lunes, 14 de septiembre de 2015

Metálogo


Recordé un metálogo de Gregory Bateson que habla sobre qué es el instinto, en una muy ilustrativa charla de un padre con su pequeña hija respecto a esa tan amplia pregunta. En un pasaje el padre le responde que el instinto sería un principio explicativo, como la gravedad planteada por Newton. Explica todo y a la vez nada. La hija le hace una pregunta que sin querer devela un problema científico ¿El instinto fue inventado o descubierto? El padre le responde afectuosamente que son nada más que rótulos para explicar ciertos fenómenos sobre los que hay solo un acuerdo temporal. Las cosas no necesariamente deben ser como sus nombres, añade. La hija aún perpleja le replica a su padre si acaso las hipótesis sobre aquello que se desconoce no están compuestas como los cuentos. El padre le confiesa entonces que son formas de nombrar ciertas cosas que suceden. Solo le resta a los científicos suponer en la medida que no encuentren otra explicación satisfactoria a aquellas cosas. A eso le llaman caja negra. El padre se pregunta si acaso su instinto no será tan profundo e indeterminado como esa caja, si acaso su hija puede todavía suponer más allá de su inocencia. No puede saberlo, porque la pregunta en realidad no es lo importante, porque le basta con la ficción de reconocerse allí, junto a ella, haciendo como que cambian el mundo, tiernamente, a oscuras.

domingo, 13 de septiembre de 2015

After


Una chica en la disco durante el baile me dijo si conocía una novela romántica llamada After de Anna Todd, puesto que era su favorita. Le dije que me sonaba pero no. Enseguida le hice mención de Orgullo y prejuicio y Cumbres borrascosas como novelas románticas obligadas. Preguntó nuevamente si había leído la tal After, porque ahí se hacía referencia precisamente a esas dos novelas. Sin otra cosa que decir, le insistí que tengo una de ellas, Cumbres borrascosas, en la casa. Conseguí número con la excusa de juntarse para hacer el intercambio de libros. Llego a la casa a corroborar la existencia de la novela y se trata de una denominada fan fiction inspirada en uno de los integrantes de One Direction, un melodrama juvenil sobre la típica chica que llega a la Universidad y se enamora del tipo malo, con dosis de erotismo y narrativa beat. Después del beso final no espero solamente leer la novela por muy caliente que fuese, ni que ella solo busque aquellos clásicos para desmentir o fortalecer su preferencia literaria. Pensé muy en el fondo, si la novela tiene lectoras como ella, no puede ni debe ser tan mala. Por cursi que parezca, esta vez las apariencias no engañan. Leer y bailar fueron la forma en que enganchamos el cuerpo del amor.

jueves, 10 de septiembre de 2015



Corrigiendo pruebas sobre El extranjero, de repente me doy cuenta que incluso al indiferente en extremo "no le falta Dios". Cuando el capellán lo visita a la cárcel e intenta convencerle sobre la fe antes de ser ejecutado, responde que el único rostro que ha intentado profesar es el de María (su amor, no precisamente la virgen). Y eso, a pesar de su declaración final, es el meollo del asunto. El amor, a pesar de consumarlo, le resbala. La vida no lo envuelve por impotencia ni por incomprensión, simplemente le parece baladí.

martes, 8 de septiembre de 2015



Una vez temprano por la mañana, en una clase sobre medios y discurso expositivo, un alumno dijo mientras se disponía a sacar su celular del bolsillo: "Profesor ¿Nos ayuda la tecnología a escribir mejor?". Le expliqué lo típico asociado al curriculum: que depende del uso que se le dé a la herramienta. Lo común, lo que se espera del manejo de las TICs de parte de un profesor criado en la cápsula de la metodología y el funcionalismo. Sin embargo, su pregunta no apuntaba solo hacia la utilidad servil de la escritura. No veía en la tecnología solamente un medio, sino que propiamente un nicho, una forma de sentir. En ese caso, la pregunta sobre escribir mejor no es una cuestión de ortografía, redacción, gramática, incluso comunicación. Es una cuestión de carácter, de visión. El alumno quizá involuntariamente apelaba a la posibilidad de una nueva forma de escritura a partir del dispositivo tecnológico. Una literatura basada en la digresión y la postergación. Pensaba en textos concebidos únicamente mediante el tecleo y la pantalla, como si con eso se superara el uso de la muñeca y el papel. Si acaso esa diferencia en el medio y el soporte no podría llegar a ser una revolución estética y política. Sin embargo, no se contempla que la tecnología, como todo en la vida, pueda acabar. Que no alcance para todos y no todos sepan usarla. Que el libro y el papel de por sí ya son un artefacto. Que la palabra no quepa en una amalgama de datos. Que el elemento creador desconozca de algoritmos. Que incluso si se escribe en un iphone o con la pura sangre persistan los temas de siempre. Lo que no quita que si eventualmente el mundo se acaba, el último texto pueda encontrarse en una hoja de papel o en un archivo digital. Fuera de lugar, fuera de tiempo, completamente anónimo, desconocido y por eso mismo inmortal.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Unicef No Logo


Campaña de la Unicef por los niños sirios en Valparaíso. Diviso en la calle a un par de promotoras hermosas. La pregunta sobre la solidaridad comienza a vacilar. ¿Es el hecho completamente filantrópico de cierta voluntad organizada por parte de una entidad de la que no se tiene conocimiento claro ni de su origen ni de sus razones? ¿O es más bien el impulso automático por acercarse a partir del gancho de la propaganda, la belleza de la causa y la de sus asistentes en la calle? Qué es primero: ¿La empatía por una causa mayor o la atracción por su superficie? Un alumno una vez me preguntó, repasando contenido sobre los medios de comunicación, si acaso será lo mismo tratar de persuadir o convencer para una marca de Coca Cola que para una causa humanitaria, cuál sería la diferencia elemental ¿Solamente el componente moral agregado de uno en comparación al otro? ¿Solamente el hecho de que uno no vende un producto en particular, y el otro sí? 

Naomi Klein en su ensayo No logo ilustra que la operación comercial de hoy en día consiste precisamente en la explotación de la imagen (de la marca), en lugar de la simple comercialización del producto como bien común. Las marcas actuarían más que como simples entidades comerciales, sino que como generadoras de cierta ideología y conciencia moral acomodaticia a los intereses de moda. En ese sentido, la pretendida diferencia entre publicidad y propaganda, demasiado básica, servil al curriculum, establece que una trata de persuadir o convencer sobre la compra de tal o cual producto apelando a toda una ingeniería social y psicológica, y la otra únicamente persuade o convence a las personas sobre la afiliación a tal o cual causa aparentemente sin otro fin que servir desinteresadamente a esa causa aun cuando ello implique pagar determinado precio. El alumno sin saberlo dio en el clavo: Propaganda y publicidad son en el fondo lo mismo puesto que lo único que cambia es el enfoque de la operación compra venta: el contrabando de las ideas y el contrabando de bienes materiales, en un escenario como el nuestro, vendrían a ser lo mismo. El platonismo de ciertas causas establecidas como virtudes universales: hacer el bien, ayudar al prójimo, practicar la compasión, propiciar el bien común, en directa relación con la materialidad de la que se vale el sistema: productos, bienes, dinero, etc. Las marcas serían de esa forma entes autónomos, demasiado reales para solo ser ideas, conciencias que se replican valiéndose de nombres, pensamientos, necesidades, acaso cuerpos y mentes que caminan sobre el imaginario de la gente esperando realizar el próximo movimiento en el espíritu de nuestra frenética época. 

Dicho aquello vuelvo a aquella chica en la calle intentando convencerme y persuadirme de manera un tanto entusiasta sobre mi afiliación a la causa de Unicef por los niños sirios ¿Qué era más real en ese momento: la causa o el sentimiento que la chica imprimía? Qué sería lo más contingente en esos instantes de comunicación impersonal pero paradójicamente tan íntima y pública ¿La hermosa promotora o la entidad colectiva UNICEF? Voy aún más lejos ¿Era auténticamente verdadera la causa por los niños vulnerados si acaso nos llega solamente como un eco que determinada entidad utiliza para impulsar su grandilocuente interpelación moralista sobre el mundo? La promotora en ese momento me mostraba imágenes de niños desposeídos, acaso lo único verdadero en ese instante era la psicología, su compasión, aunque distante, espontánea hacia los niños, tan única y diferente en ella a lo que uno puede siquiera manifestar, como mucho en un gesto o mediante unas palabras demasiado elaboradas. Cuando al final me mostró en un manual el costo de afiliarse a Unicef mi rostro cambió completamente. Ella seguía insistiendo en que 100 pesos podrían ayudar a que los niños comieran, bebieran y tuvieran lo necesario para sobrevivir. Que en el fondo el vuelto que uno recibe con cierta apatía podría salvar más de alguna pobre alma. Todo aquello parecía otra simple estrategia una vez que el factor dinero asomaba como único intermediario entre las ideas y los corazones. Los niños existían solamente en nuestro imaginario en forma del dolor y de la desesperación que cada uno disimula en forma de filantropía para comparecer una vez más frente al rostro impertérrito de la sociedad. Los niños eran nuestro espejo. Deseaba tomarle la mano impulsivamente solo para que sintiera algún maldito contacto real, para que olvidara por un momento, aunque fuera con cierta osadía, tanta maniobra política e ideología galopante. “Yo veo a la niña en ti ¿Podrás ver tú al niño en mí?”. Todo sigue igual. Todavía no podemos saberlo.

martes, 1 de septiembre de 2015

Diógenes el cínico



Diógenes de Sinope, el cínico, pateando el sentido común de pobres y ricos desde antes del siglo V AC. El imaginario construido en torno a la figura de Diógenes, a pesar de su desparpajo, sencillez y soledad, siempre al alero de la luz pública, codeándose con los nobles y a la vez con el pueblo, por supuesto, solo para ridiculizar sus formas de concebir y vivir la vida. En la actualidad nos llega solamente el eco de esa rebeldía en forma de Síndrome, completamente opuesto a lo que Diógenes en su momento representaba: la acumulación de cosas inútiles sin otra razón que la miseria, cuando en su tiempo él simbolizó el desprendimiento y el estilo de vida trashumante. Pienso en la infinidad de Diógenes anónimos que pululan hoy por hoy, en Valparaíso, en las grandes urbes, sin otra filosofía que su anonimato, incluso más reales que el cínico de la leyenda. Los que caminan por ahí no poseerán el nombre de nuestra figura, su voz apenas retumbará en las esquinas de noche, pero por eso mismo nos pertenecen, porque reflejan lo que en el fondo somos: perros detrás de un hueso, siempre en busca de un tonel llamado futuro, éxito, felicidad, olfateando algún rastro de humanidad entre las masas, creyendola pérdida en el ruido de los que anhelan un nombre para venderse a los cínicos de siempre:

"Buscó Alejandro Magno a Diógenes, de enorme fama, del cual se reían por su rechazo a vida material alguna. Cuando finalmente lo encontró, le hizo la siguiente proposición: “Tú, Diógenes el Cìnico, pìdeme cualquier cosa, ya sean riquezas o monumentos, y yo te lo concederé”. Contestó Diógenes: “Apártate, que me tapas el sol”.

"Un día Diógenes estaba comiendo unas lentejas y llegó Aristipo, un adulador del rey. Le dijo Aristipo: "Si fueras sumiso con el emperador no tendrías que comer lentejas". Diógenes contestó: Si te hubieras acostumbrado a comer lentejas no tendrías que adular al rey".

"Alejandro Magno encontró al filosofo mirando atentamente una pila de huesos humanos. Diógenes le dijo: “Estoy buscando los huesos de tu padre pero no puedo distinguirlos de los de un esclavo”.
La necesidad nociva de querer suplir todas las insuficiencias de una vida común y corriente con realidades hechas a la medida de uno mismo, esa fue en un principio nuestra noción de poesía...

lunes, 31 de agosto de 2015

El último beso


Una chica en la película "El último beso" dijo textualmente que el matrimonio se inventó cuando las parejas vivían máximo hasta los 30. El jovencito de la película buscaba refugio en ella por su espontaneidad y tentación. Le encontraba la razón más atemorizado que convencido sobre la idea de huir del compromiso con el amor de su vida. Ella le invita al funeral de la muerte de un amigo. Al no llegar, se da cuenta de la traición, de una pasión clandestina. Lectura bíblica del filme: el jovencito fue Judas en su miedo, en su deseo de sexo libre de responsabilidad. El último beso puede ser el que desperdicie o corone su suerte. La chica amante, la María Magdalena que solo llama a vivir su pasión, seduce pero huye al menor atisbo de problemas. Solo queda el jovencito con la cruz en su conciencia y su amor, la chica embarazada que ahora le desprecia pero en el fondo no puede perdonarle haber acabado con lo que fueron e iban a ser. Para él, en realidad, fue el futuro, su incertidumbre o, más bien, el compromiso, su verdadera cruz, cuando se supone que sea su salvación, siempre y cuando aquel amor no se agote en la pura promesa, porque incluso para eso hay que pagar un precio altísimo: poner en una balanza el tiempo y el orgullo por un fin que se cree absoluto. No importa, al fin y al cabo, la verdad ni cuánto dure esa promesa. La leyenda cuenta que el crucificado regresa a la vida luego de tres días de silencio y oscuridad. El matrimonio sería entonces el lapso en que se sacrifica la libertad por la promesa de un amor que jura volver y cambiarlo todo, la garantía de un paraíso para el que se hipoteca hasta la palabra empeñada, el triunfo moral del corazón después del luto, la vida y todo lo demás.

sábado, 29 de agosto de 2015

Mudanza

La sensación placentera luego de haber transcrito un montón de pensamientos al papel, tal como el respiro luego de haber ayudado durante la mudanza de la familia. Escribir se vuelve eso: mudar de lugar algunas cosas.

Sobre Los Altísimos.





Recordé una escena clave del libro Los Altísimos de Hugo Correa, cuando X, el protagonista, habla con L su acompañante sobre las cualidades del mundo de Cronn. Todos los bienes materiales están asegurados de por vida. Todos y cada uno obra en función del bien común. Pero también cada aspecto de Cronn satisface el ocio y la satisfacción de cada uno. Se dice literalmente en el libro: -No hallarás egoísmo en Cronn. No existiendo el matrimonio ni la familia, el cronnio es libre de hacer lo que le plazca, siempre y cuando eso no perjudique los intereses colectivos-. Y posteriormente, viene lo más extraño e interesante: -Todos los bienes materiales sobra. (...) Sobran la comida y el vestuario. Y además siempre encontrarás una mujer dispuesta a compartir estas comodidades. Sobran las As y las Is-. L habla luego con el protagonista, en un tono solemne, sobre la progresiva inexistencia de los sentimientos personalistas en Cronn para lograr el tan anhelado progreso colectivo e indefinido. El amor y la amistad morbosa -dice L- son reemplazados por la pura convivencia. El asunto de la procreación y la crianza es preservado por las nodrizas. No hay lazos afectivos porque de acuerdo a esa lógica entorpece el desarrollo de la sociedad cronniana en su conjunto. La llamada Central se encargaría de proveer a esta sociedad de individuos genéticamente perfectos. Y por supuesto, funcionales al sistema. En un pasaje se concluye: -La Colectividad ha burlado a la Naturaleza. Ha conseguido la libertad absoluta del cronnio para que pueda dedicar todas sus energías a engrandecer Cronn-. Correa quiso ilustrar una gran sátira sobre las utopías sociales que estuvieron en boga durante los años de la Guerra Fría. Cómo se concibe un mundo donde ya no exista el deseo egoísta, donde toda acción apunte única y exclusivamente hacia un bien mayor, y, todavía, cómo se concibe una sociedad que haya alcanzado un grado tecnológico tal que todo error de la naturaleza sea previsto y corregido de tal manera que influya decididamente en la conducta moral e inclusive en el código genético. Correa fue lo suficientemente creativo para advertir un problema científico actual. La obsesión por evitar la entropía del cosmos a toda costa. En la sociedad descrita por nuestro autor, no existe el bien y el mal, porque no es necesaria la moralidad. La vida útil del cronnio está en función del crecimiento de Cronn. No hay pobreza ni dilemas existenciales. Inclusive no existiría la literatura ni el arte como tales ¿Para qué? Si ya no harían falta, en una sociedad cuasi perfecta. Por otra parte, el amor, según lo leído en la utopía de la novela, sería el gran agente de disociación. Y por eso mismo, quizá uno de los pocos sentimientos que dotan de cierto heroísmo tragicómico a la especie. Cómo sería posible concebir un mundo de tales características, sin antes experimentar un miedo inexplicable a perder precisamente lo que constituye al humano: la tendencia a desviarse de la norma, a propiciar el error en pos de emociones primitivas pero universales, en suma, el derecho a equivocarse, sello inconfundible de la civilización. Correa lo sabía. Muy en el fondo, más que una premisa científica, el error sería el espíritu de todo este gran castillo de arena que hemos construido, a pesar de cualquier otro plan universal.