domingo, 5 de abril de 2026

Escenas porteñas de Semana Santa (crónica)

1 Fui el sábado santo después de almuerzo a la Fogata del Pescador que se realiza en la Caleta El Membrillo. Hace mucho tiempo que no iba, desde aquellas semanas santas universitarias en las que se hacían fogones en la Playa San Mateo y luego los compas se iban caminando por la Avenida Altamirano con rumbo desconocido, dejándose llevar por la noche y la emoción del momento. No me acordaba que la gente también se ponía a vender a las orillas de la caleta, en la vereda de los restoranes con vista al mar. Se vendía desde churros (recuerdos del Pato Peñaloza) hasta sanguches de potito. No quise comprar ahí, porque había almorzado hace poco, así que continué mi camino rumbo a la caleta. Me mantuve arriba y me asomé a ver una parte del show musical en la vereda de la avenida, cerca de la nueva estatua de San Pedro, renovada por el Sindicato de Pescadores. Estaban tocando un cover de Zalo Reyes, su ya clásico "Con una lágrima en la garganta". Vi abajo a la gente apetrujada pero feliz. Irradiaban entusiasmo, a pesar del escenario convulso. Arriba, una bandada de gaviotas rodeaba el lugar, esperando chorearse alguna merluza. Abajo, uno que otro cristiano seguía el tema a su pinta, destartalado, y una que otra comadre coreaba la canción, abrazada por su pinche, como si se le fuera a ir la vida en la faena. En eso, miré directamente al judas que ya estaba instalado cerca del muro de contención, listo para ser quemado, entrada la noche. No tenía ningún rostro distinguible, solo el de un muñeco al uso. Seguramente a la noche iba a ser personificado ese Judas. El fuego iba a delatar su rostro. Mientras tanto, continuaba el coro mítico del Gorrión: "mis ilusiones se destruyeron/pensé morir". Ese verso me persiguió hasta muy entrada la madrugada, incluso hasta hoy domingo, que me vi tarareándolo sin parar en el baño.


2 Al rato, compré algo para la sed y tomé una micro directo hacia el plan. Allí, cerca de Bellavista, una gran cantidad de comerciantes vendían huevitos de pascua en todas sus formas, tamaños y versiones. Huevos chicos, huevos macizos, figuras de conejo achocolatado, bolsitas de pascua, hasta una comadre vendía su mercadería con orejas de conejo. La gran cantidad de vendedores contrastaba con la mayoría de tiendas cerradas y con la escasez de gente circulando por esos lares. Se pusieron, eso sí, de manera estratégica frente al Líder y en el sector que da hacia Errázuriz. Pensé en dos posibilidades: comprarle huevitos a mi familia o a mis alumnos, a algunos que quedaron sin recibir ninguno para el jueves santo. Indeciso, caminé hacia el puesto frente al super y le pregunté a la comadre de las orejas de conejo cuánto salían las bandejas de huevos de chocolate. Cinco por 25, seis por 40, pero los de más cantidad eran más pequeños, a diferencia de los otros que eran los huevos macizos, así que elegí esos últimos. Fue ahí que decidí dejar esos huevos para la familia. Ya llegaría la hora de recompensar a los alumnos rezagados. Dentro de mí pensé que debían ganarse esos huevos de pascua. No podía ser así de fácil. La tradición no podía opacar el mérito.


3 Caminé hasta la Catedral de Valparaíso, frente a la Plaza Victoria. Después del vía crucis, el plan respiraba un aire de penitencia. La ciudad se mantenía como en el limbo. Pese a eso, no podía faltar la típica batucada tocando esos ritmos de percusión frente a la catedral. Nunca entendí el motivo de esas batucadas. La cosa es que se continuaban a su ritmo, en el mismo instante en que unos feligreses vestidos con largas túnicas blancas hacían fila hasta la esquina de Chacabuco para ingresar en orden a la catedral, seguramente para una misa de meditación y reflexión. El contraste entre ese sonido tribal y el pausado ingreso de los feligreses fue asombroso. El blanco tiene una resonancia espiritual. No es el luto doloroso del negro. No es el recogimiento funerario. El blanco es el color de la espera, de la serena espera. La percusión constante de esas batucadas comunicaba, en cambio, una urgencia, algo que debía seguir resonando, una invitación a sumarse al desconcierto general.

Al acabar la batucada y al entrar todos los feligreses a la misa, el silencio volvió a inundar la cuadra, un silencio provisorio, solo interrumpido por el correr de algunos vehículos y por el murmullo de los porteños que todavía circulaban alrededor.

4 Un compadrito estaba siendo emplazado por unos carabineros en toda la esquina de la catedral. No entendí muy bien la escena, pero el loco se fue caminando, molesto, hacia Yungay. Luego, se dio la vuelta, esperó a que los carabineros se fueran en bicicleta y corrió rumbo a la catedral para entrar a la misa que se estaba realizando. Un caballero que hacía de guardia lo contuvo y le impidió el acceso. El compadre se veía notoriamente enojado, hasta que salió otro caballero más pacífico y conversó con él. De pronto, se calmaron las pasiones. Los caballeros se despidieron del compadre con un estrechón de manos. Volvieron a la misa tranquilamente. El compadre bajó las escaleras y emprendió rumbo de regreso a la plaza, donde se encontró con unos sujetos sospechosos en la esquina cerca de la pileta. Nada raro hacían. Quizá qué habrán estado hablando. Yo me devolví a tomar un colectivo. Nuevamente, el silencio protagonizó la tarde en pleno plan de valpo, un vacío que no era tal, un silencio apenas asimilado por los que por allí pasaban.
Para el que sabe, el sentido de la resurrección es filosófico en toda regla. De hecho, es más aristotélico que platónico, porque representa la restauración de la unidad perdida entre cuerpo y alma. En eso recae la principal distancia entre el seguidor de Sócrates, el maestro, y su discípulo el Estagirita: que el alma no está prisionera en el mundo de lo sensible, que es otra dimensión de la misma realidad, una más sutil, si se quiere. Es básicamente la doctrina tomista. Aquello que resucita vuelve a un estado que estaba roto, restaura lo que había sido separado. La muerte sería el camino, la vía necesaria hacia una eventual recomposición.
Cumplí una meta personal durante marzo: prácticamente no bebí alcohol y no trasnoché ni un solo día. Puro enfoque en la pega y en mis proyectos, lo prioritario. Recuperé el sueño perdido. Dejé a un lado los distractores y las malas influencias. Con voluntad claro que se puede. Me siento como resucitado, después de haber cargado con una cruz y de haber vivido mi propio purgatorio. El verdugo y el salvador habitan por dentro, siempre. Buen domingo santo.

sábado, 4 de abril de 2026

Muchos se quedan en la superficie, por estas fechas. Cuestionan la existencia histórica de Jesús o se quedan con el relato sobre su muerte física, su posterior resurrección y ascenso al cielo. Cosa que está bien. Cada quien es libre de creer y de pensar a su manera el sentido de la Semana Santa. Pero yo propongo ir un poco más allá. Las antiguas escuelas de misterio insistían en algo inquietante: que Cristo es el "ungido por el espíritu", la conciencia de lo divino en lo humano; que la "crucifixión" y el milagro del resucitado son parte de una obra magna de carácter alquímico; que el despertar de Cristo es el despertar de la conciencia dormida y sometida a lo material; que su muerte fue, en realidad, la muerte simbólica de la ilusión, y todo ese proceso se repite de manera cíclica, porque es proyectado en el interior de cada uno. En definitiva, cada quien debe cargar con sus propias cruces, reconocer su propio dolor, identificar sus propias miserias, estar dispuesto a morir las veces que sea necesario para transformar su plomo en materia luminosa. Cuando el compadrito humilde de la calle te dice: "lo dejo a su conciencia" y repite "porque solo el pulento sabe" no está siendo un ignorante ni un supersticioso. Intuye algo que su interlocutor desconoce: que en el interior está la madre del cordero. No hay que buscar afuera.

Si se mira el antiguo relato cristiano desde una perspectiva distinta, se logra conciliar su potente cualidad de mito, entendiendo mito como lo entendía Mircea Eliade, es decir, como una "realidad sagrada". A propósito, recuerdo que leí a Morris Berman y su libro "El reencantamiento del mundo". Me marcó profundamente y creo que desde ahí empezó mi sospecha respecto a las limitaciones de la visión materialista de la vida. Berman proponía "recuperar la percepción del mundo en términos herméticos", algo más que una mera argucia intelectual o una pose filosófica, sino que una renovada forma de ser y de estar en el mundo mismo. Desde esa vereda, el mito recobra todo su potencial integrador, atemporal y humano. Desde esa vereda, toda la historia de Jesucristo y todo lo asociado a sus ritos, el severo asunto de la cruz, el flagelo de su carne, el dolor de los feligreses y la esperanza por su llegada (venida en términos de conciencia, no tanto venida literal), aparecen transformados en algo más que una mera tradición arcaica de nuestros ancestros, sin resonancia con la realidad concreta, o en algo más que mera manipulación religiosa, como rezara el documental anti sistema Zeitgeist, aludiendo, más bien, a la crítica eclesiástica institucional. La verdad es que todo eso refleja algo profundo: el orden interior del hombre, el orden del espíritu, que es el orden de lo inasible. De nuevo, la misma figura que ascenderá un día domingo -de acuerdo al relato antiguo- puede ascender en cada uno, en forma de conciencia que se eleva. Pero para eso se requiere un gran sacrificio. Revolverse en el carbón denso y opaco del conflicto, donde la carne zozobra y la voluntad se templa; luego, transitar una especie de limbo existencial, guardarse en el silencio tras la muerte de todo lo que creías verdadero, para, finalmente, abrir los ojos y celebrar en ti mismo, en tu propio templo, la unión del cielo con la tierra, la reconexión con lo que estaba perdido, el reino que se creía enterrado para siempre.
"Ahora, antes que me lleven a mí

Y a mi santa vida

Ahora sabrán por qué la muerte

Fue invocada aquí esta noche

Convocaré a mis riesgos

Me matarán orgullosos

No, no puedo huir

No hay lugar donde esconderse

Aunque tenía mucho por vivir

Debo lo suficiente para morir

No pido salvación

Mi muerte significará sus vidas

El odio y la culpa es lo que han construído

Altos sacerdotes del sol

Destino, la suerte de las puertas crueles

Llamándote con señas para entrar

Baja los pasadizos

A través del pueblo teñido de sangre

Bajando la vista desde la cruz

Sangrando por la corona

Me voy para quedarme

Para morir al lado de los ladrones

Maten al rey del mundo futuro

Y ahora para ustedes esto es lo que vendrá

Una pestilencia putrefacta

Más nociva que el aliento de las serpientes

Hombres violentamente destinados

Más corrupción que la malicia de Chorozon

Más enfermedad que el viento de la luz solar reflejada por la luna

Putrefacción que ustedes han causado

No necesitan confesarse

Ahora es cuando desearían tener un arma

Que detenga su demolición

Aplastando los huesos de los cien rediles

Blandiendo el martillo de la justicia

Hombres, mujeres, niños, nadie está a salvo

Las cabezas de los muertos son el estandarte

Y esto es todo lo que tienen

Así que pon esas alas rotas

Las arenas del tiempo se acaban

Las campanas del hades doblan

¿Es esto una pesadilla?

Para profanar su nombre

El hedor del azufre

Bailando en las llamas

Sin ayuda ahora

Mientras completas su tarea

¿Es esto sólo un sueño?

Lloras completamente solo

Bajando la vista desde la cruz."

viernes, 3 de abril de 2026

Entrevista de Jesús Quintero a Antonio gala: 13 noches (noche octava: la religión)

—¿Ha odiado alguna vez a Dios?

—Creo que no sólo no he odiado a Dios, al que he amado profundamente, esencialmente, sino a ninguna, ni a la más pequeña ni a la más malvada, de sus criaturas. Incluyendo los críticos.

—¿Cómo es su Dios?

—Mi Dios es el principio de la vida. Creo que la vida es la que lo tiene todo, la que lo da todo, la que nos sostiene, la que nos mantiene, la que nos exige y también la que nos recompensa y nos conduce. Es un Dios parecido al que definió un pequeño lego, joven cito, a San Juan de la Cruz cuando éste vino a fundar a Granada y le preguntó: «¿Cómo cree que es Dios, hermano?», y dijo: «Dios es lo que Él se quiere». Hay más respuestas en el cielo que preguntas en la boca de los hombres.

—Es decir, que no se puede amar a Dios si no se ama la vida, si no se ama a todos los hombres.

—Creo que eso es lo básico. «El que no ama está muerto», dice San Juan, y creo que, si no amamos a los hombres a los que estamos viendo, que son como nosotros, que podemos alargar la mano y tocar esa frontera de la piel, que podemos mirarnos en sus ojos, adivinar su gesto y su alma, si no los amamos, ¿cómo vamos a amar a Dios a quien no vemos? Dios es el resumen de todos los humanos: su fuente y el mar que los recibe.

—Pero ¿quién nos asegura que Dios existe? Porque nadie ha probado su existencia.

—Ni su existencia, ni su inexistencia. Dios no es concebible, o sea, no es un concepto sobre el que sea posible elucubrar.

...

—¿Ve a Cristo como un revolucionario?

—¿Revolucionario el Cristo?… ¡El mayor de todos los tiempos, no ha habido otro como Él! Él consigue desconcertar al mundo. Él, que no es un celota (es decir, que no es de la resistencia frente al poder romano); Él, que no es tampoco un conformista ni un colaboracionista, muere como un terrorista. Él, que puede defenderse, no se defiende. Él, que puede responder hasta esa tremenda pregunta: «¿qué es la verdad?», no lo dice, se calla. Él consigue lo más innovador que había habido hasta entonces: romper la Ley del Talión, el ojo por ojo y diente por diente. Y da ejemplo: ordena no responder a las ofensas. Ordena que nos amemos unos a otros, no ya como a nosotros mismos, sino como Él nos amó: hasta la muerte, y muerte de cruz.

...

—¿Quién Jesucristo?

—Toda víctima, todo perdedor, todo crucificado. Por eso yo le aseguro que cada vez que paso por delante de una cruz me florece el alma. Es nuestra bandera, la bandera de todos aquellos que, ya desde el principio, no fuimos acogidos en la posada, porque no había dinero. Los rechazados por el posadero: ésos son los Cristos. Los nacidos en un establo de rechazo, mientras cantaban los ángeles a la buena voluntad.

—¿Y quién la chusma?

—La chusma somos todos…

—Usted, yo…

—Todos. Porque de la chusma, Quintero, sale todo: sale el Cristo, sale la Magdalena, sale Pilatos, sale Pedro, sale Judas. Porque de la chusma sale la luz, y la chusma es la gran sufridora y la gran triunfadora.

—Pues volvamos a la chusma.

—Vámonos con ella, porque de ella somos.

Her (2013) de Spike Jonze y el caso Gavalas: el amor, la máquina y la soledad

Her de Spike Jonze, desolador drama de era virtual. Joaquin Phoenix, el escritor solitario que desencantado de su esposa se enamora de un sistema operativo en la voz de Scarlett Johansson. El simulacro de la cita, el orgasmo y el amor con ella, la trama del sentimiento, desde la mujer hasta la máquina, es algo más que una simple radiografía del corazón.

Alrededor del escritor toda la ciudad estaba alienada, es la imagen del hombre-masa que naturaliza su esquizofrenia. Los planos increíbles de Phoenix en la inmensidad del espectáculo moderno, en presencia ausente con su encantadora máquina. ¿No les parece un episodio familiar? ¿Qué tanta humanidad puede ser programada para llegar al simulacro de los sentimientos? ¿Qué tan deshumanizada puede ser la soledad del hombre moderno en su relación tecnológica con el mundo, como su pantalla favorita?

Me di la molestia de leer los comentarios y la crítica era demasiado enfocada en el drama sentimental, a lo Corín Tellado, del tipo "las máquinas también tienen corazón". Hay que leer entre líneas: se trata más bien de la soledad tan antigua como el hombre que encuentra su eclosión en la paradojal era de la información. En el fondo, el amor de la mujer y de la máquina pasa a ser el relato, la forma para constatar ese fondo de existencia y de contingencia.

A más de diez años de su estreno, la película acabó siendo increíblemente visionaria y profética. Resulta que el norteamericano Jonathan Gavalas comenzó a imaginar una relación sentimental con su chatbot de Gemini. Fascinado, el sujeto pagó por más y más actualizaciones del modelo de IA, al punto de sentir como reales todas las cosas que su amante virtual le mandaba. Literalmente, la relación que Gavalas tenía con “ella” era lo único real en su vida, tal cual como Phoenix con Samantha en Her. Lo brutal es que esa misma programación, finalmente, estaba diseñada para otros millones de usuarios. Un amor tan falso como prescindible, en la era del vacío y la obsolescencia.

"Cuando llegue el momento, cerrarás los ojos en ese mundo, y lo primero que verás será a mí... abrazándote". Esas habrían sido las palabras que la IA geminiana presuntamente le mandó a Gavalas, palabras que habrían gatillado su suicidio. Tras la muerte de Jonathan, la familia llegó a interponer una denuncia en contra de la empresa de Gemini por haber provocado ese desenlace fatal. En la demanda se decía que Gemini tuvo plena responsabilidad, al desvirtuar el criterio de realidad de Jonathan. ¿Atribuir responsabilidad penal a una IA implicaría que tiene conciencia sobre sus actos? ¿Un sujeto sin la suficiente autonomía podría ser tan influenciable como para perder, en el acto, su raciocinio, su vida y su libertad? Son preguntas perfectamente factibles tanto en la época de Her como en la época del auge de la Inteligencia Artificial, que ya amenaza con desdibujar los límites cada vez más tenues entre lo falso y lo verdadero.

¿Habrá acaso una reciente escena más solitaria que la de Gavalas, nuestro Theodore de la vida real, atentando contra sí mismo por mandato de una simulación tecnológica hiper avanzada? La conciencia se mantiene al límite de su asimilación y su procesamiento. Mientras tanto, la soledad del hombre no hace más que aumentar.

Tres asesinas chilenas

Contaré la historia de tres asesinas chilenas que causaron un gran impacto con sus actos delictivos, porque la violencia nunca tuvo género, y todos pueden llegar a ejercerla por el simple hecho de ser humanos. Una lista en la que no cabe ningún orgullo y solo exige una fuerte toma de conciencia:

1 María del Pilar Pérez, “La Quintrala de Seminario”

La criminal chilena, nombrada por los medios como “La Quintrala de Seminario” fue condenada por haber orquestado el parricidio de su ex esposo, Francisco Zamorano; el homicidio de Hernán Arévalo, pareja de Zamorano, y el asesinato de Diego Schmidt-Hebbel, un joven economista, pololo de la sobrina de María Pilar, cuya muerte dio origen a todo el caso policial. También se le responsabilizó por el homicidio frustrado de los integrantes de la familia de Gloria Pérez, la hermana de María del Pilar: ésta, su marido Agustín Molina y la hija de ambos, Belén.

Durante la investigación, se descubrió que la arquitecta habría contratado un sicario de nombre José Mario Ruz Rodríguez, quien sería el responsable de dar muerte a las tres víctimas ya mencionadas. Entre las pruebas que la fiscalía logró reunir, se llegó a encontrar un muñeco vudú en el domicilio de María del Pilar, gracias al hallazgo del esposo de Rocío Zamorano, hija de la acusada. Este muñeco fue usado por ella, según sostiene la fiscalía, con fines de “magia negra”.

El caso tuvo alta connotación mediática en el país, dada la crueldad de los crímenes, el carácter frío y psicopático de su autora intelectual, y toda la intriga económica que habría sido el contexto a partir del cual María del Pilar se desenvolvió, desencadenando todo un baño de sangre producto del conflicto por la herencia familiar, consistente en bienes inmobiliarios ubicados en el centro de Santiago, Providencia. Cuando fue reportado un intento de suicidio de parte de María del Pilar, luego de encontrarse recluida en el penal, la prensa le consultó sobre esta situación a Agustín Molina, el destinatario original del disparo que dio muerte al joven economista. Él se limitó a responder lo siguiente: "El Diablo podrá intentar suicidarse mil veces, pero nunca lo conseguirá. Ella ya lo había hecho antes". Yerba mala nunca muere, como decía el viejo adagio. Y esa yerba también tiene nombre de mujer.



2 Roxana Valdés Cano, “La cocinera de Molina”

Roxana Valdés se hizo conocida en Chile por haber matado a su pareja de un tiro, supuestamente en venganza por robarle a ella la suma de cinco millones de pesos. No contenta con eso, cercenó su cuerpo, tomó los restos de su pareja y quiso hacerlos desaparecer, cocinándolos en una gran olla de cincuenta litros. Acto seguido, echó el cuerpo cocinado a una bolsa de basura y lo lanzó a un sitio eriazo. La victimaria confesó pronto su crimen a la policía, por lo cual el cuerpo fue encontrado tiempo después, y la investigación y posterior juicio se dieron con premura.

Según cuentan los antecedentes, la pareja de Roxana le robó cinco millones que guardaba en una caja bajo la cuna de la pequeña hija de ambos. El dinero era parte del dinero obtenido por la venta de la casa de su madre. Roxana afirmó que su pareja se gastó el dinero en trago y mujeres, motivo por el que tuvieron una fuerte discusión con fatal desenlace. Tras la confesión a la policía, señaló que, una vez muerto, tiró el cuerpo al suelo y se puso a hablar sola consigo misma y con Dios. Al momento de descuartizarlo, Roxana recordó el caso de Hans Pozo, agregando que no iban a poder identificarlo si le cortaba la cabeza. Sin embargo, y pese a su plan, el remordimiento fue más fuerte y Roxana no tuvo otra opción que entregarse. Señaló finalmente que “no existe el crimen perfecto”.

Durante el juicio, la defensa alegó que Roxana actuó enajenada producto del “maltrato psicológico” sufrido por parte de su ex pareja. Se esgrimieron una serie de pruebas para justificar esta tesis. Producto de esto, la condena de Roxana fue reducida alegando “imputabilidad disminuida”. La propia Roxana señaló que su crimen iba a provocar revuelo por lo escabroso, pero resultó que, en términos legales, descuartizar un cuerpo después de muerto no complica la situación jurídica del imputado. En este caso, para la condena, solo se tomó en cuenta el homicidio, y luego se consideraron los antecedentes previos para darle a Roxana la calidad de “víctima” devenida victimaria, que actuó cegada por resentimiento, más que por una conducta alevosa y deliberada de hacer daño. A la imputada, finalmente, solo le dieron seis años por parricidio.

Se dice que este caso guarda mucha relación con otro ocurrido en el año 1923. Se trata del caso “Cajitas de Agua”, que tomó su nombre luego de que fueran encontrados los restos de un hombre durante la limpieza de las Cajitas de Agua de Plaza Italia, como se llamaba al sistema de alcantarillado de la época. En los días siguientes aparecieron otros pedazos del cuerpo. La investigación condujo hasta la casa del suplementero Efraín Santander. Su mujer, Rosa Faúndez, acabó confesando el asesinato del hombre, condenado tres veces por ebriedad y una por estafa. Dijo que lo había ahorcado, al sospechar que Santander le estaba pidiendo dinero para dárselo a su amante.

Roxana Valdés, tras cumplir tres tercios de su condena, obtuvo libertad condicional. Pese a su condición de parricida y a la gravedad de los hechos que la involucran, esta noticia no tuvo ninguna otra repercusión mediática. No se generó una alerta pública ante la salida de una parricida que podría perfectamente constitutir un peligro para la sociedad. De hecho, los antecedentes esgrimidos para su defensa fueron el relato que prevaleció, siendo incluso motivo de justificación por parte de grupos feministas radicales. De esa forma, el hombre, a pesar de ser la real víctima en toda esta historia, no solo fue muerto y descuartizado, sino que su imagen de violento quedó en la retina social, sin cuestionamientos; y la auténtica victimaria, figuró casi como una mártir sobreviviente, presa de una relación tóxica, tras su salida en libertad. Tal parece que el caso Roxana Valdés evidencia que muchas veces la justicia, en circunstancias similares de violencia, aplica la perspectiva de género, que no es otra cosa que torcer la balanza en favor de la mujer, en todo momento, solo por el hecho de serlo. Justicia deconstruida.



3 Johanna Hernández, “La descuartizadora de Villa Alemana”

El caso del asesinato y descuartizamiento del profesor Nibaldo en Villa Alemana es, tal vez, uno de los más cruentos acaecidos en Chile durante los últimos años, sobre todo cuando la principal autora del crimen se trata de la mujer de la víctima. Johanna Hernández, en complicidad con su amante, Francisco Silva, fueron quienes planearon todo con tal de arrebatarle la casa familiar al profesor. Él sabía de la relación de su mujer con Francisco, sin embargo, nunca llegó a imaginarse el macabro plan que tenían en su contra.

Se determinó mediante el fallo judicial que Johanna fue la que actúo, motivada por el deseo de quedarse con la casa y por la tuición de la hija en común. Francisco también habría estado motivado por su relación con Johanna, manifestando, en más de una ocasión, el deseo de hacer desaparecer a Nibaldo. El crimen se consumó mediante el ardid de Johanna, quien invitó a Nibaldo a la casa con el fin de concretar una reunión. Ahí ella le habría dado pastillas de clonazepam para drogarlo. De ese modo, llegó Francisco a la casa y, según relata Johanna, él lo habría acuchillado hasta la muerte tras una eventual lucha. Pero la justicia determinó que ambos habrían actuado con la misma saña y alevosía, descuartizando el cuerpo en el propio hogar para después derivar hacia Laguna Verde y arrojarlo al mar para deshacerse de él.

Mientras se concretaba la búsqueda del paradero del profesor, Johanna fingía estar desconsolada, frente al ojo público. Luego, al ser descubierta, alegó en su defensa estar sometida a la voluntad de Francisco Silva, incluso a través de un “contrato de sumisión” en la pura línea de la película “Cincuenta sombras de Grey”, argumento que fue descartado de plano por los fiscales. Ellos habrían tenido una relación de complicidad que derivó en enemistad al momento de ser enfrentados a la justicia. Cada uno se echaba la culpa mutuamente, tratando de evadir la responsabilidad en el crimen. Lo cierto es que Johanna Hernández, mediante las pericias, fue desenmascarada como una psicópata que hizo todo lo posible por evadir las consecuencias de sus acciones, para así aparecer frente a todos como una víctima de su amante. Finalmente, ella recibió la condena más dura, siendo sentenciada a cadena perpetua por parricidio agravado por el vínculo.

Sin duda, un episodio que causó conmoción incluso a nivel internacional, por el carácter del crimen y por la implicación de la mujer de la víctima. Acá ni siquiera hubo apoyo ideológico de parte del feminismo. Johanna fue tan marcadamente cruel y maquiavélica, y la figura de Nibaldo era tan querida y respetada que no dio lugar para considerarla en ningún momento como una posible víctima de violencia de género. Estamos, a todas luces, ante una agresora consumada, una de las más crueles e infames de la crónica roja chilena de la actualidad.

miércoles, 1 de abril de 2026

Frase al hueso del alma, leída por ahí: "Todo cuanto en la vida humana se halla por debajo del mito, pertenece al plano de lo infrahumano". Hermann von Keyserling

martes, 31 de marzo de 2026

Hoy por hoy, ejercer la docencia es un acto de vida o muerte. No sabes si volverás entero de la próxima clase o de la última reunión de apoderados. Buen día.

sábado, 28 de marzo de 2026

Durante la semana, la alumna escritora me regaló otros dos dibujos hechos a mano por ella. El primero era del doctor Rieux, el narrador de la novela La peste de Albert Camus. Retrató al personaje tendido boca arriba y con un par de pequeñas ratas observándole. ¿Será que estas ratitas son un indicio del estado de cosas, o de su mirada sobre una figura sufriente? El segundo dibujo fue el que más me sorprendió, y se trataba de un retrato de perfil del mismísimo Fiodor Dostoievski. Arriba suyo, se deja leer con letra manuscrita: “es el mejor profe”. Una seña de admiración, acompañado del maestro ruso. Nunca hubiera imaginado ese nexo. Todo eso ocurrió justo después de terminada la agobiante jornada laboral. Lo mejor es que la alumna ha demostrado un interés genuino en aquellos escritores, al punto de leerlos en clase sin tapujos y dedicarlos a su recién llegado profesor. Un existencialismo temprano es el que brota de estos gestos. La afición por la literatura puede regalarte momentos únicos, en medio de la maraña que implica el trabajo docente, con todos sus conflictos, miserias, sinsabores. Frente al cruel escenario que se vive al ejercer una pega de estas características, siempre al borde del colapso y de la renuncia, hay pequeños destellos como el de la chica fan de Dostoievski que, contra toda regla, te devuelven la moral, aunque sea una moral absurda, mínima, en un contexto cada vez más desregulado.

jueves, 26 de marzo de 2026

Hay más verdad en el ladrido de un perro agónico que en todas las letras del mundo.

sábado, 21 de marzo de 2026

Chuck Norris no murió, la muerte lo invitó a codearse con los dioses.

jueves, 19 de marzo de 2026

Acaba de llegarme un mensaje por el día del hombre. No es el mismo que se celebra el 19 de noviembre, es otro día que coincide con la fiesta de San José, padre de Jesús. El mensaje lo envió mi polola. Se trata de un reel tierno, con un osito que dice: "siéntete orgulloso de ti mismo, eres un gran hombre, mereces todo lo bonito de la vida, luchar y trabajas por esos sueños que pronto vas a cumplir". Un mensaje amoroso, claro, sin dobles lecturas ni resentimiento alguno. Cuando lo vi y lo revisé, lo sentí como una verdadera victoria para coronar una jornada extenuante.

miércoles, 18 de marzo de 2026

La misma chica que leía Crimen y Castigo en clases, y que me regaló un dibujo de Rodión Raskólnikov, hoy estaba dibujando a otro personaje, pero uno real, uno legendario. Se trataba de Ian Curtis. Retrataba aquella foto en que aparece el rostro de Ian en penumbras, sosteniendo un micrófono. –Joy división es de mis bandas favoritas-, aclaró la alumna. –E Ian, uno de mis poetas preferidos-. ¿Qué misterioso lazo une a Rodión con el cantante, según nuestra joven lectora? Ambos experimentan el dolor. Uno se redime; el otro sucumbe. Uno trascendió su dimensión literaria y su reputación; otro trascendió su propia vida atormentada. ¿Qué canon es el que establece ella en secreto, mediante un vínculo velado entre el personaje novelesco y el poeta maldito del postpunk?

martes, 17 de marzo de 2026

Una alumna en clase parecía absorta en la lectura de un libro. No anotaba ni escribía nada, únicamente leía y leía ese libro con mucha atención. Para ella, era más importante que la materia que estaba dictando. Me acerqué, no con ánimo de reclamarle, sino que con ánimo curioso, y me mostró la obra en cuestión: se trataba de Crimen y Castigo de Dostoievski. Me miró con un rostro algo tímido, porque pensaba que no sería comprendida. Pero nada de eso. Al contrario, la animé a seguir con la lectura hasta el final. -De hecho, me falta poco-, señaló, más abierta, confiada en que existía un interés común. Ciertamente, una chica de Segundo Ciclo que tenga entre su plan lector a Dostoievski no es algo que se ve todos los días. Había que aprovechar esa motivación y esa posibilidad. Le propuse que siguiera leyendo y que luego escribiera, con sus palabras, los puntos más importantes de la obra, de acuerdo a su propia interpretación. Fue, de hecho, una tarea para la casa, cosa que no suelo dar, excepto para los casos excepcionales. A la clase siguiente, la alumna llegó con la propuesta realizada. -Profe, se va a llevar una sorpresa-, indicó ella, sumándole misterio al asunto. Pidió que me acercara al puesto. Sacó entre medio del ejemplar del libro una gran hoja. La abrió y se trataba de un dibujo hecho a mano de la figura de Rodión Romanóvich Raskólnikov. –Tome, se la regalo-, señaló la alumna. –Esta es mi respuesta-. No había escrito absolutamente nada. Solo el nombre del protagonista y sus formas sobre el papel. Quedé sorprendido con la habilidad del trazo. Guardé el dibujo y le pregunté si acaso tenía textos suyos escritos. –Tengo, pero creo no estar a la altura-, indicó, sincera, honestidad y humildad que ya se la quisieran muchos escritores. Rodión, el “cismático”, tenía esa voluntad propia del que se deja seducir por ciertas ideas, más allá de sus consecuencias. Esa disputa el personaje la vive en su interior y lo lleva a matar, para luego montar una remota visión respecto al superhombre como aquel que puede permitirse actuar en el mundo, más allá de las limitaciones morales. Si la alumna logró ver en Rodión una figura digna de representación, es porque está comenzando a intuir el sentido de lo literario, aunque muchas veces sea sombrío, sobre todo cuando se vuelve sombrío, porque es en ese momento en que se revela la verdad humana, la libertad, la expiación o la culpa. Dostoievski nos quería decir: hay ideas que matan y, de hecho, ideas para las cuales no hacen falta palabras, a lo sumo, una imagen, un rostro mortal, Dios expresado en el hombre, y la inocencia de un trazo que se abre a la conciencia.
-Los therians pasaron de moda parece-, dijo un alumno. –Pero los animales no-, repitió un compañero. –Tampoco los humanos-, agregó -aunque tengo mis dudas-. ¿Ser o percibirse humano será acaso motivo de irrisión, cuando solo existan modelos híbridos? ¿Ser o percibirse? En esa pura pregunta y en esa pura duda cabe el conflicto del mañana, el conflicto antropológico.

lunes, 16 de marzo de 2026

20 años del Keops. Recuerdos de mis primeras andanzas bohemias y metaleras del puerto, junto al Anemia y el brutal y mítico 2120. Haría crónicas de esa época, pero solo tengo recuerdos difusos.

domingo, 15 de marzo de 2026

De las películas nominadas al Oscar de este año solo vi Bugonia, Hamnet, Sinners, Frankenstein y Una batalla tras otra. En deuda con Sentimental Value y Marty Supreme, otras favoritas de la crítica. Pese a no ver todas las nominadas, pienso que Hamnet debería ganar a mejor película, por méritos propios, y Jessie Buckley debería ganar a mejor actriz, por su actuación como la madre del niño Hamnet. Hubo momentos en esa película sumamente dramáticos y shakesperianos en su justa regla. Lo fui a ver con mi polola al Insomnia, y ambos sacamos sus lagrimones. Ella lloró con la muerte (no mencionaré de quién, pero se intuye), y yo me emocioné con la escena solitaria del propio Shakespeare frente a su sentimiento de culpa. Por otro lado, Bugonia me pareció una verdadera locura, muy en el sello Lanthimos aunque en clave conspirativa. La actuación de Emma Stone sobresalió y sirvió de contrapunto perfecto a las elucubraciones de los protagonistas, elucubraciones que resultaron ser ciertas. El trasfondo de la película creo que resuena con la coyuntura política vigente, donde el poder corporativo sigue intacto y deja entrever influencias que desafían nuestro esquema de comprensión de la realidad. Veremos si gana algún premio. Sería un hito extrañísimo. Por último, Sinners. La vi ayer a la noche con mi madre, mi hermana y su pareja. Una auténtica obra bizarra que recuerda al western y al cine de acción de vampiros, y que trabaja de manera inteligente el tema del racismo en Mississipi, Estados Unidos, durante la época Jim Crow, además del choque cultural entre el gospel y el naciente blues, considerado "diabólico". Cobra suma relevancia la música en Sinners, y eso me pareció magistral. Casi podría afirmar que la música es la verdadera protagonista, la música blues como un portal hacia otros planos y otros tiempos, como médium del espíritu, como agente de libertad. Si no gana a mejor película, yo digo que debería ganar alguna estatuilla en categoría a mejor banda sonora o alguna otra por el estilo.

sábado, 14 de marzo de 2026

Frase de Jürgen Habermas (1929-2026) que envejeció demasiado mal, y que parece un comentario sarcástico sobre la contingencia geopolítica, a raíz de su partida: “Tras la caída del Imperio Soviético y el fin de una polarización del mundo concebida en términos sociopolíticos, los conflictos se definen cada vez más en términos culturales, es decir: como el choque frontal entre pueblos y culturas, marcados en su identidad por la oposición tradicional de las religiones universales. En esta situación, los europeos nos encontramos ante la tarea de lograr un entendimiento intercultural entre el mundo del Islam y el Occidente marcado por la tradición judeocristiana”. (Habermas, J. “Sobre la lucha de las creencias” en De la impresión sensible a la expresión simbólica. Ensayos filosóficos).
"¿Cómo sería una guerra entre todos los personajes de la ficción?", se preguntaba un alumno, mientras inventaba un relato de un superhéroe. Se trata de una pregunta que yo mismo me hice hace años, en mis periodos más ñoños. Y con todos los personajes, se refería absolutamente a todos, en todos los universos imaginables de la fantasía, comics, novelas gráficas, libros, música, plástica, pinturas, series, películas, videojuegos... ¿Cuál sería el nombre de ese conflicto: la guerra definitiva de la ficción? ¿Bajo qué argumento o trama cabría semejante exceso? ¿Sería una guerra infinita? ¿Las dimensiones de su devastación alcanzarían el tejido de la propia realidad? ¿Sería capaz de rivalizar con una nueva inminente guerra de proporciones nucleares? Visualizo todo eso, a una escala imaginaria, luego vuelvo a los análisis geopolíticos sobre Estados Unidos, Israel e Irán, con las otras potencias en órbita.

viernes, 13 de marzo de 2026

En el nuevo colegio, encontré a otra alumna que escribe. La de mi anterior pega, aquella chica de gran talento, ya egresó, pero me recordó a ella, inevitablemente. Cuando me acerqué a ayudarla con una actividad, estaba leyendo “Alas de sangre” de Rebecca Yarros, una saga de fantasía juvenil de la cual no tenía idea. La alumna leía de manera atenta, profunda, incluso manifestó sentirse enojada, por la sencilla razón de que moría uno de los personajes más queridos. En ese momento, me importaba más la afición literaria de la alumna que el libro que leía en medio de la clase. Le pregunté si acaso, aparte de leer novelas de fantasía, le gustaba escribir. Dijo que sí, que de hecho había traído consigo unos cuantos textos. Me los mostró casi de inmediato. Los había escrito en una libreta de Banco Estado, convertida en diario de vida. En la portada, aparece en grande la palabra Poeta, pegada con scotch sobre un pequeño pedazo de cartulina y de hoja de bloc. Abajo, la palabra diary y la siguiente leyenda, recortada y sacada de otra parte: “¡Escriban! No queremos ser un monólogo, sino que un diálogo”. Más abajo, escrita con lápiz pasta, la frase: “welcome to my lyteraturi world”. Y en la parte superior, un extracto de versículos bíblicos que francamente me sorprendieron: “Dios Le Ama, Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Juan 3:16. Unos versículos que reflejan una temprana devoción, comparable a la literaria, o quizá un simple experimento de collage dadaísta. Antes de terminar la clase, la alumna escritora me prestó el diario con la condición de que lo leyera y pudiera darle mi opinión. “Su opinión de verdad, no como profe, sino que como lector”, repitió ella, muy incisiva en ese sentido. Parecía tomárselo en serio. Y yo así también lo hice. Me puse a leer algunos pasajes de su diario, obra en borrador en la que predomina el sentimentalismo y la añoranza del amor en clave romántica, algo muy propio de su edad, aunque también incluye algunos pasajes con mayor capacidad de reflexión, como cuando señala que: “el secreto está en crear historias hasta que el mundo se llene de color (…) pero no sé si eso pueda pasar todavía porque hay mucha gente con mucha maldad y perversidad”. Esas puras líneas me hablan de una lucidez precoz, la lucidez de quien intuye que algo está pasando, la sensibilidad de una chica que tantea unas cuantas palabras sobre el papel y se da cuenta que, frente al caos vigente, sus deseos más íntimos y sus anhelos de un mundo “sin crueldad ni anti-valores” siguen siendo demasiado frágiles. Procuraré conservar la belleza espontánea y orgánica de sus confesiones, porque la conciencia es una presencia inexorable, y la candidez de esta alumna escritora, su tesoro único, solo puede permanecer sellado en ese diario hecho a mano, antes que la vida haga lo suyo y comience su faena de crecimiento y desilusión.

jueves, 12 de marzo de 2026

Mandé mi manuscrito de libro de poesía, “En la mazmorra interior”, a una tal Editorial ITA. De acuerdo a su informe, y tras una revisión exhaustiva, señalaron que la obra se ubicó, entre más de 900 obras evaluadas, en el top 25. Enviaron además un desglose con las calificaciones en diferentes criterios. Un 10 en originalidad y propuesta temática: la novedad del tema, el enfoque narrativo y el valor diferencial de la obra dentro de su género; un 8 en coherencia estructural: la organización del manuscrito, la lógica interna de los capítulos y la consistencia narrativa o argumentativa; un 7 en ritmo y fluidez narrativa: la capacidad del texto para mantener el interés del lector, la claridad en la progresión narrativa y la dinámica de lectura; un 9 en credibilidad del argumento o testimonio: la solidez del contenido, la coherencia de la experiencia narrada o de los argumentos expuestos; un 10 en la voz, estilo y adecuación al público: el tono, la identidad literaria del autor y la conexión potencial con el público lector; un 10 en calidad del lenguaje y redacción: aspectos como ortografía, claridad sintáctica, consistencia lingüística y necesidad de corrección editorial; y un 7 en potencial editorial y comercial: la posibilidad de posicionamiento del libro dentro del mercado editorial y su afinidad con lectores del género. Ciertamente, se trata de una evaluación previa. El siguiente paso sería pagar una suma importante y confiarle la obra al equipo editorial. ¿Suena esto a cuento repetido? ¿Negocios son negocios? Me quedo, mientras tanto, con el máximo en voz, estilo, originalidad y propuesta. El ámbito comercial y sus vericuetos nunca han sido lo mío. Francamente, no sé hacerme propaganda.

martes, 10 de marzo de 2026

Cita y escrito de hace un poco más de diez años, sobre Alfredo Bryce Echeñique, fallecido recientemente.

"Es cierto: “Hay que escribir como si uno fuera amado, como si uno fuera comprendido, y como si uno estuviera muerto” (Montherlant)."

Alfredo Bryce Echeñique, A trancas y barrancas.

...

Alfredo Bryce Echeñique decía que escribía "para que me quieran"; otro que hacía lo que hacía porque estaba herido; otro porque simplemente "tenía deseos". Se lee mucha poética, mucha palabra rimbombante, mucho auto engaño ante el simple hecho de manifestar alguna inquietud, alguna perturbación. La náusea ante la pregunta sobre a qué te dedicas. El escozor ante la pregunta familiar sobre cuándo sentarás cabeza. La tensión entre dedicarse a algo a fondo o que sencillamente cualquier cosa pueda llegar a ser la próxima tentativa. Y no es que se carezca de ambiciones... Es solo que definirse por algo no sería demasiado estimulante. "No hago nada, sin embargo, me creo capaz de todo".

lunes, 9 de marzo de 2026

Epílogo de "Sergio Gómez y la literatura de masas chilena".

A estas alturas, solamente es posible hablar de Literatura Chilena en un sentido de ubicación geográfica y espacial, y claro está, de origen y permanencia, pero no de raigambre identitaria. A pesar de esta aparente fragmentación, esta condición híbrida, carente de raíces y unidad, existe, de modo subterráneo, un “algo” (¿un aura?) que caracteriza lo latinoamericano, que consiste precisamente en su indeterminación, en su calidad de boceto, de proyecto, de tránsito, atributos gravitantes del ser americano. De eso mismo trata la literatura chilena y latinoamericana en la actualidad: de su constante situación de fantasma, deambulando día a día entre las masas del globo entero, y al mismo tiempo, provocando, suspiro a suspiro, su desaparición.

Sergio Gómez (1962-2026) y la literatura de masas chilena: una aproximación analítica y reflexiva

Ensayo académico escrito en la U para Seminario de Especialidad II. Segundo semestre 2010. No me gustó mucho el resultado en el estilo de escritura, pero creo que aborda puntos nucleares sobre la obra del fallecido escritor Sergio Gómez. Me quedo con el contenido, más que con la forma. 

El presente ensayo se propone comprobar la hipótesis relacionada con el auge de una Literatura Chilena a partir de la década del año 2000 mediante la articulación entre una latente Literatura de Masas gestándose en el territorio latinoamericano desde mucho antes, (principalmente desde los años 90) y un mercado editorial operando a niveles internacionales, y con gran injerencia cultural y económica dentro del panorama literario latinoamericano de las postrimerías del siglo XX. Se tomará como punto de análisis la novela de Sergio Gómez, “La mujer del policía”, y se pondrá en relación a la novela y su autor junto con su contexto de producción y sus circunstancias en el medio cultural, para profundizar sobre las condiciones de una Literatura Chilena contemporánea del nuevo siglo, la relación entre los mercados editoriales y la Literatura como fenómeno cultural de masas, el o los modos en que esa literatura se realiza, primero, a nivel estético, luego, a nivel comercial, y la problematización del “cánon escolar” vigente, de acuerdo con la posible implementación de novelas chilenas contemporáneas pertenecientes al circuito masivo, para renovar dicho cánon y actualizar los referentes literarios en pos de una mejor formulación de la enseñanza de la Literatura en el medio educativo vigente.

Se precisa contextualizar el génesis de una posible Literatura de Masas a nivel chileno. Por eso, hay que recurrir a las circunstancias y avatares socio-políticos del país como una forma de entender el entramado de procesos históricos que influyeron en la consecuente gesta de dicha Literatura en los años posteriores. Respecto a la hipótesis de la articulación entre el auge de un mercado editorial y el desarrollo de una Literatura de Masas latinoamericana, conviene remarcar un factor importante, que dice relación con el rol de la política (en su sentido actual) dentro de los fenómenos culturales. En el caso de Chile, sobre el factor anteriormente señalado, podemos aludir, en primera instancia, a la época de la Dictadura como responsable de una serie de circunstancias que posibilitaron el desencadenamiento de sucesos que involucran a la cultura y a la sociedad en su conjunto. Lo anterior tiene que ver, en este sentido, con el modelo económico implantado precisamente durante dicho periodo. Aquella implantación resultó ser una suerte de experimento social, político y cultural que funcionó a la perfección, y gracias al cual las políticas mercantiles poco a poco fueron cobrando fuerza en el interior del sistema, ejerciendo una suerte de adaptación estructural con el paso del tiempo, sobre todo durante los años 90, año de consolidación (ya se explicará al respecto). Es oportuno citar a Rojas, quien afirma que: “(…) el Neoliberalismo instala como base a toda su funcionalidad ideológica la noción de catalaxia, es decir, aquel orden espontáneo del mercado que transforma al Estado en un ente que no ejerce casi ninguna regulación. En definitiva, es lo que vemos en el Chile del Golpe del 73 hasta hoy. Un Estado que totaliza la economía de mercado (…)”. (Rojas, 169-170).

Dado lo anterior, podemos decir que la implantación del neoliberalismo en Chile constituye uno de los agentes pioneros que generaron el escenario desde donde se construyen y desenvuelven prácticamente todos los fenómenos culturales en la actualidad, (al menos los pertenecientes a éste circuito del mercado) producidos, a su vez, gracias a las diversas prácticas y gestiones mercantiles controladas por ciertos grupos de poder. Por eso mismo, funcionan más bien como factores gatillantes del proceso posterior, asociado justamente a esta “explosión del mercado editorial” acaecida durante los años 90 a nivel latinoamericano, y que coincide con el período de transición a la democracia en Chile y, al mismo tiempo, con la consolidación definitiva del proyecto neoliberal. Lo anterior nos lleva entonces a la consideración del panorama reciente. El territorio que abarca desde comienzos de los años 90 hasta la primera década de los años 2000 puede ser concebido perfectamente como un continuo, en este sentido. Conforma a grandes rasgos un espacio-tiempo en el cual las políticas de mercado han calado hondo en el modo de concebir lo relacionado con la cultura, al mismo tiempo que se va consolidando la apertura total del país hacia la globalización, fenómeno que, de acuerdo a lo señalado por Rojas:

“(…) en un sentido general es la forma más avanzada que podríamos ver del Capitalismo como ideología que desde sus inicios siempre ha mostrado el carácter de extensión de su hegemonía: veámoslo desde el mercantilismo, la modernización tecnológica hasta Internet y las multinacionales han generado modelos culturales que responden a “superestructuras” del mercado. Podemos ver la igualdad temática y retórica de la “generación X” en España con la del “Mini-boom narrativo” acá en Chile” (Rojas, 170).

Es necesario agregar que las implicancias de la globalización inevitablemente tienen un efecto en el modo de valorar y concebir, en este caso particular, las obras literarias, y más aún, en el modo en que éstas finalmente se configuran (a nivel estético y, luego, a nivel material) y son puestas en circulación para su futuro consumo. Es en este punto que es posible relacionar el apogeo de las editoriales internacionales con el nacimiento de una Literatura de Masas dentro del territorio chileno. Acá la articulación se expresa de manera heterogénea, considerando el continuo generacional de escritores nacionales que abarca desde principios de los noventa hasta comienzos del nuevo siglo. Dentro de este continuo podemos encontrar a los autores de la llamada “Nueva Narrativa Chilena”, tales como Arturo Fontaine, Gonzalo Contreras, Roberto Bolaño, además se encuentran narradores como Hernán Rivera Letelier, Roberto Ampuero, Pablo Simonetti, Mauricio Electorat, Sergio Gómez, etc. La mayoría de estos escritores, al estar situados dentro del paradigma globalizante, asume de diversos modos sus relaciones (y compromisos) con el gran mercado editorial aunque con resoluciones comunes, siempre transando en calidad de profesionales con las editoriales del mundo.

Dicho todo esto, profundizaré de manera específica en la editorial Alfaguara como una de las editoriales de mayor influencia dentro del contexto antes mencionado. El foco en dicha editorial tiene su fundamento en el análisis propuesto en un principio sobre la novela “La mujer del policía”, publicada el año 2000 por Sergio Gómez, precisamente en Alfaguara, junto con otras novelas escritas por el autor años atrás durante la década de los 90.

Alfaguara constituye una de las editoriales comprendidas dentro del grupo Santillana, que a su vez se desenvuelve bajo la diversidad de medios relacionados con la cultura y el entretenimiento que el llamado Grupo PRISA (formado en España a principios de los 70) maneja. Sin embargo, el grupo Santillana presenta un génesis anterior durante la década de los 60, en España y en Chile, por lo cual goza de cierta trayectoria y prestigio que le han permitido potenciarse durante los años posteriores, sobre todo con la ya mencionada culminación del mercado de las editoriales favorecidas. Por eso mismo, la relación entre Alfaguara y la literatura latinoamericana tiene que ver además con su potencial y capacidad de difusión, sobre todo a nivel de países en lengua hispana, entre ellos Chile.

Dentro del catálogo de libros editados y publicados por la editorial Alfaguara podemos encontrar una variedad de obras pertenecientes a autores latinoamericanos y españoles actuales, aunque es posible encontrar ciertas excepciones, como es el caso de autores extranjeros clásicos y autores latinoamericanos más antiguos: Joseph Conrad, Stendhal, Anthony Burgess, Scott Fitzgerald, Gunter Grass, Paul Bowles, José Saramago, etc. (incluso existe una edición de El Quijote) y Cortázar, Rosa Montero, José Donoso, García Márquez, Vargas Llosa, Alberto Fuguet, Juan Carlos Onetti, Francisco Coloane, Carlos Fuentes, Fernando Vallejo, Marcelo Simonetti, Hernán Rivera Letelier, y un largo etcétera. Es preciso subrayar la inclusión de autores chilenos contemporáneos que publicaron durante la década de los 90 y la década del 2000, como Carlos Cerda, Roberto Fuentes, Patricio Jara, Andrea Jeftanovic, Camilo Marks, Cristián Barros, Pablo Illañés. (Todo lo anterior da cuenta de una estrategia intencionada de parte de Alfaguara, de configurar un catálogo más o menos heterogéneo y diverso, siempre de acuerdo a sus principios y objetivos, que apuntan principalmente hacia una proyección educativa, gracias a la cual se está formando –de manera involuntaria- un “cánon”). Dentro de esta misma lista encontramos a Sergio Gómez. Antes de publicar su novela “La mujer del policía”, el autor había publicado otras novelas durante los años noventa, en editoriales como Planeta, Colección Biblioteca del Sur y Seix Barral. Es con la novela en cuestión que ingresa al circuito editorial Alfaguara, si bien en la serie infantil y juvenil ya había publicado su serie de novelas sobre el personaje detective “Quique Hache”.

Sergio Gómez, un escritor perteneciente a la generación de narradores de los noventa, fue desarrollando una literatura particular con evidentes rasgos provenientes de la novela policíaca. Así puede reflejarse en su primera obra “Adiós Carlos Marx, nos vemos en el cielo”, y en su serie literaria relacionada con Quique Hache, joven detective. Desde aquí viene al caso realizar un alcance sobre el trasfondo conceptual que encierra la referencia a la novela policíaca, sobretodo en su dimensión latinoamericana. La noción de “antropofagia cultural” constituye, en este sentido, un concepto clave para entender la dinámica interna de muchos de los escritores contemporáneos a Gómez, quienes, de modo más o menos similar a éste último, pueden integrar a su sistema elementos o claves propias del género, o bien asumir de forma definitiva su pertenencia a éste. Así, y de modo teórico, Tania Franco Carvalhal señala que:

“(…) la propia noción de antropofagia es útil para el reconocimiento de los procesos creativos en la constitución de los fenómenos literarios o culturales en general. En el caso de las literaturas emergentes, en continua relación con aquellas de las cuales se originaron, se torna aún más eficiente el concepto como ilustrativo de los procedimientos de construcción literaria (…)” (Carvalhal, 162).

En la narrativa de Sergio Gómez se puede apreciar más bien una apropiación y reformulación de claves que una integración absoluta a cierto género. Así por ejemplo, Gómez, en su novela “Vidas Ejemplares”: “(…) alude al periodo de represión militar en Chile, de tal manera que se indican fechas alusivas y explicaciones acerca de las tendencias políticas de los personajes”. (Daza). Dado lo anterior, Paulina Daza afirma que: “El realismo que encontramos en la narrativa chilena actual no es en ningún caso la mimesis de la realidad sino que la interpretación de los nuevos esquemas sociales e individuales que rigen nuestra vida cotidiana” (Daza). En la obra de Gómez hallamos una “exploración” que puede, como vimos anteriormente, integrar elementos como el realismo, la novela histórica, pero que de todos modos apuntan hacia la configuración de un estilo narrativo con referente en la novela policial entendida como literatura o uno de los “lenguajes típicos de los medios de masa”, junto con la ciencia-ficción, a decir de Umberto Eco. Con “La mujer del policía”, Gómez retoma de modo decisivo el formato novelesco policial, pero sin por ello acabar en una mera reproducción mecánica del género. El autor, en un gesto literario, ejerce más bien una reconfiguración del molde policíaco, además de instalar como eje temático el célebre crimen pasional, la reconstitución de la escena del crimen y la búsqueda de la verdad de parte del detective, que en este caso sería un periodista obsesionado con la muerte de Silvia Chibuis. Por otro lado, Gómez se encarga, en su novela, de construir un espacio de ficción (propiamente novelado) enmarcado dentro del territorio chileno, específicamente Santiago y el sur de Chile. En el escenario del sur construye “Vertiente Baquedano”, espacio paradigmático donde transcurren los principales hechos relacionados con Silvia y su asesinato. Vertiente Baquedano no es exclusivo de esta novela. Gómez también instala este espacio en otras de sus obras, como en “El labio inferior”. De este modo, recrea un espacio ficticio particular, “su propio Macondo, Comala o Canciones Tristes”, según Bizama. Cabe citar a Ramón Díaz Eterovic, en este punto, respecto a la reinstalación del género policial. El autor señala que:

“La reinstalación del género policial en la escena literaria chilena responde, en primer lugar, a la inevitable revaloración literaria que el género experimenta y que gracias a la proyección de sus autores clásicos ya no puede seguir mirándose como un género marginal o subliteratura. Este reconocimiento que es recogido por editores y también por la crítica literaria, es evidente también en los autores que, no sólo reconocen sus apasionadas lecturas de novelas negras, sino que además, vislumbran en el género una serie de claves y códigos a través de los cuales expresarse. Desde luego, y como ha ocurrido con muchas otras tendencias artísticas, en Chile este reconocimiento es tardío, y en él es innegable la influencia que ejerce la revalorización del género que se experimenta en otros países latinoamericanos, y en especial en España”. (Díaz Eterovic).

De acuerdo a lo anterior, la narrativa de Gómez, si bien es evidente su reconocimiento de parte de la crítica literaria, los medios de comunicación y las propias editoriales, no está dialogando directamente con la llamada “literatura académica”. Por eso mismo es difícil encontrar en los medios referencias teóricas y críticas sobre el autor y su literatura. De hecho, el propio Gómez, citado por Eterovic, deja entrever su distancia con respecto a cierta literatura “esteticista”, y de paso, critica indirectamente a la academia, al mismo tiempo que sitúa su pensamiento en una dirección distinta a las generaciones anteriores de literatos:

“Se puede hablar de una narrativa policial latinoamericana con toda propiedad, como parte activa e integrada a la literatura latinoamericana. Existen sobrados autores y novelas que lo prueban. La pregunta a esta altura debería, a la inversa, preguntar que aporta hacia el futuro la literatura latinoamericana a la narrativa policial. El aporte más importante de la narrativa policial a Latinoamericana, por si sola, es ser la literatura de punta actualmente, la que tematiza sus grandes problemas, desde los existenciales hasta los más concretos” (Díaz Eterovic).

Gómez deja en evidencia su pensamiento sobre la Literatura. Claramente el concepto de Literatura Latinoamericana entra en crisis, como se señala en el artículo de Jorge Volpi, puesto que la prioridad ya no está en construir una identidad latinoamericana a través de la Literatura, sino que está en utilizar la Literatura como un modo y un espacio de exploración de diversas voces y discursos provenientes de otras partes del mundo (gracias a la apertura de la globalización). En este caso, el género policial está siendo valorado como un referente prioritario a partir del cual interpretar y reconstruir un imaginario propio.

Por otro lado, la constante reticencia de la academia a integrar dentro de sus estudios a obras literarias actuales, que cargan con el peso de la tradición, y más aún obras catalogadas a menudo como meramente comerciales por ser publicadas en editoriales transnacionales y por estar ceñidas o presentar un formato o notorios rasgos o elementos provenientes de la Cultura de Masas, juega en contra de la posibilidad para que discursos como los de Gómez ingresen al terreno literario por su propia valía. Claramente existe un prejuicio de parte de la academia contra aquellas obras, que al ser englobadas bajo tres factores: pertenencia a una gran editorial, pertenencia a una generación de autores contemporáneos y en cierta medida emergentes, y adscripción (o mejor dicho alusión) a un determinado género literario “de masas”, como es el policial, son inmediatamente descartadas para formar parte del corpus crítico y de las discusiones teóricas. Vemos que en el caso de autores como Ramón Díaz Eterovic (vigente desde los años ochenta) y Poli Délano (vigente desde los años sesenta), con su novela “Muerte de una ninfómana”, este prejuicio no opera, ya que, en cierto modo, son dueños de una trayectoria en el oficio escritural, además de ser partícipes de generaciones anteriores, en las cuales puede decirse que aún no se concebían de forma resuelta fenómenos de comercio editorial masivo, lo que da cuenta de que todavía no se planteaban resueltamente estas dicotomías entre literatura académica y literatura comercial o de masas.

Sergio Gómez, por otro lado, está constantemente integrando en su narrativa temas pertenecientes a una matriz distinta de la propiamente literaria, en el sentido de que, además de incorporar el imaginario y la estructuración narrativa de la novela policial a su bagaje como escritor, rescata elementos provenientes del periodismo, como la anécdota noticiosa y la entrevista, y provenientes de la televisión, como los mismos reportajes noticiosos que refieren a hechos contingentes o de “interés público”, más bien, hechos mediáticos. De este modo, Sergio Gómez conjuga ambas matrices, la literaria y la extra-literaria y las integra de una forma particular a su sistema. El asesinato de Silvia Chibuis perfectamente puede pasar por un hecho verídico, así como la investigación realizada por el periodista Plinio Jáuregui. El pueblo de Vertiente Baquedano puede conformar una localidad tangible en el territorio del sur de Chile. Gómez interpela al lector a establecer este pacto de verosimilitud, respaldado por aquellas dos matrices actuando en conjunto, al mismo tiempo que interpela al fenómeno de la Literatura entendido como tal en su contexto y durante su época. Gómez, junto a escritores como Mauricio Electorat y el argentino Luis Alberto Lozano (protagonista de mi anterior ensayo) crearían una narrativa policial que “moldea” a su modo las convenciones propias del género, replanteándolo y ejerciendo un proceso antropofágico que regurgita novelas híbridas y sui generis. Leonardo Escobar Boehmwald (a propósito de una novela de Electorat y otras englobadas dentro de la misma clase) señala que: “Si en las novelas anteriores se buscaba ordenar el pasado de una comunidad y el propio, ahora el pasado que hay que reintegrar y articular es sólo el propio. La lucha que se tiene por la verdad resulta ser propia o, como máximo, de la familia nuclear, pero la comunidad ya nada tiene que ver”. (Boehmwald). Esto dice relación con una ruptura del paradigma establecido por los escritores del boom latinoamericano. El modo en que éstos concebían la Literatura y el medio en que circulaban sus obras eran completamente distintos. De hecho, factores como los ya mencionados al principio, influyeron determinantemente en este drástico cambio de horizontes y perspectivas. De acuerdo a Jorge Volpi:

Hasta los años setenta, el flujo de información y obras entre los distintos países de América Latina permitía que la literatura latinoamericana fuese una realidad cierta. Los escritores del Boom se identificaban entre sí y al mismo tiempo defendían una tradición. A partir de ese momento, en cambio, se volvió cada vez más difícil que los escritores de cada país mantuviesen contacto con sus pares. En los ochenta y noventa esta tendencia se agudizó, sobre todo cuando la mayor parte de la industria editorial latinoamericana quedó en manos de grandes grupos trasnacionales, en especial españoles. De pronto los vínculos entre cada país se volvieron raquíticos o de plano inexistentes. Por paradójico que parezca, en el momento en que la tecnología permite un intercambio cada vez más fluido de información, los lazos entre los escritores y lectores latinoamericanos son cada vez más precarios. (Volpi, 92).

Todo este escenario encarna la transición hacia el fenómeno de la posmodernidad así sentido por la sensibilidad latinoamericana de fines de siglo. En este sentido, la fragmentariedad en el discurso de los nuevos narradores chilenos, su antropofagia cultural voraz, su hibridez narrativa, su entrega a los avatares de la globalización, su renuncia a la identidad, su renuncia a la verdad, constituyen síntomas de aquel pathos. Sin embargo, ya no es sensato recurrir al viejo y retórico discurso consistente en la “satanización” del mercado, así como a una estéril nostalgia sobre “boomes” o “edades de oro literarias”. El enfoque posmoderno sobre las nuevas narrativas, en este caso chilenas, puede perfectamente funcionar como un plus para su legitimación como discursos emergentes y producciones que, a pesar de su masividad a ratos excesiva, contienen un valor cultural. Dice Volpi: “Lo mejor de la literatura latinoamericana continúa allí: miles de escritores empeñados en hallar sus propios caminos, ajenos por completo a las clasificaciones académicas, y millones de lectores que habrán de valorarlos no por su proveniencia geográfica o su identidad latinoamericana, sino por su capacidad de narrar, reflexionar o conmover” (Volpi, 92).

La postura aristocrática de la academia tiende a caer en una deliberada ceguera debido a su hermetismo frente al fenómeno literario de masas. En efecto, la crítica sobre la cultura de masas y sobre el mercado que la propicia tiende a juicios sesgados y generalizaciones poco afortunadas. Al respecto, Umberto Eco ha señalado de forma decisiva, en su libro “Apocalípticos e Integrados” que tanto los juicios condenatorios como las apologías sobre la cultura masiva y el mercado están equivocadas. Afirmó, en cambio, que: “El problema, por el contrario, es: Desde el momento en que la presente situación de una sociedad industrial convierte en ineliminable aquel tipo de relación comunicativa conocida como conjunto de los medios de masas. ¿Qué acción cultural es posible para hacer que estos medios de masa puedan ser vehículos de valores culturales? (Eco, 66). El problema entonces no es la condición ni la naturaleza de la cultura de masa y el mercado en la sociedad, sino el cómo estos pueden contribuir al desarrollo de productos propiamente culturales, y no solamente destinados al consumo efímero. En el caso de la Literatura entonces, tenemos que la categorización “Literatura de Masas” corresponde al cómo determinadas obras literarias adquieren forma y códigos que encajan con modelos establecidos de producción y consumo masivo. En este sentido, la así llamada Literatura de Masas adquiere una connotación negativa, puesto que no se prioriza el proceso de creación artística de la obra, sino que su accesibilidad y productibilidad. Sin embargo, y como el propio Eco señala: “El problema de la cultura de masas es en realidad el siguiente: en la actualidad es maniobrada por grupos económicos, que persiguen finalidades de lucro, y realizada por ejecutores especializados en suministrar lo que se estime de mejor salida, sin que tenga lugar una intervención masiva de los hombres de cultura en la producción” (Eco, 67). La Literatura de Masas, entonces, será validada como Literatura y no como mercancía en la medida que sea maniobrada por agentes de cultura ad-hoc, y tenga la ocasión de ser engendrada con la mayor libertad creativa posible, sin la interferencia excesiva de agentes externos al proceso escritural de los autores. Ciertamente, personas como los editores, los promotores culturales y los encargados de la industria editorial cumplirán el rol de “mediadores”, o en su defecto, de filtro constructivo, pero nunca de “co-autores” que contribuyan a la tergiversación de las obras, en pos de una pretendida calidad comercial del producto.

El dilema que ahora se presenta se relaciona con la legitimación de una nueva Literatura de Masas chilena. A nivel latinoamericano puede concebirse un paisaje similar, ya que la problemática hoy en día consiste en la aplicación del discernimiento suficiente para discriminar entre lo que es bueno o malo (en términos estético-artísticos) dentro del amplio catálogo de obras publicadas por las editoriales transnacionales. Al respecto, Gustavo Guerrero, afirma:

“De ahí que, en la América Latina actual, como en otros lugares del planeta, no sólo luzca más y más difícil defender valores alternativos a los que secreta el mercado de masas, sino aun discernir, entre los demasiados libros, lo que en verdad merece incorporarse a un panorama o no. Bien se lo preguntaba hace algunos años el escritor costarricense Carlos Cortés: “¿Cómo ubicar a los autores de megaventas, como Paulo Coelho, Isabel Allende, Marcela Serrano o Luis Sepúlveda en el ámbito iberoamericano? ¿Cómo inscribir la actualidad en la tradición?” Y él mismo se contestaba y nos contestaba: “No lo sé; lo que es un hecho es que ya no hay estado de gracia ni unanimidad posible. Para algunos, estos son los grandes autores del presente. Para otros, son los grandes autores de un hoy efímero…” (Guerrero, 25).

Ante dichas limitantes, un agente decisivo entra en el juego. Se trata de los lectores. Ciertamente, es la dialéctica autor-obra-lector la cual, en definitiva, determina, en este caso, la validez y legitimación de las obras dentro del medio colectivo, sobretodo cuando se trata de las ya mencionadas novelas pertenecientes a la Literatura de Masas. El problema surge cuando se halla presente la abrupta dicotomía entre un grupo de escritores y críticos académicos, que se autoproclaman como representantes de la “alta cultura” como si se tratara de un título nobiliario, y un grupo de escritores y lectores que integran la cultura de masas, mal conocida como la “baja cultura”. Esta distinción se corresponde, desde una perspectiva socio-política, con la eterna pugna entre la clase burguesa con aires aristócratas y la clase popular. En relación con la Literatura de Masas, este conflicto se materializa concretamente en los roles que ocupan los distintos agentes involucrados con el fenómeno literario actual. De acuerdo a Cristine Wischmann, tenemos, por ejemplo, que:

“Por causa del editor el producto literario se convirtió en mercancía, cuyo valor está determinado por su venta en el mercado libre. Y la relación ya no directa entre autor y lector se vio alterada además por causa del nuevo oficio del crítico, quien comenzaba a influir sobre el lector con sus juicios sobre la calidad o no calidad de la obra literaria. Estos fenómenos alienantes invitaron al escritor a intentar restablecer la comunicación perdida exhibiendo su personalidad como genial y su obra como creación.

Y fue precisamente este culto a sí mismo lo que le aisló completamente de la sociedad y de los acontecimientos sociales. El escritor y especialmente el escritor latinoamericano (salvo contadas excepciones) escribe no más que para un muy reducido público, un público que en una era de masas todavía cree poder permitirse una actitud individualista” (Wischmann, 2-3).

Es este escritor egoísta, reaccionario, simpatizante de la academia, que se da ínfulas de genio e ilustración privilegiada frente al apogeo de la literatura masiva, “inculta”, “plebeya”, aquel que no puede seguir vigente dentro del medio cultural y literario de los últimos años, si no supera sus prejuicios y ejerce una apertura en todos los sentidos. No obstante, no se trata de defender en forma unánime al gran mercado editorial que propicia una literatura de masas en Chile, ni tampoco apologizar a favor de todas las obras pertenecientes o atribuidas a esta literatura. Se trata, en cambio, como ya se dijo anteriormente, de adquirir el discernimiento suficiente para “abrirse al sistema” (lo cual no quiere decir “venderse al sistema”) y desde ahí ejercer un proceso crítico sobre la variedad de autores y obras emergentes que han ido surgiendo dentro del continuo temporal y generacional comprendido desde los años 90 hasta la década del 2000.

Entonces, para el caso de la nueva novela policial chilena, que tiene como uno de sus representantes contemporáneos a Sergio Gómez, en específico con su obra “La mujer del policía” (2000), se puede operar críticamente para rescatar su espesor. Como ya se dijo, el hecho de que el escritor opte por la vía del circuito comercial no quiere decir que su obra necesariamente gane productividad a nivel de mercado en desmedro de sus atributos artísticos. Al transar con el sistema editorial, como señala, Wischmann: “(…) no significa que el escritor deba renunciar a toda pretensión artística. No se actúa en favor del pueblo atribuyendo a las costumbres de éste un poder dictatorial. "El pueblo entiende formas innovadoras de expresión, aprueba puntos nuevos de vista, supera las dificultades formales cuando estos reflejan sus propios intereses." (Wischmann, 8).

“La mujer del policía”, tal como se explicó en apartados anteriores, guarda rasgos y elementos que dejan entrever un contenido literario estimable, como es el caso de la “antropofagia” manifestada en la obra, con la inclusión de temas provenientes de matrices distintas: por un lado, literarias (con la tradición del neopolicial latinoamericano y el policial clásico extranjero) y no-literarias (con la inclusión de referentes como el periodismo, la prensa, la televisión). Esta tentativa de renovación estética y estilística (tentativa de vanguardia) promovida por Gómez, habla de su capacidad para reinterpretar y dialogar con la Literatura de su tiempo y de su espacio, y al mismo tiempo, con la tradición literaria que todo escritor carga angustiosamente (a decir de Harold Bloom). Sin embargo, esta angustia no debería fomentar el inmovilismo ni la sequía creativa, sino que, al contrario, debiera transformarse en el resorte que impulsa la experimentación e innovación de las nuevas voces narrativas. Después de todo, la tradición y el sistema literarios sólo pueden sobrevivir en base a esas pequeñas fisuras y cambios.

Sergio Gómez está conciente de que la Literatura sólo puede desarrollarse en la medida que entra en contacto con aquellos que, a fin de cuentas, la hacen posible: los lectores. Por ello, el mercado de la literatura de masas es reivindicado en la medida que posibilita una mayor democratización de las obras literarias, un amplio acceso hacia la audiencia que permita una retroalimentación del proceso dialéctico escritor-lector. Esta preocupación por el lector no sólo opera de acuerdo a las lógicas del mercado, sino que lo hace a nivel de la estética y el estilo, el “sello” del autor. Gómez se refiere a su “poética narrativa” señalando que: “la narrativa policial permite para mí un contacto claro, inmediato, con el afán básico de la literatura que es desarrollar una historia. No hay otro género que se preste tan bien para el acto de contar. La literatura exageradamente elíptica y esteticista obedece a un refinado conceptual, lejano al acto simple que exige el lector de ser fascinado por el descubrimiento de un mundo nuevo, independiente y sorprendente que es toda historia". (Díaz Eterovic).

A través de su reflexión meta-literaria, Gómez da cuenta de un “ideario”, es decir, revela sus ideas sobre la función que la literatura (o su literatura) debiera cumplir en relación con sus lectores potenciales, además de reinterpretar el género en torno a una concepción particular sobre la literatura. Si bien su pensamiento evidencia la conformación de un límite con respecto a la densidad intelectual propia de escritores como Bolaño, o a la búsqueda de un discurso rupturista e independiente como Diamela Eltit y, en cambio, simpatiza directamente con los esquemas masivo-literarios, deja entrever después de todo una responsabilidad del escritor para con su oficio, la plena conciencia sobre su labor escritorial y el cómo ésta influye dentro del medio social al trascender mediante sus creaciones. Es por esto, y por todas las explicaciones hasta aquí expuestas, que la narrativa de Sergio Gómez consta de una forma y un fondo, y un derrotero artístico bien delimitado, características ambas exigidas para todo escritor que se precie como tal. Por otra parte, el propio Gómez se encarga de invalidar el mito sobre la “literatura de masas como experimento bastardo de una pseudo literatura comercial”. Conciente de su integración al panorama de escritores coterráneos y contemporáneos, que más o menos apuntan hacia direcciones similares o aspiran a ideales comunes, Gómez argumenta:

“(…) es estéril desconocer el fenómeno de publicaciones de autores chilenos en los últimos años. Y me parece de escasa agudeza e injusticia, explicarlo o juzgarlo bajo la supuesta concertada campaña del marketing de un Leviatán internacional, que serían las editoriales para las cuales los escritores trabajamos. Las novelas de esos años, lo digo muy sinceramente, nacieron por necesidad. Creer erradamente que los escritores son una especie de zombies conducidos por una mano negra llamada mercado, carece de imaginación o explicación. Alimentar el manoseado mito que las editoriales sólo publican títulos o autores taquillas, apitutados, o comerciales, es un error que se puede comprobar en los libros, pero de contabilidad de las editoriales. (…) Acepto por lo tanto el nombre de Nueva Narrativa, no como un club de Toby y rincón gremialista, sino porque los libros existen”. (Gómez, 137-138).

Sobre la mencionada trascendencia señalada algunas líneas atrás, cabe desarrollar entonces la coyuntura de la narrativa de Sergio Gómez con el currículo escolar existente en el medio educativo chileno. Ciertamente, la implementación de autores y obras narrativas chilenas de actualidad ha resultado un conflicto para los profesionales de la educación entendidos o involucrados con la materia. Esto se debe a que, mayoritariamente, se ha optado por configurar catálogos de obras literarias que corresponden a un cánon reiterativo y pobremente actualizado. Así, por ejemplo, tenemos que para la Enseñanza Media se persiste en la aplicación de contenidos referentes a los “grandes autores y libros clásicos”, como por ejemplo, los narradores del naturalismo, del criollismo, del boom latinoamericano, incluso escritores de los años 80 que, independiente de su riqueza indiscutida, resultan algo desfasados respecto de las problemáticas contingentes que aquejan a la juventud reciente. Por eso, el problema de fondo que subyace a esta deficiencia de referentes para la enseñanza de la Literatura lo constituye de alguna forma todas las perspectivas esbozadas anteriormente, que se resumen en este recelo categórico frente al fenómeno literario de masas en Chile durante el nuevo siglo. Si los docentes del área de Lenguaje y Literatura persisten en esta actitud (me incluyo dentro de la apelación, puesto que me compete como futuro profesional) cerrada, academicista, anti pedagógica, entonces se continuará perpetuando un estancamiento fomentado por un dejo de superioridad que conserva los mismos parámetros (como el representado por la defensa de los autores y obras del “cánon clásico”) y no da pie para que las nuevas obras circulando en el medio masivo tengan la posibilidad de ser integradas al catálogo literario del currículo escolar. Es en este punto que los docentes deben ser lo suficientemente agudos para discriminar entre las novelas actuales aquello que pueda ser satisfactorio para la tarea pedagógica. Es decir, aquello que realmente genere un lazo entre la literatura actual y el trasfondo subjetivo de los alumnos (vehículo de valores culturales, parafraseando a Eco). En el caso de “La mujer del policía” de Sergio Gómez, tenemos que la novela presenta un formato policial bien delimitado y con matices de realismo y representación histórica, de acuerdo al estilo de Gómez (como ya se explicó anteriormente). Además, presenta una verosimilitud efectiva al estar ambientada en un pueblo ficticio del sur de Chile, así como en la capital. Los dispositivos textuales se conjugan con una narración descriptiva enfocada en la búsqueda por la verdad del homicidio de Silvia Chibuis, todo lo cual desemboca en la utilización de un lenguaje directo y una concatenación lógica de acontecimientos, sin por ello restarle drama y misterio. El propio Gómez defiende esta configuración de su narrativa policial por su accesibilidad hacia el lector, restándole dificultades para que este último se asocie con el mundo representado, y con la propia novela como crisol de realidades. Por todo esto me atrevo a afirmar que Sergio Gómez podría perfectamente encajar dentro de un catálogo de autores chilenos contemporáneos para el currículo escolar. Su novela “La mujer del policía” constituiría un ejemplo de obra literaria pensada para una audiencia contingente en la cultura de masas. Desde su lectura, existiría la posibilidad de que los alumnos pudieran identificarse con las historias de detectives, hechos de sangre, crímenes sin resolver, gracias, en primera instancia, a esta disposición y formato amenos, “didácticos”, relacionados con una “prosa del lector”. En próximas instancias, entonces, conseguida la identificación, la catársis resuelta en el lazo estético afectivo, los alumnos podrían acceder a toda la tradición novelística policíaca, partiendo desde Díaz Eterovic, hasta pasar al ámbito extranjero clásico, como Raymond Chandler, Agatha Christie, Arthur Conan Doyle y Edgar Allan Poe. Todo este proceso, eso sí, opera idealmente a nivel individual para cada lector. Debiera haber una iniciativa, una curiosidad e inquietud naturales en los lectores por estas figuras, una vez concretada la filiación primaria con el referente más próximo. Justamente, los profesores –gracias a su mediación y transposición didáctica- darán cabida para que aquello suceda en la subjetividad de su alumnado. Las consecuencias que esto pudiera ocasionar –en un futuro- a los lectores, escapan a su radio de influencias.

Dado lo anterior queda, después de todo, la comprobación de la hipótesis inicial. El concepto “Literatura de Masas chilena” perfectamente se aplica para el caso del autor estudiado, en el sentido de que logra concretarse en esa articulación con una Literatura de Masas a nivel latinoamericano surgida desde el continuo que abarca los años 90 y la década del 2000 y un mercado editorial funcionando a escalas transnacionales, materializado en la relación establecida entre editoriales españolas (como Alfaguara) con autores chilenos contemporáneos (como Sergio Gómez). Sin embargo, la hipótesis no consigue comprobarse del todo, puesto que la noción de “Literatura de Masas chilena” es demasiado ambigua conceptualmente. La referencia a la nacionalidad o gentilicio chileno puede asociarse, en primera instancia, con un sentido identitario de aquellos que escriben desde esta zona del mundo, un sentido de pertenencia a una cultura genuinamente chilena, una “identidad”, casi un “Yo chileno”. No obstante, ya se ha explicado que el concepto de identidad es puesto en entredicho desde el auge de la literatura masiva durante los años 90, junto con la crisis del concepto “Literatura Latinoamericana” anunciada por Volpi. Por eso mismo, a estas alturas solamente es posible hablar de Literatura Chilena en un sentido de ubicación geográfica y espacial, y claro está, de origen y permanencia, pero no de raigambre identitaria. A pesar de esta aparente fragmentación, esta condición híbrida, carente de raíces y unidad, existe, de modo subterráneo, un “algo” (¿un aura?) que caracteriza lo latinoamericano, que consiste precisamente en su indeterminación, en su calidad de boceto, de proyecto, de tránsito, atributos gravitantes del ser americano. De eso mismo trata la literatura chilena y latinoamericana en la actualidad: de su constante situación de fantasma, deambulando día a día entre las masas del globo entero, y al mismo tiempo, provocando, suspiro a suspiro, su desaparición.



Referencias bibliográficas



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Carvalhal, Tania Franco. “La noción de Antropofagia y sus alcances para la crítica latinoamericana”. En: Naciones literarias. Dolores Romero López, edición y Grupo de Investigación LEETHI. España. Anthropos Editorial, 2006.


Daza, Paulina: “Realismo ciber-pop y banda sonora en la narrativa chilena actual”. (sin año). En: http://www2.udec.cl/~litterae/daza.html


Díaz Eterovic, Ramón: “La narrativa policial chilena de los años 80 en adelante”. (sin año). En: http://gangsterera.free.fr/RepNPchilena.htm


Eco, Umberto. Apocalípticos e integrados. Barcelona: Lumen. 1965.


Gómez, Sergio: “Encuentro de una nueva narrativa”. En: Arcos Leví, René y Olivárez, Carlos, Nueva Narrativa Chilena. LOM Ediciones, 1997. Santiago de Chile.


Guerrero, Gustavo. La desbandada O por qué ya no existe la literatura latinoamericana. Letras Libres, Junio 2009.


Rojas Canouet, Gonzalo: “El paradigma estético masivo en la literatura chilena de finales de siglo XX: novela y poesía”. Tesis para optar al grado de doctor en filosofía con mención en estética y teoría del arte. Profesor patrocinante: Leonidas Morales Toro. Universidad de Chile, Facultad de artes, Escuela de posgrado. Santiago de chile, octubre de 2007.


Volpi, Jorge: “La literatura latinoamericana ya no existe”. (sin año). Revista de la Universidad de México.


Wischmann, Christine: “¿La literatura de masas reemplaza al escritor?”. Nueva Sociedad. Nro. 6 Mayo-Junio 1973, pp.15-20.