1 Fui el sábado santo después de almuerzo a la Fogata del Pescador que se realiza en la Caleta El Membrillo. Hace mucho tiempo que no iba, desde aquellas semanas santas universitarias en las que se hacían fogones en la Playa San Mateo y luego los compas se iban caminando por la Avenida Altamirano con rumbo desconocido, dejándose llevar por la noche y la emoción del momento. No me acordaba que la gente también se ponía a vender a las orillas de la caleta, en la vereda de los restoranes con vista al mar. Se vendía desde churros (recuerdos del Pato Peñaloza) hasta sanguches de potito. No quise comprar ahí, porque había almorzado hace poco, así que continué mi camino rumbo a la caleta. Me mantuve arriba y me asomé a ver una parte del show musical en la vereda de la avenida, cerca de la nueva estatua de San Pedro, renovada por el Sindicato de Pescadores. Estaban tocando un cover de Zalo Reyes, su ya clásico "Con una lágrima en la garganta". Vi abajo a la gente apetrujada pero feliz. Irradiaban entusiasmo, a pesar del escenario convulso. Arriba, una bandada de gaviotas rodeaba el lugar, esperando chorearse alguna merluza. Abajo, uno que otro cristiano seguía el tema a su pinta, destartalado, y una que otra comadre coreaba la canción, abrazada por su pinche, como si se le fuera a ir la vida en la faena. En eso, miré directamente al judas que ya estaba instalado cerca del muro de contención, listo para ser quemado, entrada la noche. No tenía ningún rostro distinguible, solo el de un muñeco al uso. Seguramente a la noche iba a ser personificado ese Judas. El fuego iba a delatar su rostro. Mientras tanto, continuaba el coro mítico del Gorrión: "mis ilusiones se destruyeron/pensé morir". Ese verso me persiguió hasta muy entrada la madrugada, incluso hasta hoy domingo, que me vi tarareándolo sin parar en el baño.
2 Al rato, compré algo para la sed y tomé una micro directo hacia el plan. Allí, cerca de Bellavista, una gran cantidad de comerciantes vendían huevitos de pascua en todas sus formas, tamaños y versiones. Huevos chicos, huevos macizos, figuras de conejo achocolatado, bolsitas de pascua, hasta una comadre vendía su mercadería con orejas de conejo. La gran cantidad de vendedores contrastaba con la mayoría de tiendas cerradas y con la escasez de gente circulando por esos lares. Se pusieron, eso sí, de manera estratégica frente al Líder y en el sector que da hacia Errázuriz. Pensé en dos posibilidades: comprarle huevitos a mi familia o a mis alumnos, a algunos que quedaron sin recibir ninguno para el jueves santo. Indeciso, caminé hacia el puesto frente al super y le pregunté a la comadre de las orejas de conejo cuánto salían las bandejas de huevos de chocolate. Cinco por 25, seis por 40, pero los de más cantidad eran más pequeños, a diferencia de los otros que eran los huevos macizos, así que elegí esos últimos. Fue ahí que decidí dejar esos huevos para la familia. Ya llegaría la hora de recompensar a los alumnos rezagados. Dentro de mí pensé que debían ganarse esos huevos de pascua. No podía ser así de fácil. La tradición no podía opacar el mérito.
3 Caminé hasta la Catedral de Valparaíso, frente a la Plaza Victoria. Después del vía crucis, el plan respiraba un aire de penitencia. La ciudad se mantenía como en el limbo. Pese a eso, no podía faltar la típica batucada tocando esos ritmos de percusión frente a la catedral. Nunca entendí el motivo de esas batucadas. La cosa es que se continuaban a su ritmo, en el mismo instante en que unos feligreses vestidos con largas túnicas blancas hacían fila hasta la esquina de Chacabuco para ingresar en orden a la catedral, seguramente para una misa de meditación y reflexión. El contraste entre ese sonido tribal y el pausado ingreso de los feligreses fue asombroso. El blanco tiene una resonancia espiritual. No es el luto doloroso del negro. No es el recogimiento funerario. El blanco es el color de la espera, de la serena espera. La percusión constante de esas batucadas comunicaba, en cambio, una urgencia, algo que debía seguir resonando, una invitación a sumarse al desconcierto general.
Al acabar la batucada y al entrar todos los feligreses a la misa, el silencio volvió a inundar la cuadra, un silencio provisorio, solo interrumpido por el correr de algunos vehículos y por el murmullo de los porteños que todavía circulaban alrededor.
4 Un compadrito estaba siendo emplazado por unos carabineros en toda la esquina de la catedral. No entendí muy bien la escena, pero el loco se fue caminando, molesto, hacia Yungay. Luego, se dio la vuelta, esperó a que los carabineros se fueran en bicicleta y corrió rumbo a la catedral para entrar a la misa que se estaba realizando. Un caballero que hacía de guardia lo contuvo y le impidió el acceso. El compadre se veía notoriamente enojado, hasta que salió otro caballero más pacífico y conversó con él. De pronto, se calmaron las pasiones. Los caballeros se despidieron del compadre con un estrechón de manos. Volvieron a la misa tranquilamente. El compadre bajó las escaleras y emprendió rumbo de regreso a la plaza, donde se encontró con unos sujetos sospechosos en la esquina cerca de la pileta. Nada raro hacían. Quizá qué habrán estado hablando. Yo me devolví a tomar un colectivo. Nuevamente, el silencio protagonizó la tarde en pleno plan de valpo, un vacío que no era tal, un silencio apenas asimilado por los que por allí pasaban.