al cabo es lo único, precario por abundante, con lo que se cuenta a la hora de la verdad. Pienso inmediatamente en aquellas cartas entre Miller y Anais Nin, marcadas por cierta pasión erótica, o las de Kafka a Milena, con el estigma de la distancia y la incomprensión. Muy distintas pero llenas de una tinta, de un fluido similar, el fluido de lo inexpresable pero sensible. Uno no sabe lo que siente el joven frente tuyo, solo te ve como un referente, como alguien que se supone puede servirle más allá del mero plan curricular, también si se quiere como un aval de sus sentimientos. Verse reflejado en ese deseo sin efecto, en esa incapacidad de comunicarse a pesar de estar lleno de algo por expresar, es impagable, es toda la educación, a pesar de que quizá la amada no responda su carta, a pesar de que quizá ese hecho no le ayudará a formar un compromiso y tener cierta idea vaga del futuro. Solo por ese reflejo se vuelve a casa, sereno, (que no realizado) aunque todo lo referente al corazón suene todavía tan complejo.
Hace poco se habló de la visita de Bruce Dickinson a Chile por motivo de una charla sobre tecnología. El empresario y piloto comercial que antaño cantaba sobre el número de la bestia. El rock tiene mucho de eso, de ambición, de megalomanía pero también de impostura, de aniquilación. Unos toman el viejo camino dionisiaco, se revientan y dejan un bonito cadáver. Otros hacen de eso un imperio y una institución. Como sea, el sonido vibra igual de eléctrico. Solo espero que para la sesión de Heavy Metal de hoy mencionen a William Burroughs. Aparte del camino empresarial del rock, el camino psiconauta, el camino de la vanguardia...

miércoles, 18 de noviembre de 2015


Premisa: Descreer de los dioses no te hace automáticamente más inteligente ni razonable, así como ser un creyente no te hace inmediatamente más místico ni espiritual. Otra más: promulgar lo uno y lo otro tampoco es garantía de nada.

martes, 17 de noviembre de 2015

He ido aprendiendo por pura experiencia que todo tiende a la entropía. Lo recordé después de la mudanza. Una pieza que se deja estar simplemente vuelve al polvo. El orden es arbitrario. Completamente personal. Una cuestión puramente voluntaria. Una muleta para la vida. El viento que entra desordena los muebles. Los libros apilados se van carcomiendo si no se leen. La lluvia humedece el techo. Todo se hace mierda. Asimismo en las clases, si el curso queda solo, si los alumnos intuyen una mínima cuota de improvisación queda la cagada. Vuelven a su estado normal. De libertinaje. Como todo. De esa forma, un poco de acción es siempre necesaria, pero nunca suficiente. Al menor atisbo de descuido, el mundo conspirará para hacerte sentir chico, para contradecirte, para volverlo todo desorden. Ese desorden es a simple vista la ruina de los planes pero no es más que el movimiento natural de las cosas. Digo esto mientras le saco el sarro a la taza de café dejada anoche para volver a planificar, en la que una mosca permanecía muerta, como burlándose de esta palabrería, de este intento de controlarlo todo, de ponerle bozal al caos...

Vuelvo a ver Taxi Driver por TCM. Siempre se descubre algo nuevo, como ese taxi conocido que tomas donde mismo pero siempre con gente distinta, otra jodida historia única en cada viaje. Frase de la noche: "hay que hacer algo, no se sabe qué, pero algo de verdad".

domingo, 15 de noviembre de 2015


Esa tranquilidad de domingo, sospechosa, sarcástica... quiere terminar algo pero en su lugar te fuerza a comenzarlo....

sábado, 14 de noviembre de 2015


A propósito de París, Celine diría (En Viaje al fin de la noche): "El mundo no sabe más que matar. Cuando el mundo se vuelve te mata igual que un durmiente mata a las pulgas. Lo que sería morir bien tontamente, me digo, como todo el mundo, quiero decir. Tener confianza en los hombres equivale a dejarse matar un poco."

jueves, 12 de noviembre de 2015


A menudo con el tiempo los libros que una vez se prestaron sin retorno se parecen a amantes que casi no alcanzaste a disfrutar lo suficiente, y que por esas cosas del destino acabaron en manos de otro simplemente por exceso de arrogancia o de generosidad. Lo peor de todo, sin embargo, no es el hecho de haber sido engañado, sino la pérdida de la confianza en la palabra empeñada, y sobretodo, la incertidumbre sobre qué estará haciendo aquel otro con el antiguo objeto de tu posesión. Es ese "quizá" el que, sin duda, quita el sueño.