Si somos capaces de aludir al acto de conocer, en la medida que lo asociamos a nuestras propias vidas y a nuestra historia, propongo entonces un lúdico ejercicio con tal de amenizar la amarga profundidad que puede resultar de esto: imaginar las siguientes escenas: un hombre de la era de las cavernas ante una fogata provocada incidentalmente por un rayo; un bebé recién nacido mirando fijamente hacia las estrellas; un nativo americano ante un gran caballo de tropas españolas. ¿No son estos productos de la imaginación representaciones de escenas en las cuales el conocimiento cobra protagonismo? De estas escenas pueden resultar reflexiones evidentemente heterogéneas, pero algo las une: es ese sentido de que el acto de conocer resulta de un asombro, de un abrazo a lo desconocido, una fuerza imaginativa en su estado original que “crea” ese mundo inconmensurable que contiene a todas sus criaturas sin excepción.
A raíz de lo anterior, Bunge, en su primer capítulo sobre ¿Qué es la ciencia? señala dos cosas dignas de reflexión: primero, el hecho de que el hombre no sólo está sino que es en el mundo, y su cualidad racional lo ha vuelto “señor”; y segundo, el carácter “artificial” del conocimiento y por ende de la ciencia, lo que vuelve al mismo tiempo proceso y producto del potencial creativo humano. Es interesante cómo el hombre cobra un papel privilegiado, un homo centrismo efusivo e impetuoso, amen del cual se hace patente la clásica sentencia: “el hombre como medida de todas las cosas”, o de acuerdo a Bunge, el hecho de que el mundo y la naturaleza “le es dada” al hombre, con total derecho para conocerla, por lo tanto, controlarla (en su constante condición móvil, proteica, salvaje). Y la ciencia, por ende, se encumbra –a decir de Bunge- como la forma más acabada del conocimiento humano. A través de su artículo, a modo de panegírico el conocimiento científico se concibe casi como el conocimiento en su estado aurífero, en analogía con los minerales y su jerarquía, como el “oro”, merced del cual la humanidad y la civilización ha sufrido variados procesos para llegar a ese estadio, y lógicamente, estadios menos perfectos, que podrían ser representados como bronce, incluso materia prima. Con esto me refiero al conocer original: el potencial creativo, poético, mítico, imaginativo.
Bunge, en un minucioso recorrido por las características del conocimiento científico, plantea la diferenciación entre ciencia formal y ciencia fáctica. Esta última es pensada paradigmáticamente como el modelo a seguir del conocimiento científico en cuanto tal, a raíz de los quince caracteres que el autor define como propios de su condición. De acuerdo a este punto puedo señalar que los planteamientos de Bunge buscan fundamentalmente definir lo que es la ciencia desde la perspectiva moderna, esto es, desde la herencia racional del proyecto de modernidad y el legado del positivismo decimonónico, ambos deudores del paradigma cartesiano y el clásico cogito ergo sum. Pero es posible rescatar uno de los elementos principales: la facticidad, el rol de la experiencia y la apertura hacia los fenómenos sensibles, que inmediatamente envuelven al conocimiento científico de un carácter voluble en razón del devenir natural del mundo, la naturaleza y sus seres. Por eso mismo, en reiteradas ocasiones, Bunge formula que la ciencia, por lo tanto, está en todo momento abierta al azar y postula que el error es condición para avanzar e ir en pos de una búsqueda perfectible y potencialmente infinita de la verdad. Ahora bien, si la obstinada pretensión de objetividad se va reciclando indefinidamente en aras de la experimentación en los fenómenos y su inherente devenir, entonces esa misma objetividad es paradójica en esencia y la misión hacia la Verdad virtualmente imposible.
Decía Nietzsche que el edificio entero de la ciencia está cimentado sobre arenas movedizas. Es quizá ese ímpetu optimista, esa fe ciega en el saber y el poder, lo que empuja al método científico a establecerse como único y particular, como “ser” en definitiva, a pesar de su estrecha ligazón con el devenir. El propio Bunge, al hablar sobre el carácter abierto del conocimiento científico, señala que “los sistemas están vivos”, cambian sin pausa alguna, y además que el sabio moderno es un generador de problemas que se entrega a lo desconocido y va más allá de los fenómenos. Es esa sed de más allá lo que mueve al científico a disputarse como el “hombre de conocimiento”. Sin embargo, un craso error limita su visión: la vieja oposición sujeto/objeto que se ve encarnada en si mismo, inaugurada por el cogito cartesiano y que como una sombra envuelve todos los espectros del saber moderno. He ahí el talón de Aquiles. La separación misma del estudiante de su objeto de estudio. Ese es el gran problema de la ciencia, y lo que ha dado pie para que los humanos, en nombre de la razón, se auto designen el derecho a “enseñorear” a la naturaleza para uso y abuso de sus necesidades, sin considerar que esa naturaleza es una parte integral de ellos mismos. Más aún, su propio principio y fin. Un síntoma característico de esta condición es la cualidad legal del conocimiento científico. A decir de Bunge, si las leyes son partes del ser y el devenir, entonces, deberían CAMBIAR con las cosas mismas. El problema es cuando la ley no lo hace, entonces se potencia la oposición entre sujeto y objeto, y con ello, germina la violencia propia de este proceso.
Uno de los puntos más favorables del artículo, que permiten una digresión con respecto a sus lineamientos, es la afirmación de la ciencia como artificio, es decir, como “criatura” sofisticada del intelecto humano, y la postulación de una ética del conocimiento científico, que reestablece su condición inmanente al espectro y mundo sociocultural de los hombres. Sin embargo, cabe rescatar desde los rincones de la historia el rol de la imaginación, la creación poética, el mito, en el saber y conocimiento humanos, que sistemáticamente han sido marginados del mundo de la ciencia desde los prejuicios modernos y racionalistas, y que sin embargo para las civilizaciones clásicas, incluso para la facultad cognitiva en etapa inicial, cobran un protagonismo fundante. La propia condición de artificio que se le atribuye a la ciencia, desde Bunge, no hace más que reforzar esa idea.
La imaginación y el pensamiento mítico no deberían causar descrédito al conocimiento intelectual y científico. “Lo que una vez fue imaginado, hoy está demostrado” señaló Blake. Es cosa de mirar a nuestros inventos y teorías: todos son prodigios de la creatividad, de la “poiesis” humana. Ese era además el ideal renacentista. Volvamos a pensar por ejemplo, en la posibilidad de volar. En tiempos de Da Vinci era una locura, pero él se las ingenió para diseñar –conjugando imaginación y ciencia- vehículos que imitaran el vuelo de pájaros. Pensemos también en la mirada inocente del niño creando figuras con las estrellas: ¡Ese es un acto genuino de ciencia! El científico –desde esta óptica- no sería más que un niño mimado probando siempre juguetes nuevos con los cuales jugar. No hay VERDAD ni SENTIDO trascendente en esto. Solo jugamos a desafiar el vértigo de la vida, en todo tiempo y espacio.
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