En un video grabado con celular por mi ex, aparezco martillando un par de clavos para colocar unas guirnaldas de Navidad en el techo de su casa. Nunca lo había hecho antes, por ninguna otra. No se ve mi rostro, solo el martillo sostenido por mi mano derecha y el par de clavos sostenidos con la izquierda. Son alrededor de diez segundos de duración, en las que solo aparece el martilleo insistente, sin otro sonido ni voces. A ella le nació grabarme haciendo ese trabajo, porque lo encontraba un acontecimiento único. Y tal vez sea lo que más recuerde, después de todo. Incluso más que la conversación coqueta que tuvimos en aquel bar la primera vez. Por supuesto, mucho más que cualquiera de los escritos que guardo en un archivo ultra respaldado, como si se tratara de un tesoro de un valor incalculable, invisible para el resto del mundo literario, textos que ella nunca pudo descifrar ni comprender del todo, cuestiones apenas cuantificables. Ella siempre esperaba un plus, un poco más de sentido pragmático que le diera una dirección a nuestra relación. Ese martilleo simple, elemental, era lo más cercano a un rito de convivencia adulta. Un gesto de amor, sin demasiada forma ni estética, el sencillo rigor de la vida madura a la que me he negado a pertenecer, aunque fuera bajo el manto de un entusiasmo romántico.
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