Jaime Galté, el primer médium de la historia de Chile, tuvo un sueño premonitorio. Su padre se comunicó con él. Le preguntó cómo estaba. Galté dijo que mal, muy mal, tras su abrupta muerte. Como familia, habían quedado en la ruina económica, y no sabía cómo poder acceder a los títulos y a la fortuna que había recaudado en vida. Entonces, el padre le ordenó que se contactara con el abogado “De la Brua” (según el propio nieto de Galté, Francisco Gamboa), quien podría ayudarlo. Para eso, Galté emprendió rumbo a Valparaíso, ciudad desconocida a la que nunca había ido. Ahí fue donde comenzó su leyenda. Pronto, sus visiones y premoniciones se volvieron el sello paranormal de la época. Fue considerado brujo por la Universidad Católica, tras su carrera como abogado. Se vinculó a la masonería a través de la Gran Logia de Chile y siguió en contacto con los planos superiores a través de su mediumnidad. Creyó en la reencarnación crística, de manera ferviente, aunque se trata del Cristo interior, el Cristo místico que encarna la iluminación de la conciencia. Fue tal su clarividencia que se dice que pronosticó su propia muerte, con fecha y hora exacta. Y así ocurrió. Puede que el Chile futuro, el nuestro y el que viene, ese Chile de desapariciones presentes, de ausencias fantasmales y poderosas, sea una emanación onírica de Galté, y su espíritu sea ahora el espíritu mismo del fin del mundo, en estas latitudes lejanas.
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