Cuando se explica lo que uno está imaginando en un futuro, o cómo se recuerda en el pasado, o cómo desearía ser, aludimos de inmediato a nuestra imaginación, vale decir, los contenidos poéticos de nuestro pensamiento. Sin embargo, si se le pregunta a cualquier persona en la calle sobre poesía, en la mayoría de los casos asaltarán una serie de prejuicios e ideas preconcebidas producto de diversos factores. Alguno de estos prejuicios dice relación con la poesía como algo lejano, incomprensible, distante, casi obra de una intervención divina, a sus autores como “iluminados” y a sus lectores como excéntricos o miembros de alguna elite intelectual. Desde mi perspectiva relacionada con la docencia en el área de Lenguaje y Comunicación puedo señalar que uno de los principales factores de este fenómeno actual lo constituye el importante déficit de lectura que vive nuestra sociedad, especialmente en Chile, y a la consideración de la escritura como algo que surge de la “inspiración” y no como un proceso y un oficio. Otro de los factores que influyen son el auge de una cultura de consumo audiovisual fomentada por la Televisión y sus contenidos anticulturales, el grotesco impuesto al libro que, sumado a la pobreza verbal y a la prácticamente generalizada incapacidad para la lectoescritura, impiden que la gente acceda en primera instancia a los libros en cuanto objeto cultural y, por lo tanto, a un hábito de lectura que les permita familiarizarse con los libros y los textos escritos, en definitiva, con la dimensión verbal de la cultura y el pensamiento.
Si nos remitimos a la historia de la literatura, podemos señalar que el concepto de Literatura como expresión de la subjetividad es muy reciente, data de la corriente romántica propia de Alemania y Francia durante el siglo XIX. Más aún, el concepto de Literatura en cuanto evasión y dispersión es contemporáneo, y está muy asociado a una tergiversación de los proyectos vanguardistas que datan de principios de siglo XX en Europa, y a un creciente auge de la cultura consumista que considera a las manifestaciones artísticas como mero espectáculo y entretenimiento. En cambio, la visión genuina de la Literatura corresponde a su inherente sentido pedagógico, a su carácter didáctico, trascendente en la formación integral de las personas. Basta que hablemos del concepto de paideia griega. Las clásicas manifestaciones teatrales de la Antigüedad tenían un fin educativo: la tragedia griega buscaba la “catársis”, la purificación de las emociones y la educación moral, espiritual y sicológica de los ciudadanos. Asimismo, durante la Edad Media, la Literatura tendía hacia la educación desde la doctrina religiosa imperante. En la época moderna, el neoclasicismo constituyó un movimiento fundamentalmente literario que desde las ideas propias de la Ilustración buscó un sentido didáctico moralizante en las obras literarias. Por lo tanto, podemos decir que los actos de leer y de escribir cumplían un rol fundamental en el desarrollo no solo intelectual de las personas, sino que moral, psicológico, político, cultural, etcétera.
Toda esta confusión sobre qué es y para qué sirve la Literatura en la actualidad ha sido una de las principales causas de la distancia, la incomprensión y el desconocimiento de la mayoría de las personas hacia las manifestaciones literarias, como en este caso, la poesía, y sobre todo hacia las mismas prácticas elementales de lectura y escritura. Por esto es que considero que es fundamental emprender una tentativa de transformación desde el sistema educativo. He ahí la clave para empezar a generar algún cambio en la concepción sobre la Literatura y la poesía, y sobre cómo las personas pueden comenzar a potenciar sus facultades verbales. Al respecto, el teórico Gustavo Bombini trata en forma general precisamente el problema sobre cómo abordar lo literario en términos pedagógicos, sobre cómo entender la lengua y la literatura desde el ámbito educativo, y en primera instancia, en cuanto fenómenos que requieren una renovación de sus estudios y su enseñanza. El autor señala en la sección “Cambios de paradigma en la enseñanza de la lengua”:
Tanto el concepto de transposición didáctica que reconocería una complejidad mayor que la que ofrece esta versión generalizada, como la posibilidad de recurrir a otras teorías del conocimiento y del conocimiento escolar nos permiten sostener que es necesario realizar una revisión de lo que entendemos por conocimiento escolar sobre la lengua y la literatura y, a la vez, de las consecuencias que estos modos de pensar este conocimiento tienen hacia la práctica[1]
Se trata, en primer lugar, de repensar teóricamente qué se entiende por Literatura y cómo es posible aplicarla en un contexto escolar, más específicamente, cómo “aterrizarla” y conseguir enseñarla satisfactoriamente, de tal forma que su aprendizaje sea significativo y cale hondo en el bagaje cultural y personal de los alumnos.
Desde la didáctica, la autora María Teresa Colomer propone en su texto “Enseñanza de la Literatura y proyectos de trabajo” trabajar con talleres centrados en lo poético, entendiendo a la literatura como “actividad social comunicativa”. Uno de los talleres se ha titulado “La poesía como expresión de sentimientos”. Un aspecto relevante de esta propuesta señala lo siguiente:
Se trata, pues, de dos ideas básicas que pueden ayudar a establecer nexos de relación entre la literatura y la vida de los alumnos en un momento clave para su adhesión vital a este género. El énfasis del proyecto en la elección personal de poemas y en su recitación intenta fortalecer este enlace a través de la apropiación afectiva de los textos y de la experimentación de su emoción. A la vez, la recitación se utiliza como un instrumento de comprensión textual[2]
El planteamiento de este proyecto de taller poético funciona como una tentativa solución al problema sobre el déficit en la comprensión y aprehensión de la poesía en cuanto fenómeno literario y creación del lenguaje de parte de los alumnos. Se ha puesto este énfasis especial en la poesía, puesto que constituye a mi modo de ver el puntapié inicial hacia el cual las prácticas pedagógicas debiesen apuntar para lograr una cercanía desde lo poético, lo emocional e imaginativo, hacia la Literatura como fenómeno formador del intelecto y subjetividad de las personas.
Dependerá, de ahora en adelante, de las próximas generaciones de alumnos y profesores redescubrir y reconsiderar el valor y trascendencia de la poesía en todos los niveles: lo poético como revelación de la vida o de la muerte, como elegía o como panegírico, como inocencia o madurez, como ruptura o conciliación, como luz o oscuridad. La poesía encarna, en definitiva, al ser humano en su totalidad, o quizá, es algo más allá a esa encarnación. El acto de escribir pasa de ser una encrucijada a ser una revelación. La poesía y la literatura, por ende, su lectura y producción, exigen tanto un goce, una fragilidad, un carácter lúdico e infantil como un crecimiento, un rigor, un estudio y un aprendizaje. Lihn lo afirma sentenciosamente con las siguientes palabras:
Si se ha de escribir correctamente poesía
en cualquier caso hay que tomarlo con calma.
Lo primero de todo: sentarse y madurar.
El odio prematuro a la literatura
puede ser de utilidad para no pasar en el ejército
por maricón, pero el mismo Rimbaud
que probó que la odiaba fue un ratón de biblioteca,
y esa náusea gloriosa le vino de roerla.
Bibliografía
Bombin, G: Reinventar la Enseñanza de la Lengua y la Literatura. 2006. Editorial Libros del Zorzal. Colección Formación Docente – Lengua y Literatura. Buenos Aires, Argentina.
Colomer, T: Enseñanza de la Literatura y proyectos de trabajo. En: Revista de didáctica de la lengua y la literatura. Año 1, Nº 1. Lulú Coquette. Buenos Aires, septiembre de 2001.
[1] Bombin, G: Reinventar la Enseñanza de la Lengua y la Literatura. 2006. Editorial Libros del Zorzal. Colección Formación Docente – Lengua y Literatura. Buenos Aires, Argentina. Pág. 45.
[2] Colomer, T: Enseñanza de la Literatura y proyectos de trabajo. En: Revista de didáctica de la lengua y la literatura. Año 1, Nº 1. Lulú Coquette. Buenos Aires, septiembre de 2001. Pág. 101.
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